Esta semana celebramos Sant Jordi. El 23 de abril es la fiesta de los libros y las rosas: en un solo día compramos cerca de dos millones de ejemplares. Es también la festividad del caballero que mata al dragón. Inglaterra, Rusia, Grecia, Serbia, Montenegro, Hungría, Ucrania e incluso Etiopía pusieron ese símbolo en su escudo de armas: el triunfo del bien sobre el mal.
No aparece en el escudo de los Estados Unidos ni en el de Israel. La diferencia no es menor. San Jorge no representa el interés del poderoso, sino la victoria de lo justo. No es lo mismo. Con las calles llenas de rosas y libros, y pese al interés permanente de ciertos poderes en despreciar el conocimiento del pasado para tenernos lelos y sin contexto, había este año muchos libros de Historia entre los más comprados.
La gente no es tonta. La gente lee, tiene curiosidad, se forma. La gente está, eso sí, cada vez más desconectada de las élites que gobiernan en su contra, ampliando la ventana de Overton a placer, para poder dinamitar de manera controlada nuestros valores civilizatorios. Tengo para mí que la comunicación política ha hecho tanto daño a la Política como la pedagogía a la Educación. Conviene, por tanto, recomendar algunos títulos en estos días.
Mi mujer, siempre más atenta que yo a la cultura, nos ha llenado la casa de libros. A destacar en mi caso Sobre Dios, del filósofo coreano Byung-Chul Han, que lleva años construyendo desde Berlín una crítica sistemática de la hiperactividad y el rendimiento de nuestra época —y que encuentra en la teología un vocabulario que la filosofía contemporánea había descartado demasiado pronto—.
El Tao de la Guerra, de Pedro Baños, que siempre conviene leer despacio: la geopolítica en manos de quien la comprende es otra cosa que el grito en el telediario. Cuando alguien defiende que no hay que dejarse enredar en guerras, se convierte en un apestado; el libro recuerda que esa es, a lo largo de la historia, la posición más sensata y también la más incómoda. Y, cómo no, mi admirada Mary Beard, que me enganchó con SPQR y a quien no he podido dejar de leer desde entonces.
Acaba de publicar Beard un libro incómodo. Se llama Talking Classics (Profile Books / University of Chicago Press, 2026), 208 páginas, y es la crónica razonada de por qué Europa no debería tirar a la basura el estudio de los clásicos solo porque la moda los haya declarado sospechosos. Ahora, ampliando la ventana, hay que cargarse a Platón y Aristóteles y a los clásicos en general.
Cortar referencias morales, filosóficas. Ya John Stuart Mill defendía en 1867 las lenguas clásicas porque, decía, «la estructura de cada oración es una lección de lógica». Beard, catedrática de Cambridge hasta 2022 y la clasicista más conocida de Gran Bretaña, va más lejos: no defiende el latín y el griego por utilidad logística ni por supuesta superioridad moral; los defiende porque el mundo clásico es «una de las pocas culturas del pasado que están simultáneamente lo bastante lejos y lo bastante cerca» como para servir de laboratorio sobre cómo discutir los problemas sin respuestas fáciles.
Lo interesante, concluye, no son las respuestas que dieron los griegos y los romanos —que no siempre fueron buenas, admite— sino el hecho de que siguieran preguntando. Los clásicos no son «una droga de entrada al supremacismo blanco»: son un marco para debatir sin certezas.
Llevo años insistiendo en esta columna en que sin historia no hay contexto y sin contexto la opinión no vale nada. Tenemos, por suerte, nuestra Mary Beard: María Elvira Roca Barea. Autora de Imperiofobia y leyenda negra y Fracasología, la malagueña inauguró la semana pasada en el Salón de los Espejos del Ayuntamiento el ciclo conmemorativo de los 250 años de la intervención española en la independencia de Estados Unidos, personalizada en Bernardo de Gálvez.
Macharaviaya, el pueblo de la Axarquía donde está enterrada parte de su familia tuvo más peso en la batalla de Pensacola y Nueva Orleans que muchas calles de Washington. Sin Gálvez no hay Yorktown; sin Yorktown, no hay Estados Unidos. Gálvez no estuvo presente en Yorktown, pero contribuyó de forma decisiva a que la victoria aliada fuera posible al debilitar a los británicos en el sur y el Caribe, y al financiar parte de la campaña.
Eso, que suena a alarde provinciano, es historia atlántica de primer orden y la cuentan mejor nuestras historiadoras, cuando las dejamos hablar, que cualquier embajada. Por cierto, que Marruecos se arroga ser el primer país que reconoció a la joven república norteamericana, como si Francia y, en particular España, con su apoyo imprescindible en fuerzas, hombres y recursos financieros, no hubieran sido las primeras.
En el 250 aniversario de la independencia de EEUU imposible sin el concurso de España, nos leemos para desayunar que en lugar de dar las gracias y devolver los créditos y el pago de los recursos que vía el Misisipi aportamos a los rebeldes, estudian cómo expulsarnos de la OTAN y otras lindezas. Cosas veredes. ¿Qué pensaría Washington o Georg Rogers Clark que recibieron directamente por orden del malagueño armas, pólvora, municiones, calzados, medicinas, uniformes y comida para alimentar a los patriotas? El desagradecimiento y la indolencia se repiten una y otra vez.
El estoicismo, conviene recordarlo, no es una filosofía importada: es, en buena medida, hispana, con perdón del padre Zenón de Citio. Séneca nació en la Corduba romana hacia el año 4 antes de Cristo; Marco Aurelio, el emperador filósofo que escribió sus Meditaciones en griego para no engañarse con la pompa del latín oficial, procedía de una familia de Ucubi, hoy Espejo, en la misma Bética. De Hispania salieron también Trajano y Adriano. Cuatro de los pilares del mundo romano tenían raíces en nuestro suelo.
Es el mapa de una civilización que hizo de la filosofía práctica su contribución más duradera. Sus ideas centrales no necesitan traducción porque las llevamos en el carácter, aunque no siempre sepamos nombrarlas: la dicotomía del control, que pide centrar la energía en los propios juicios, decisiones y acciones y aceptar lo externo como ingobernable; la virtud como bien supremo, que antepone la sabiduría, la justicia, el coraje y la disciplina al placer o al éxito; la aceptación del destino sin que las circunstancias nos destruyan por dentro; el gobierno de las emociones, que no es suprimirlas sino no dejar que las pasiones manden sobre la conducta; y la vida racional y natural, que huye de los impulsos y los deseos desordenados.
El estoicismo enseña, antes que nada, a ser libre por dentro: no controlas todo lo que pasa, pero sí cómo lo interpretas y cómo respondes. Es una libertad que no depende del mercado ni del Estado. Estas ideas llegaron al cristianismo antes de que hubiera catecismo: Tertuliano, Agustín y Jerónimo leyeron a Séneca, y la Edad Media dio por auténticas las cartas apócrifas entre Séneca y San Pablo porque la proximidad era demasiado evidente para negarla. Las cuatro virtudes cardinales de la moral católica —prudencia, justicia, fortaleza, templanza— son directamente la herencia estoica codificada por Cicerón y transmitida por Ambrosio de Milán.
Maimónides, otro cordobés, en su búsqueda de una vida racional y equilibrada, insiste en la moderación de las pasiones, el dominio de uno mismo y la aceptación de un orden cósmico guiado por la razón; estas ideas se parecen al ideal estoico de la serenidad, la disciplina y la subordinación de los apetitos a la razón.
La columna ética de la España que construyó el derecho de gentes y sostuvo el primer sistema de hospitales del Nuevo Mundo venía de los clásicos, del Levante Mediterráneo, de Córdoba. Pero entre Córdoba, el Toledo de Alfonso X y el Nuevo Mundo hay una escala obligatoria: la Escuela de Salamanca.
Fueron Francisco de Vitoria, Domingo de Soto y Francisco Suárez quienes tomaron ese legado, lo filtraron por Tomás de Aquino y lo convirtieron en la primera teoría moderna del derecho internacional (con permiso de Mary Beard y el cilindro de Ciro el Grande). Vitoria fue el primero en argumentar que los indios tenían derechos naturales anteriores a cualquier conquista —el ius gentium como límite al poder soberano— y el Debate de Valladolid de 1550, donde Las Casas se enfrentó a Sepúlveda sobre si los indígenas tenían alma, es el primer debate formal de derechos humanos de la historia moderna.
No salió de la nada: salió de Salamanca, que salió de Aquino, que salió de Aristóteles, que bebía del mismo manantial que Zenón y Crisipo. La cadena no se interrumpe. Tal vez por eso incomoda tanto al norte del limes. Desde que el mundo anglosajón fue alejando el pensamiento de esa tradición —sustituyendo el altruismo por el interés, la virtud por el relato, el bien por el progreso material— algo se fue rompiendo en la convivencia. El bien, la belleza, la justicia dejaron de debatirse como valores en sí mismos para negociarse como activos. Y el mundo, a medida que esa lógica se ha convertido en norma global, empeora.
Mujer formidable, Santa Teresa de Jesús, se pueden reconocer varios rasgos afines al estoicismo: disciplina interior, aceptación serena de la adversidad, fortaleza frente al dolor y orientación constante hacia un “bien” superior (Dios).
Como podemos tachar a Heidegger de nazi, nos cargamos su filosofía, así podemos soslayar su crítica a un racionalismo moderno, utilitarista, que sirve al materialismo y al individualismo que nos destruye. Así no nos fijamos en lo profundo y anterior que es el ser. En fin, nada como ponerte una etiqueta de apestado. Tendría que llevar la etiqueta, entonces la media Alemania, sobre todo protestante, que votó al partido de Hitler.
Unamuno no acepta la apatheia estoica (ausencia de pasiones), pero sí comparte con el estoicismo la idea de que el sufrimiento no invalida la vida, sino que la revela y la exige; en Del sentimiento trágico de la vida convierte el dolor en motor de lucidez y responsabilidad.
María Zambrano, habla de un “estoicismo español” como rasgo de carácter cultural: la capacidad de vivir la adversidad sin quebrarse, valorando la resiliencia y la grandeza de ánimo en la historia hispana. El yo y mi circunstancia de Ortega bebe de ese pozo.
Tomemos un ejemplo de esta semana. Pakistán, país nuclear con 250 millones de habitantes, media entre Irán y Estados Unidos en la escalada del Golfo. Lo cuenta el Financial Times, y el lector occidental se frota los ojos: ¿Pakistán mediando? La sorpresa es el síntoma. ¿No será que las leyes del cilindro persa de Ciro que se suelen interpretar como una de las primeras declaraciones de política tolerante y “derechos humanos” en la historia antigua llevan generando cultura civilizatoria desde el 539 aC?
Los mongoles de Gengis Kan cruzaron el Indo en 1221; dos siglos después, Tamerlán —Timur Leng, el cojo— repitió la hazaña, saqueó Delhi en 1398 y dejó el terreno abonado para que su descendiente Babur fundara en 1526 el Imperio mogol. Para quien quiera recorrer ese mundo de primera mano, existe un recurso extraordinario e insuficientemente conocido: el pódcast «Memorias de un tambor», que sigue paso a paso la embajada que Enrique III de Castilla envió a Tamerlán en 1403.
Ruy González de Clavijo llegó a Samarcanda, vio la corte timúrida en su apogeo y lo contó con una precisión que, seis siglos después, sigue asombrando. Que un enviado castellano cruzara Anatolia, Persia y Asia Central para negociar con el hombre más poderoso del mundo en ese momento dice más sobre la ambición diplomática de la Corona de Castilla que cualquier manual de historia.
Bajo los mogoles, lo que hoy llamamos la Gran India —Pakistán, Afganistán, Bangladés, India y parte de Birmania— funcionó durante tres siglos como una sola unidad cultural y comercial, orientada al persa como lengua de corte, al urdu como lengua franca musulmana, al hindi —derivado del río «Hind», como los persas llamaban al Indo— como lengua del pueblo hinduista.
Tan persas eran aquellos mogoles de origen turco‑mongol que Sha Jahan mandó levantar el Taj Mahal con alarifes persas, jardines y caligrafía persas en honor de Mumtaz Mahal. El «tandoori» es el horno iranio de barro; la samosa llegó a Delhi desde el «sanbusak» de la Ruta de la Seda; y «pijama» viene del urdu y del persa «pā‑jāma». Sin esto, Pakistán que media con Teherán no es ninguna rareza: es continuidad de un espacio civilizatorio persoíndico que lleva dos mil quinientos años trabajando, y que la cartografía poscolonial dibujó a tiralíneas en 1947 ignorándolo casi por entero.
Persia, conviene repetirlo, es una de las civilizaciones más antiguas del planeta. Aqueménidas en el siglo VI antes de Cristo, sasánidas, safávidas, qayares, pahlavíes, República Islámica. Ciro el Grande, cuando los romanos aún no existían, emitió el cilindro que lleva su nombre —para muchos, primer texto de derechos humanos de la historia— y que duerme hoy, tras el expolio, en el Museo Británico.
Sin Ciro no existiría Israel, les liberó de la esclavitud de Nabucodonosor, que había destruido Jerusalén y el templo. Ciro, un persa les libera y les permite regresar a Jerusalén. Paradojas de la historia. Cuando observamos la paciencia y la resiliencia históricas de esta civilización conviene pensar en Alejandro Magno y en lo que su campaña desencadenó: el helenismo como crisol.
El estoicismo no es una filosofía que llegara a Persia como doctrina exportada; es, en buena medida, una filosofía que Persia ayudó a crear. Nace en el ambiente helenístico —en la cosmópolis griega que Alejandro extendió desde Macedonia hasta el Indo— cuando la cosmología griega se mezcla con las tradiciones orientales, persas y semíticas.
La visión zoroastriana de un cosmos ordenado, gobernado por una divinidad providente que sostiene el bien frente al mal (¿San Jorge?), no es ajena al logos estoico que rige el universo con razón. No hubo una escuela estoica en Isfahán ni en Persépolis; hubo algo más profundo: resonancias culturales de ida y vuelta, filtradas a través del comercio, la diplomacia y la mezcla de élites que el mundo helenístico hizo posible.
Cuando hoy vemos a Irán aguantar con una dignidad que desafía la lógica del poder inmediato, estamos leyendo, sin saberlo, la misma página. Cuando un inculto les llama “fucking bastards” y amenaza con borrarles de un plumazo de la faz de la tierra me pregunto si se puede caer más bajo. ¿Dónde quedan las palabras de Churchill, de Lincoln, de Eisenhower ante la guerra? No se puede entender el ajedrez entre Washington, Teherán, Pekín y Nueva Delhi sin leer, por ejemplo, Persians: The Age of the Great Kingsde Lloyd Llewellyn‑Jones (Wildfire, 2022), o al menos Prisoners of Geography de Tim Marshall. Quien no lo hace confunde a un país de 93 millones de habitantes, con 2.500 años de Estado continuo y ocho grupos étnicos reconocidos, con el estereotipo del Ayatolá. Y los estereotipos salen caros: también en inversión.
Sin clásicos, sin Beard, sin Roca Barea, sin conocer a Séneca, a Tamerlán, a Ciro el Grande, navegamos a ciegas. Pedimos a ChatGPT que nos resuma la historia en diez transparencias y descubrimos, tarde, que el cuñado artificial repite los prejuicios del material con el que se entrenó. El conocimiento histórico no es decorativo: es infraestructura cognitiva, tan crítica como la fibra o la red eléctrica. Hay maravillas como esos 2 millones de libros del jueves, lean amigos, piensen fuera de la caja, sean libres en esa dimensión interior que nadie aún puede robarles. Viva Sant Jordi, el libro es el bien, la ignorancia el mal, el pensamiento crítico, informado, la base de la libertad.