Tengo una amiga que está realizando el doctorado y comentábamos recientemente su tesis sobre educación financiera. Concretamente sobre el impacto de la educación financiera en el crecimiento de las pymes, condicionado al género.
Siempre he pensado que mi profesión no es vocacional ni contribuye en exceso al bien social, lo que me ha llevado a buscar, de forma casi constante, vías alternativas de corresponsabilidad social. Sin embargo, la educación financiera es uno de esos ámbitos que, sin grandes alardes, puede marcar una diferencia real en la vida de las personas. Ayudar, sencillamente, a vivir mejor.
Nuestra relación con el dinero condiciona la forma en la que vemos el mundo y tiene un alto impacto en la estabilidad emocional de las personas. Desde una posición primermundista, como no podía ser de otra manera, hay mucho de elección personal en la gestión de nuestras finanzas y con ello de nuestras vidas.
He tenido una de las primeras conversaciones sobre dinero con mi hija mayor. Con trece años me preguntaba cuánto es un sueldo “normal”, cuánto cuesta alquilar una casa o cuánto debería ahorrar para hacerlo bien. Preguntas sencillas, aparentemente inocentes, pero que encierran una preocupación profunda por entender el mundo que le espera. Preguntas que muchos adultos seguimos sin saber responder con claridad.
Siempre he visto el dinero como una herramienta para ser más libre, para poder elegir, para no estar completamente subyugada al sistema. Sin embargo, para demasiadas personas el dinero es justo lo contrario: un yugo del que resulta difícil zafarse, una fuente constante de ansiedad y dependencia.
La diferencia entre una cosa y la otra no suele estar en la cantidad que se tiene, sino en la relación que se establece con él. El mercado está diseñado para crearnos necesidades, cuán influenciables seamos a su dictado condicionará nuestras expectativas y guiará muchas de nuestras decisiones vitales.
Ser conscientes de que no necesitamos una cocina mejor, ni cambiar de coche es algo complejo de asimilar para muchos adultos; pensar que los niños no deben ser educados sobre finanzas es dejarlos expuestos a la voracidad del mercado, sin herramientas para gestionarlo.
En un momento en el que afortunadamente hemos aceptado como básico que nuestros hijos tengan una correcta educación emocional, no debemos olvidar que es también importante enseñarles herramientas que les permitan tener una adecuada educación financiera. Que no tengan que sufrir la crisis de los cuarenta para darse cuenta que el dinero no da la felicidad y que tengan una relación saludable con él.
Educar a nuestros hijos en finanzas no es prepararlos para un mundo de abundancia ni enseñarles a maximizar beneficios. Quizás sea, más bien, ayudarles a entender la proporcionalidad que el dinero representa en la vida. Enseñarles que es importante, pero que no lo es todo. Que sirve para cubrir necesidades y ampliar opciones, pero que no debería dictar deseos ni marcar el valor de las personas.
En un entorno en el que absolutamente todo está a la venta, resulta más necesario que nunca que nuestros hijos comprendan que el dinero es importante cuando no se tiene, pero que la sensación de no necesitar nada, o casi nada, es una de las formas más honestas de libertad que existen.