Antes de la era de internet, los mongoles invadieron Europa. Llegaron cabalgando a toda mecha sobre sus caballitos esteparios y gritando no sabemos qué, porque hablaban un idioma oscuro y exótico. Lo importante, en todo caso, es que en pocos años fundaron el mayor imperio contiguo de la Historia.

Como buenos conquistadores, robaban todo aquello que podían transportar y destruían lo que no, demostrando una especial indiferencia hacia el arte y los lugares santos. Pero, a pesar de su brutalidad, esta pesadilla de largos bigotes era mucho más que una masa de jinetes ignorantes, y lo demostraron con creces.

Llegó un momento, cuando estaban en Hungría, en el que se cansaron de perseguir a la población. Pongámonos en su lugar: habían recorrido miles de kilómetros desde los confines de Asia y ahora estos europeos les escamoteaban el botín huyendo hacia el oeste.

Para evitarlo, según la narración popular, enviaron mensajes falsos del rey húngaro -que tras ser derrotado había escapado del país-, instando a los ciudadanos a permanecer en sus casas y afirmando que el monarca estaba a punto de restaurar el orden y expulsar a los jinetes de la estepa.

Entonces no existía nada parecido al periodismo. Nadie podía investigar la noticia ni su origen. No había figuras alternativas al poder regio para informar de la realidad, y ese poder estaba claramente secuestrado. Aquello permitiría, entonces y en otros muchos momentos de la Historia, que el saqueo fuera impune y eficaz.

Los mongoles, finalmente, se retiraron. No por acción de ningún ejército, sino porque sus propios asuntos les reclamaban en la patria. Tiempo después se inventó la imprenta, surgieron los primeros folletos informativos (a menudo basados en dibujos, porque la mayor parte de la población era analfabeta), y todo desembocó siglos más tarde en el nacimiento de la profesión periodística.

Tal fue su importancia, que a los tres poderes clásicos del Estado se les añadió, de manera informal, un cuarto, acuñándose esa frase manida y no siempre certera: “la información es poder”. Su función era clara, pero también delicada: contar lo que es de interés público incluso cuando alguien prefiere -por motivos espurios- que no se cuente y, sobre todo, comprobar si el mensaje que llega a la ciudadanía es verdadero o tan falso como aquel que los mongoles hicieron circular por Hungría.

A lo largo de los años, el periodismo ha demostrado no ser infalible. En ocasiones se equivoca, y a veces responde a intereses ideológicos o económicos. Por eso es una profesión regulada: su valor se sustenta en el respeto a estándares verificables, pero sobre todo en la labor de personas formadas y comprometidas.

En realidad, nuestra sociedad espera de estos periodistas muchas cosas. Espera que investiguen, que soporten presiones políticas y económicas, que trabajen con rigor incansable. También, por supuesto, que denuncien abusos cuando sea necesario.

Queremos saber qué hacen los gobiernos y qué ocultan ciertas organizaciones. Y nos preocupa con razón, porque la transparencia es indispensable para la calidad democrática.

Lo curioso es que esa importancia rara vez se corresponde con el reconocimiento que entregamos a cambio. Seamos realistas: si despiden a un fotógrafo o un medio es vetado en una rueda de prensa, la reacción popular resulta más bien escasa. Tampoco se organizan manifestaciones masivas cuando un redactor es encarcelado o muere por investigar demasiado. El año 2025 fue, precisamente, un ejercicio récord de periodistas asesinados en el mundo.

Y no solo eso. A menudo aceptamos como verdadera la información que circula por internet, incluyendo redes sociales y otros canales, sin cuestionar los intereses que se esconden tras esas fuentes desconocidas. Cualquiera con un teléfono móvil y un micrófono de solapa puede presentarse hoy como informador, y lo hace, apoyándose en nuestra permisividad.

Sin embargo, por alguna razón casi metafísica, exigimos al periodismo real una férrea disciplina. Aceptamos sin demasiados problemas la mentira o el interés en casi todos los ámbitos, pero queremos que el periodismo los ponga en evidencia. Y esperamos también una defensa a ultranza de la verdad por parte de profesionales que trabajan en un sector difícil, a menudo precarizado, aunque ese compromiso, sin un adecuado respaldo social, pueda pasarles factura.

Al final, parece que las cosas no han cambiado tanto. Ya no nos escondemos de los jinetes de la estepa, pero los mensajes falsos circulan con la misma eficacia entre nosotros, apelando al conformismo o al desconocimiento. La diferencia esencial es que ahora sí existe una herramienta para protegernos de ellos: el periodismo. Debilitarlo, ignorarlo o exigirle lo imposible es una forma de rendirnos a ser manipulados. Porque cuando nadie verifica, como en la Hungría medieval, lo que queda no es la verdad, sino una versión interesada.