Recientemente tuve la grata fortuna de pasar un fin de semana en una preciosa zona montañosa de la provincia de Cádiz y, gracias a las lluvias que hemos tenido en estos meses, había mucha vegetación y gran variedad de insectos.
En un momento dado, vi caminando a un bichito muy largo de color negro con rayas rojas en su abdomen, el cual, aunque me generó curiosidad, nunca había visto ninguno; sentí respeto al verlo y por dicho motivo preferí alejarme un poco de él.
Sin embargo, una de las personas que me acompañaba en ese momento, al verlo, temió que fuese pisado y decidió cogerlo y moverlo hacia la vegetación.
En ese instante, como algo mágico, el insecto se hizo una bola, soltó un tipo de líquido aceitoso y se quedó inmóvil. Durante unos momentos (lo admito, soy citadina), pensamos que el insecto había muerto.
Tras uno o dos minutos y habiéndonos alejado unos metros, revivió y salió caminando velozmente como si nada hubiera pasado.
Las manos de la chica que lo había agarrado estaban llenas de ese líquido aceitoso y mi reacción fue decirle: “Lávate las manos muy bien, que eso debe ser venenoso”.
Al ponerme a investigar y con la descripción del insecto, este resultó ser un “aceitero” “Berberomeloe majalis”. Es un escarabajo plano que llega a medir hasta 7 cm y que tiene líneas rojas que cumplen una función aposemática, que sirve de advertencia ante los depredadores al liberar la cantaridina (el aceite que es venenoso) o al hacerse el muerto.
En nuestro día a día, en un sentido figurado, nos encontramos con situaciones en las que no observamos las líneas rojas e ignoramos las situaciones de peligro, ya sea físico, mental o incluso hacia nuestra identidad o aquello que realmente nos define.
Llevando esta reflexión hacia nuestra identidad, huella o marca personal, vemos situaciones en las que se tiene un puesto de trabajo corporativo y se está muy orgulloso de él. Pero corremos el riesgo de ser identificados como la jefa de recursos humanos de X empresa, el de marketing de la otra o el CEO actual de determinada compañía.
Soy una fiel defensora de la identidad; por eso, cuando me presento, lo hago con mi nombre y apellido, no con el rol que ejerzo ni con el cargo que ocupo en una determinada empresa, ya que esto me remite al ser, no al hacer.
Me explico: podemos tener determinadas fortalezas y/o experiencia que nos permiten ejecutar de manera óptima o excelente un determinado trabajo, pero las cualidades como la honestidad, transparencia o perseverancia forman parte del ser, aunque nos permitan llevar proyectos a buen término, hacer entregables de alta calidad o liderar equipos.
A usted, como lector, le propongo un sencillo ejercicio: en el próximo “Networking”, evento o espacio donde coincida con gente nueva, en lugar de presentarse como “Soy Paola Quintero, líder de procesos en la empresa X”, preséntese como “Soy Paola, entusiasta de la lectura y con una creatividad inagotable” (Aquí aplica lo que cada uno quiere compartir).
Asimismo, tómese el momento de mirar a los demás a los ojos y de tener conversaciones genuinas. Notará cómo de manera natural saldrá a lo que se dedica laboralmente, pero mi consejo es que no permita que esa sea su única carta de presentación.
A lo largo de mi camino, me he encontrado con bastantes escarabajos aceiteros, que si me hubiese fijado en sus líneas rojas, hubiese evitado más de un quebradero de cabeza.
Volvamos a lo básico, a la esencia, a la autenticidad; no caigamos en titulitis, presentémonos como somos, más allá de lo que hacemos.
En el libro “Lo que piensan los demás está de más” de Michael Gervais y Kevin Lake, los autores exponen: “La mente humana tiende a buscar, interpretar y recordar información de forma que afirme nuestras creencias o expectativas existentes” —conocido como el sesgo de confirmación, término acuñado por el psicólogo inglés Peter Watson.
Esto nos lleva a que diariamente vayamos ajustando lo que vemos y/o percibimos a las creencias que ya tenemos, obviando las señales propias de la naturaleza o del entorno en el que habitamos.
En este momento es donde, a mi modo de ver, debe prevalecer lo que somos ante lo que hacemos y no centrarnos en lo que vamos entregando o produciendo a modo de checklist.
Y usted, como lector, le invito a cuestionarse: ¿se ha encontrado en su camino con líneas rojas y las ha ignorado?