Tuvo que ser en 2009 cuando don José de Haro -uno de esos sobresalientes servidores públicos, discretos y eficaces, que merecen todo nuestro afecto y reconocimiento-, a la sazón secretario general de Hacienda en la Consejería homónima de la Junta de Andalucía, nos envió a los entonces delegados provinciales un listado provisional con los terrenos e inmuebles que había remitido el Gobierno de España como parte del pago de la reclamada deuda histórica.

Hubo un acuerdo político para compensar que las inversiones y transferencias relacionadas con el traspaso de competencias en educación y sanidad no se habían correspondido con el peso poblacional de Andalucía, y el caso es que aquello, que motivó ríos borrascosos de tinta azul oscura casi negra, se resolvió con un pago en metálico y otro en especie, es decir, transfiriendo la propiedad de terrenos (sobre todo militares, en desuso) y edificios o parcelas que podrían tener cierto interés urbanístico y valor inmobiliario. Todo esto de manera muy resumida.

Quien esto escribe desempeñaba precisamente esa responsabilidad en aquellos momentos, delegado provincial de la Consejería en Málaga, y en aquel listado no aparecían ni terrenos ni edificios ubicados en la provincia, así que cogió el teléfono y el teclado y advirtió de la situación, que podría generar una nueva oleada de agravio comparativo, tan alimentado en aquellos tiempos.

Y de esta manera el edificio de Correos apareció en un nuevo documento actualizado y pasó a la Junta de Andalucía, que hizo caja e ingresó 23’5 millones de euros cuando lo subastó, por debajo del valor señalado en el acuerdo de traspaso, eso sí.

He seguido la evolución del edificio desde entonces, por muchos motivos. El primero, la satisfacción de haber hecho una aportación significativa, que ha beneficiado a muchas instituciones. Para poder vender el inmueble, la Junta de Andalucía tuvo que saldar sus deudas con la Diputación Provincial -más de 2 millones de euros, según he leído en estos días-, y ahora los propietarios van a pagar al Ayuntamiento nada menos que otro millón y medio de euros en efectivo, más un local en el propio edificio, en concepto de compensación para poder convertirlo en hotel, como estaba previsto casi desde el principio. Así que todas las administraciones andaluzas y malagueñas han salido ganando, y yo que me alegro.

La información sobre la superación del último escollo la ha firmado Sebastián Sánchez en El Español de Málaga. Es un gran periodista Sebastián, que en aquellos años de duro trabajo institucional tenía la costumbre de llamarme al móvil ya casi de noche, siempre con urgencia, para hacerme preguntas directas a bocajarro, cuando me dedicaba a preparar la cena de mis hijos pequeños, tortilla francesa con jamón o lenguado a la plancha, o filetitos de pollo. No he olvidado aquellos momentos, cuando la conciliación era tantas veces incomprendida, y he recordado unas cuantas situaciones similares leyendo las últimas novedades de Correos con su firma.

Pero volviendo al hilo principal, hay otro motivo por el que he seguido con interés la evolución del edificio de Correos. En un foro organizado por el Diario SUR incluso lancé la idea de que se trataba de un edificio que permitía imaginar otro tipo de uso, intentar la atracción de grandes empresas globales.

Sin embargo, se decidió hace años un uso hotelero, ni siquiera administrativo, como llegó a solicitar la Diputación Provincial en su momento, y así ha quedado hasta la fecha. El caso es que mucho tiempo más tarde, cuando yo no tenía ya ninguna responsabilidad institucional, coincidí en un tren con Francisco Ruiz, viejo amigo de la Facultad de Económicas, que me confió que era él quien representaba a la empresa compradora, Nitsba Spain. Una noticia bomba que me permitió estar más o menos al tanto de los primeros pasos que se dieron tras la venta al inversor privado.

Aquel encuentro con Francisco Ruiz también alentó mi atención hacia el buen final del proceso, y hay que agradecer su gran trabajo y su incansable dedicación al asunto. Gente menos bregada habría tirado la toalla ante tantas dificultades y retrasos.

A Francisco le conocí nada más llegar a Económicas, en 1986, siendo un pipiolo, un novato de manual, acompañado de mis inseparables Alejandro Rubio y Abilio Ruiz de Brito, cuando decidimos acercarnos a la Asociación Internacional de Estudiantes de Ciencias Económicas y Empresariales (AIESEC), atraídos por la posibilidad de hacer algo más que estudiar y con la firme idea de alejarnos del bar y sus tentaciones.

En AIESEC nos encontramos asimismo con gente tan diversa como Rosa Marín, José Chocrón, Carlos Moreno, Mauro, Agustín Guerbós, o el llorado Jesús Adánez, a quien perdimos hace unos meses, demasiado joven, siempre alegre y vitalista. También conocimos a Paco Calleja, referente en el tema de la buena música, con el que volví a hablar hace unas semanas a cuenta de las ayudas al comercio exterior de la agencia pública para la que trabajo ahora.

Y por supuesto a Godawari Chulani Onieva, con sus impecables zapatos de tacón alto, belleza entresacada de alguna novela de Julio Verne, de la que estábamos juvenil y completamente enamorados, hasta el punto de que no he(mos) olvidado nunca su nombre.

Sobre las fiestas en el local de la asociación, las tortillas de patatas que nos hacía Reme -la conserje más popular y dicharachera de la Facultad- o el trasiego de cervezas y otras bebidas no quiero profundizar, porque aquello parecía más una fraternidad americana de una película de humor de brocha gorda que un local de vocación estudiantil.

Francisco Ruiz va a conseguir que el lastimado edificio de Correos sea por fin un hotel de lujo, y me he alegrado: por él, por su esfuerzo, por aquel mensaje de alerta que envié a la Consejería, por los ingresos para Andalucía y para Málaga, por el futuro de la ciudad y, sobre todo, por aquellos viejos y buenos tiempos, cuando éramos inocentes y aún no sabíamos nada del futuro.

Queda la amistad sincera, la complicidad con el éxito ajeno, la tristeza sobrevenida por los que se han ido, las imágenes que nunca se borrarán. Quizás podamos volver a vernos cuando se inaugure el hotel, más mayores, más trabajados, más acostumbrados a la vida. No se me ocurre mejor ocasión para recordar aquellos días felices, aquel sol de nuestra juventud en los jardines siempre verdes de Económicas, cuando El Ejido era el teatro de nuestros sueños y la vida real ni siquiera había asomado su oscura cabeza. Habrá que intentarlo.