Hay artistas que hacen arte. Y hay artistas que son arte. La diferencia no está en la técnica ni en los premios acumulados —que también—, sino en algo que se percibe en la primera décima de segundo en que aparecen en escena: una verdad física que no admite simulación, una presencia que convierte el espacio en otra cosa.

Málaga ha tenido la suerte, en estos días de abril, de recibir a dos de esas criaturas excepcionales. Y aunque sus mundos llegaron por caminos distintos —una desde el Teatro Cervantes, otro desde el Teatro del Soho—, la coincidencia no es casual. Es un síntoma de algo que está ocurriendo en esta ciudad con la danza, y merece ser nombrado.

Rocío Molina es de las que son arte. La malagueña —Premio Nacional de Danza, Medalla de Oro a las Bellas Artes, León de Plata de la Bienal de Venecia, tres Premios Max— presentó en el Cervantes su espectáculo Calentamiento, un trabajo que ha sido recibido por la crítica nacional como un antes y un después en la danza flamenca contemporánea.

Verla es asistir a un acontecimiento que desafía cualquier etiqueta cómoda. Molina entiende el flamenco como territorio libre, como colisión consciente con otros lenguajes escénicos, como riesgo convertido en necesidad.

Su cuerpo no interpreta un discurso: es el discurso. Cada gesto tiene la contundencia de una declaración y la fragilidad de algo que solo puede ocurrir una vez y nunca exactamente igual. Con ella en escena, el tiempo funciona de otra manera.

El público no mira: participa, aunque esté quieto en su butaca. Eso no se enseña en ningún conservatorio. Eso, o se tiene, o no se tiene. Rocío Molina lo tiene desde que era una niña en Málaga que empezó a bailar con tres años y esbozaba coreografías con siete.

Mikhail Baryshnikov, uno de los grandes del siglo XX, se arrodilló ante ella a las puertas de su camerino en el New York City Center. No hace falta añadir nada más.

Julio Bocca pertenece a esa misma estirpe, aunque su universo sea el del ballet clásico y su geografía la del Río de la Plata. El bailarín argentino recibió en el Teatro del Soho el Premio LUX DUCTOR —luz guía— que la primera edición del festival TIP TOE le concedió en reconocimiento a una carrera que redefinió los límites de su disciplina. Bocca llegó a Moscú con 18 años, sin red, y ganó la medalla de oro en uno de los concursos más exigentes del mundo.

Desde entonces no paró: el American Ballet Theatre, los escenarios más importantes del planeta, y luego la vuelta a Argentina para construir el Ballet Nacional, transformando la danza de su país con la misma entrega con la que antes había deslumbrado al mundo.

Un hombre que entendió que la grandeza no se repite: se reinventa. Que el arte no es un destino al que se llega, sino un estado que se habita con disciplina feroz y generosidad hacia los que vienen detrás.

El marco en el que Bocca recibió este reconocimiento es también parte de la historia. El Festival Internacional de Danza TIP TOE, impulsado porAntonio Banderas y dirigido por Lucía Lacarra—bailarina de leyenda, Premio Nacional de Danza, reconocida como bailarina de la década en el Palacio del Kremlin—, ha convertido el Teatro del Soho en epicentro de la danza internacional durante diez días de abril.

La compañía francesa Käfig, con su prodigiosa Folia, dejó al público sin palabras: esa mezcla imposible y necesaria de barroco y hip hop que solo los grandes creadores saben ejecutar sin que chirríe, con Mourad Merzouki construyendo un lenguaje que parte de la tradición para llegar a algún lugar que no tiene nombre todavía.

La danza es la gran olvidada de las artes escénicas. Siempre lo ha sido. La prima pobre de la ópera, la hermana menor del teatro, el arte que se consume en segundos y no deja souvenir. Y sin embargo, cuando se hace bien, es la forma de expresión más inmediata y más honesta que existe: sin palabras, sin trampa, sin red.

Solo el cuerpo contra el tiempo. Lo que el Teatro del Soho ha hecho con TIP TOE, y lo que el Teatro Cervantes hace temporada tras temporada con su apuesta por la danza, es un acto de responsabilidad cultural que Málaga debería reconocer y exigir que continúe. Porque ciudades que programan así no son ciudades con cultura: son ciudades que entienden para qué sirve la cultura.