Sirvan estas mis palabras como reconocimiento a la gente de mar. También como oportunidad de poner voz a un sector que sigue siendo desconocido para buena parte de nuestra sociedad moderna y tecnológica, una sociedad que muchas veces vive de espaldas al mar. Sin embargo, poco a poco va descubriendo que detrás de ese horizonte azul existe un mundo lleno de oportunidades, desafíos, proyectos y vocaciones.

El mar ha forjado generaciones de hombres y mujeres curtidos en temporales, en travesías largas y en despedidas amargas. Historias que han marcado a numerosas familias. En muchas de ellas, los padres eligieron su destino lejos de casa: unos por necesidad, cuando el trabajo escaseaba; otros por el espíritu de aventura, por descubrir nuevos horizontes y vivir nuevas experiencias. Pero a todos, tarde o temprano, el mar termina seduciéndolos como forma de vida.

Permítanme recordarlo con los ojos de un niño. Un niño que pronto descubrió que su padre tenía otra casa: el barco. Cuando se despertaba para ir al colegio, innumerables veces su padre no podía acompañarlo, porque estaba lejos, trabajando en buques que navegaban por océanos lejanos.

Algunos buques grandes, otros más pequeños, pero todos con algo en común: largas temporadas lejos del hogar, viviendo su vocación junto a una familia distinta, no elegida pero profundamente unida. Compañeros de temporales, de amaneceres en alta mar, de momentos duros y también de silencios que se hacen largos cuando la familia quedaba lejos.

Desde muy pequeño me sentí atraído por ese mundo. Por el olor a salitre, por la humedad que se posa en las barandillas de las cubiertas al caer la noche, por los amaneceres en mitad de una travesía. Tuve la fortuna de vivir algunos de esos momentos junto a mi padre en el puente de mando, un lugar que para mí era casi un segundo hogar. Allí me enseñaba con orgullo las cartas de navegación, cómo orientarse con el sextante observando la luna o las estrellas para guiar el barco hacia buen puerto.

Aquellos viajes me enseñaron a conocer, respetar y amar una profesión, unos buques y unos puertos que terminaron despertando en mí una pasión por el mar de la que nunca me he querido alejar.

Hoy escribo también para trasladar el sentir de un sector que pide comprensión, pero también visibilidad. Un sector que sabe lo que es enfrentarse a la dureza de la tempestad y, al mismo tiempo, disfrutar de la serenidad de una travesía en calma.

Representamos un ámbito estratégico que no puede ni debe ser olvidado. Un sector que conoce bien el significado del esfuerzo, del sacrificio y del compañerismo. Un sector que mira al futuro sin renunciar al legado de su pasado. Porque todo lo que hemos conseguido entre todos no puede perderse, ni caer en el olvido. Quienes vengan detrás deben conocer y valorar el camino que otros recorrieron mucho antes.

Somos navieros, prácticos, consignatarios, estibadores, agentes de aduanas, amarradores, marinos mercantes, terminales, patrones de remolcadores… y también pescadores. Todos formamos parte de un gran equipo que cada día trabaja con precisión para que cruceros, buques mercantes o ferris lleguen a puerto con seguridad. Para que los turistas descubran los tesoros de nuestras ciudades. Para que nuestros supermercados estén abastecidos. Para que el pescado tan preciado llegue a nuestras mesas.

Detrás de cada puerto, de cada barco y de cada maniobra hay historias, familias y vocaciones que contribuyen a crear riqueza y empleo. No merecen el olvido, el desarraigo ni la indiferencia. Somos un sector que renace cada día, que se reinventa constantemente y que sabrá encontrar nuevas oportunidades si continúa trabajando unido.

Por eso, estas líneas quieren terminar con un sencillo pero profundo agradecimiento a todas esas personas anónimas que, muchas veces sin horarios y lejos de los focos, velan cada día por la seguridad en los barcos, en los puertos, en sus muelles y en sus dársenas….

Vosotros sois quienes seguiréis escribiendo el futuro de nuestro mar.