Málaga, invierno de 2033.
Daniel tenía catorce años cuando comenzaron las noticias sobre el nuevo virus hemorrágico detectado en varios países europeos, tras brotes previos en África y Sudamérica. Los medios hablaban de una variante de hantavirus con capacidad de transmisión respiratoria limitada y una mortalidad cercana al 18% en pacientes hospitalizados.
La Organización Mundial de la Salud advertía que las epidemias de virus emergentes eran cada vez más frecuentes debido al cambio climático, la movilidad internacional y la destrucción de ecosistemas.
Al principio, en España todo parecía lejano. Pero en pocas semanas aparecieron casos en Madrid, Sevilla y Málaga. Los hospitales recuperaron circuitos de aislamiento, las mascarillas volvieron a las farmacias y las urgencias comenzaron a llenarse de personas con fiebre alta, dificultad respiratoria y alteraciones hemorrágicas.
Imagen microscópica de una infección de hantavirus.
La madre de Daniel, enfermera pediátrica, llegaba cada noche agotada: no es solo el virus, decía, sino la gente que está psicológicamente peor que nunca. Y tenía razón, y muy especialmente en gente joven.
Según datos de UNICEF y la OMS, uno de cada siete adolescentes del mundo presentaba ya problemas de salud mental antes de estas nuevas epidemias.
En España, tras las grandes crisis sanitarias de la década, las consultas por ansiedad y depresión juvenil aumentaron más de un 40%, mientras que el consumo de ansiolíticos en jóvenes y adultos jóvenes se convirtió en uno de los más altos de Europa.
Daniel lo veía cada día en su instituto. Compañeros incapaces de dormir. Chicos que pasaban más de diez horas diarias conectados a redes sociales. Aumento del consumo de alcohol, vapeadores y apuestas online. Amigos que vivían pendientes de la aprobación digital y sufrían ataques de ansiedad cuando se quedaban solos.
Los psicólogos escolares explicaban que, por el aislamiento social, la hiperconexión constante y el miedo continuo a enfermedades, guerras o crisis económicas estaban creando una generación emocionalmente agotada.
En clase de Biología, un profesor explicó que durante epidemias graves aumentaban también mucho otros problemas médicos y enfermedades: trastornos del sueño, obesidad, autolesiones, depresión y conductas suicidas.
Recordó que, según estudios internacionales publicados en revistas médicas de mucho prestigio como The Lancet, los síntomas depresivos y ansiosos en adolescentes prácticamente se duplicaron tras las grandes crisis sanitarias globales.
Daniel empezó a observar a los adultos. Su padre dormía cada vez menos y revisaba noticias continuamente en el móvil. En la televisión aparecían imágenes de hospitales saturados y sanitarios con equipos de protección completos.
Los servicios de psiquiatría advertían de un incremento preocupante de intentos autolisis/suicidio en menores y jóvenes adultos.
Sin embargo, lo que más impresionaba a Daniel era la reacción de muchas personas. Había quienes ayudaban a vecinos aislados o colaboraban con sanitarios. Pero otros respondían con agresividad, individualismo o indiferencia.
Algunas personas grababan vídeos para redes sociales, delante de hospitales, buscando visitas mientras pacientes graves luchaban por sobrevivir.
Una tarde, Daniel preguntó a su madre: "¿Por qué parece que todos están tan enfadados?"
Ella tardó unos segundos en responder. "Porque llevamos años aprendiendo a vivir conectados, pero no acompañados".
Aquella frase quedó grabada en su memoria. Con el paso de los meses, la epidemia empezó a controlarse gracias a nuevos antivirales y sistemas de vigilancia epidemiológica. Sin embargo, los médicos insistían en que las secuelas psicológicas durarían años.
La última noche del invierno, Daniel escribió en su cuaderno: "Los virus atacan el cuerpo, pero el miedo, la soledad y la falta de comunicación dañan también la mente. Ninguna sociedad puede considerarse sana, si sus jóvenes viven permanentemente cansados, aislados o sin esperanza".
Quizá la verdadera protección no sea solo una vacuna o una mascarilla. Quizá también necesitemos aprender otra vez a escucharnos, a convivir y a cuidar unos de otros.