Leí con tristeza los tuits del ministro de Transportes contra la prensa malagueña. Más allá del debate político, me chirría el lenguaje soez, impropio del puesto que ocupa. Lo que de verdad me enfada es cuando posteriormente el enfrentamiento se traslada al alcalde de Málaga; tanto por edad como por trayectoria, la forma del ministro de dirigirse a nuestro alcalde me parece insultante.
No es coincidencia. La educación de nuestros dirigentes está en declive y el máximo estandarte de ello ocupa, quizás, el trabajo más importante del mundo: el de presidente de los Estados Unidos de América. Y ello no le ha impedido dirigirse de forma bravucona a la mayoría de las naciones mundiales.
Hemos visto cómo Donald Trump ridiculizaba públicamente a aliados tradicionales, ironizaba sobre Japón en términos más propios de una negociación de barra de bar que de una relación diplomática, o trataba con condescendencia al primer ministro británico, Keir Starmer, en intervenciones donde la forma eclipsaba cualquier fondo. La normalización de una falta de respeto que hace apenas unos años habría sido impensable en esos niveles.
La educación es hoy un valor en alza, precisamente porque escasea. Y ya sabemos cómo funciona la ley de la oferta y la demanda. Lo que debería ser básico se ha convertido en excepcional. Lo que antes era invisible, ahora destaca.
En un entorno cada vez más competitivo, donde el conocimiento técnico se presupone y la tecnología iguala posiciones a gran velocidad, hay algo que empieza a marcar la diferencia de verdad: cómo se hacen las cosas. El tono de un correo. La forma de disentir en una reunión. La capacidad de escuchar sin interrumpir. La manera de sostener una conversación difícil sin elevar la voz.
La educación, en su sentido más profundo, se está convirtiendo en una herramienta estratégica.
Durante años se ha puesto el foco en las llamadas soft skills, casi como si fueran un complemento amable a lo verdaderamente importante. Hoy empieza a quedar claro que no eran un complemento. Eran la base.
En un mercado saturado de talento, la educación actúa como filtro silencioso.
Y quizás por eso resulta tan llamativo verla desaparecer en los niveles más altos de representación pública. Porque lo que se normaliza arriba, inevitablemente, se replica abajo.
Algunos han confundido autenticidad con falta de respeto. Cercanía con grosería. Firmeza con arrogancia.
En un contexto donde casi todo el mundo compite por ser más rápido, más visible, más ruidoso… hay algo profundamente disruptivo en simplemente ser educado.