En contadas ocasiones los ofrecían en bares y restaurantes, recuerdo que a mi padre le encantaban y que comerlos era casi como un rito iniciático, algo prohibido.

Un día me atreví a probarlos. El aspecto era inconfundible, ese alimento había estado volando hacía pocas horas, quizás cantando en un árbol cercano y su elaboración no pretendía camuflarlo.

El recuerdo es nítido, la barra de bar de los años ochenta, los adultos alrededor del manjar prohibido, la mezcla de nerviosismo y excitación por probar el bocado.

Cogí el cuerpo inerte y tostado del alado y lo introduje en mi boca, mastiqué su cabeza y un conjunto de jugos vitales explotaron sin compasión. La sensación fue tan intensa y desagradable que aún hoy la recuerdo.

Como faros, los ojos adultos contemplaban desde arriba mi reacción y no me quedó otra que tragar la mascada.

Esta semana volví a pensar en esa anécdota, me pareció la metáfora perfecta para explicar el efecto de las redes sociales en nuestros hijos.

La inocencia y el contexto social nos han empujado a permitir que los menores accedan a un universo diseñado no para educar, ni siquiera para entretener, sino para capturar su atención a cualquier precio.

Como con los pajaritos, sabíamos perfectamente lo que era, y aun así no hemos podido evitar que nos explotara en la cara. Violencia, hipersexualización, y algo incluso más peligroso, una clara manipulación ideológica.

Estas empresas están contándole a nuestros hijos nuestra historia con sesgos y sin control ninguno.

En los últimos meses algo ha empezado a cambiar. Países como Australia han dado un paso más allá proponiendo directamente la prohibición del acceso a redes sociales para menores de 16 años.

Francia ya exige autorización parental para menores de 15 y trabaja en sistemas de verificación de edad más estrictos.

En Estados Unidos, algunos estados han impulsado leyes que obligan a las plataformas a limitar el acceso o a obtener consentimiento paterno.

Incluso, en el Reino Unido se ha intensificado el control a través de normativas de seguridad digital que responsabilizan a las plataformas del contenido al que acceden los menores.

España, mientras tanto, aún no ha definido una estrategia clara. Se han dado pasos, como la propuesta de elevar la edad mínima para el consentimiento en el tratamiento de datos o la creación de comités de expertos, pero la realidad es que el acceso sigue siendo prácticamente libre. La tecnología avanza más rápido que la regulación, y los padres, en medio, hacemos equilibrios entre la intuición y la culpa.

Sabemos que no es inocuo, pero existe una presión silenciosa —social, educativa, incluso logística— que nos empuja a ceder.

Claro que la tecnología es útil, aporta seguridad y facilita la comunicación y, precisamente por ello, prohibirlo se ha convertido en algo complejo que nos enfrenta a nuestros hijos. Mantenerlos apartados del fenómeno tecnológico es en muchas ocasiones condenarlos al ostracismo social.

Vivimos tiempos en los que un gigante tecnológico tiene mayor poder de influencia en nuestros hijos que nosotros. Tradicionalmente los padres hemos intentado proteger el entorno, elegir el colegio, supervisar amistades, construir un perímetro seguro.

Pero ahora el enemigo es más difuso y está mucho más cerca. Duerme cada día en la mesita de noche, vibra en silencio, y está siempre disponible.

Quizás en unos años, el acceso de los menores a las redes nos parezca tan escandaloso como hoy nos parece comer pajaritos, especialmente si esos pajaritos son nuestros hijos.