Tenía ya escrito el título del artículo de esta semana, y el tema elegido, claro, cuando me llega la noticia de la participación del actor Richard Gere y de su esposa en una campaña de sensibilización sobre las personas sin hogar.

Cualquiera que pasee con cierta capacidad de observación por las calles de su ciudad, sea Málaga o sea Córdoba, ha podido comprobar que decenas de personas duermen en las calles, personas de todo tipo y edad, nacionales y extranjeros, desbordados por el coste de la vida, atrapados por los infortunios, incapaces de escapar de un destino que les parecía asignado de antemano.

Hay, en paralelo, una creciente desconfianza hacia estas personas, en un mundo que nos transmite a diario la necesidad de crecer, de superarnos, de triunfar. El imperativo no es otro que el éxito: profesional, familiar, económico, sexual.

Pero cuando uno lee, porque es necesario hacerlo, sobre las vidas de esas personas que han acabado en la calle, lo que descubre no es debilidad, ni pereza, ni pasotismo, sino más bien vidas truncadas, vidas estables y razonables en las que se cruzó un despido en mal momento, un divorcio complicado, el acompañamiento del alcohol, la necesidad de disponer de un paréntesis de recuperación que nunca llegó.

Porque no todos hemos tenido las mismas oportunidades, ni las mismas redes familiares, ni la misma suerte, y de esa manera un momento de debilidad, una mala racha se convierte en ese punto de inflexión que condena nuestra vida y que nos aleja de la compasión de los demás, cada vez más exigentes, cada vez más inmisericordes, porque cuando todo el mundo bracea para mantenerse a flote no hay tiempo para mirar a los que se están ahogando.

En su pensamiento idealista, a uno le gustaría pensar que los presupuestos públicos y las iniciativas privadas disponen de recursos para afrontar un problema que nos atañe a todos. Nadie se ve así, claro, pero una de mis películas de cabecera, A propósito de Henry, nos recuerda que en el mundo del tanto produces, tanto vales, un hecho casual y fortuito puede acabar con tu carrera y con tu vida, aunque en el moralista cine estadounidense el protagonista recupera a su familia y vuelve a transitar por el camino de las buenas costumbres.

La vida es otra cosa, claro, y ya puestos también podríamos pensar en otras películas mucho más amargas, como Nomadland, ese retrato de las vidas en autocaravanas cuya segunda parte cualquier día se rodará en la lujosa Ibiza, o en las proximidades del Hospital Costa del Sol, cerca de la opulenta Marbella de las mansiones millonarias y el blanqueo a gran escala. Por no hablar de The Wrestler, conocida en España como El luchador, en la que un resucitado y redimido Mickey Rourke se ve obligado a trabajar hasta morir en ese paraíso estadounidense del sueño americano, las segundas oportunidades, las deportaciones masivas y el fentanilo darwinista.

Las estadísticas, y aquí hablo del INE, de cifras oficiales, hablan de unas 34.000 personas sin hogar en España, con un crecimiento del 57% en un año. Son datos de 2024, publicados a finales de 2025, que posiblemente ya se hayan quedado cortos. Las redes europeas que se dedican a estos temas hablan de 1’2 millones de europeos en esta situación, lo que impulsaría al alza las cifras españolas por una simple cuestión de lógica.

Es cierto que hay estrategias públicas, algunas consignaciones presupuestarias, pero no es menos cierto que se gobierna cada vez más para la sociedad satisfecha, la que demanda conciertos, agenda de ocio, entretenimiento, gimnasios que desgravan, turismo asequible, mientras que los barrios que no votan y las personas que viven en los márgenes ya no merecen la atención de las autoridades, porque invertir en ellos no es rentable, sea uno democristiano, socialista o de extremo centro.

El voto es el voto y se gana con recompensas visibles, así que lo que de verdad queremos es que esas vidas superfluas, como diría Zygmunt Bauman, desaparezcan de nuestra vista, que esos cuerpos sucios dejen de pernoctar en las calles que recorremos camino del desayuno, porque la ciudad ya se ha convertido en un activo fijo y lo importante no son las personas, sino el escaparate que vamos a mostrar a los fondos de inversión y a sus bien pagados representantes terrenales, un escaparate limpio y que debe dar esplendor a nuestra oferta.

Hay estrategias, decía, claro que las hay. Las estrategias suelen ser documentos hechos tan sólo para ser presentados en público y decir que se tiene una estrategia. Luego nadie les hace caso, ni siquiera los mismos que deberían llevarlas a cabo. España dispone de una Estrategia Nacional para la Lucha contra el Sinhogarismo 2023-2030. El Informe de Progresos 2024 no ha sido publicado, tampoco el Plan Operativo 2025-2026, y leo en la web ministerial que se encuentra en fase de elaboración (a estas alturas del año) un Proyecto Piloto de Recuentos nocturnos de personas sin hogar, previsto para 2026. En Andalucía, la I Estrategia de Atención a Personas sin hogar 2023-2026 no ha tenido la más mínima evaluación intermedia, y va a finalizar su período de vigencia sin que sepamos nada de ella, sólo que existe.

Sin embargo, hay iniciativas que merecen ser conocidas. El Ayuntamiento de Córdoba publicó en 2025 una completa Guía para personas sin hogar, de 44 páginas. Por las noches, un dispositivo de la Cruz Roja, con apoyo municipal y de diversas instituciones privadas, recorre las zonas de mayor presencia de transeúntes y personas que viven en la calle para atender sus necesidades más perentorias, con profesionalidad y cariño. Este mismo mes de abril, el Institut Metròpoli ha publicado en catalán una interesantísima recopilación de buenas prácticas internacionales que aporta buenas ideas y buenos consejos.

Hace unos años se hablaba de proporcionar una vivienda a las personas sin hogar, porque eso les cambiaba la vida. Hoy lo que leemos es que un porcentaje injustificable de la población cae por debajo del umbral de la pobreza cuando paga el alquiler mensual. No hay viviendas asequibles ni siquiera para los trabajadores en activo, tampoco para los jóvenes, o para los trabajadores por cuenta ajena en las zonas más ricas del país.

Pero bueno, nos queda el rearme, aplaudir los beneficios multimillonarios de las grandes empresas, ahorrarnos unos eurillos en la próxima declaración de la renta con esas desgravaciones populistas, llevarnos a casa a una de esas personas sin hogar si tanto nos conmueve su situación. Cuando la riqueza entra por la puerta, la compasión sale por la ventana.