Fui al teatro Cervantes a mediados de enero a ver Carmen, nada de nadie, una obra estupenda sobre el papel de Carmen Díez de Rivera en los años más complejos de la delicada Transición española. Tenía muchas ganas de ver la obra desde que tuve noticias de su estreno en Madrid, claro, así que agradecí la invitación que me hizo Nuria, por sorpresa, unos días antes.
Nuria fue mi primera novia, desde los 17 hasta los 22 años. La vida nos separó y luego volvió a reunirnos, un tiempo después, de manera natural. Éramos jóvenes y llegó un momento en el que cada uno tomó su camino, porque no todo el mundo siente que su primera pareja es la definitiva, porque los ritmos de vida son diferentes, porque aparecen otras personas más atractivas e interesantes, por miles de motivos.
El caso es que siempre me ha sorprendido cómo se pasa página de relaciones sinceras y bonitas que nos han proporcionado un puñado de buenos momentos durante años, que nos han servido de iniciación a la vida, como si las personas con las que vivimos aquellos momentos se hubiesen convertido de la noche a la mañana en seres despreciables, en la representación del mal o en los culpables de todas nuestras desgracias e inseguridades.
Cuando has vivido o compartido una etapa con otra persona, tengas la edad que tengas, eso ya forma parte de tu vida, y puedes valorar todo lo bueno que te dio o decidir borrar esa parte de tu memoria, borrándote de paso a ti mismo y lo que fuiste y sentiste en aquellos momentos.
La zona del patio de butacas estaba bastante llena, aunque el frío y la edad media de los asistentes propiciaron un sostenido e incómodo coro de toses durante la primera mitad de la función.
Carmen Díez de Rivera fue un personaje decisivo de la Transición, una mujer libre de la que ahora podremos saber mucho más gracias a un libro, La soledad fue el precio, que ha merecido el Premio Comillas de Historia, Biografía y Memorias.
Otra Carmen es su autora, Carmen Domingo, y sin duda merecerá la pena leer la trayectoria de esta mujer libre que descubrió de repente, muy joven, cuando iba a casarse con el chico del que se había enamorado, que no podía hacerlo porque era su hermano.
¿Cómo describir la situación? Carmen Díez de Rivera era hija de Ramón Serrano Súñer, el todopoderoso ministro de Exteriores de Franco, el enlace con Hitler, el más ferviente partidario de la entrada de España en la Segunda Guerra Mundial.
Pero la madre de Carmen no era la mujer de Serrano Súñer, sino que su madre era María Dolores de Icaza y de León, marquesa de Llanzol. Así que Carmen se crio con un padre que no era su padre, y se enamoró -con la edad que teníamos Nuria y yo cuando nos conocimos- de un chico que resultó ser su hermano.
La partida de bautismo que pidieron para poder casarse lo reveló. Todo esto, en aquellos años, sólo podía ocurrir entre familias de la muy alta sociedad, que podían permitirse esas liberalidades y evitar el escarnio de la Iglesia Católica.
A Carmen Díez de Rivera la obra le atribuye buena parte de los méritos del aperturismo de los años 1976 y 1977. Sobre el escenario sólo cuatro actores: la propia Carmen, Adolfo Suárez, Juan Carlos I y la madre de Carmen, la marquesa de Llanzol.
Beatriz Argüello derrocha intensidad y energía en un papel protagonista complejo y exigente. Pero más allá de la crítica teatral, lo mejor de la obra es recordar lo que pasó, cómo pasó y por qué pasó: desde el papel del actual Rey emérito hasta los contactos para la legalización del PCE.
¿Tuvo tanto protagonismo Carmen Díez de Rivera? ¿Fue Suárez tan apocado y prudente? Tendremos que leer el libro, pero sin duda su figura, su audacia, su carácter libre e independiente, su educación y su dominio de otros idiomas la convirtieron en esa pieza clave que luego se fue diluyendo, por su muerte prematura y, quizás, por ser mujer. Ya sabemos cómo se escribe la Historia.
Carmen Díez de Rivera acabó alejándose de Suárez, afiliándose al Partido Socialista Popular de Tierno Galván y más tarde fue eurodiputada del PSOE. Eran otros tiempos, no sé si había más respeto, pero quién iba a imaginar que una hija de Serrano Súñer acabaría militando en las filas socialistas.
Esto no lo cuenta la obra, pero la curiosidad por el personaje me llevó a buscar más información en internet sobre su vida, que ahora incluso deseo conocer con más detalle y profundidad. Cuando salimos del teatro, que aplaudió a los actores con entusiasmo sincero, fuimos a casa de Nuria, cerca del Cervantes, porque yo tenía que curarme una herida de la espalda -una cicatriz persistente, resultado de una intervención de cirugía menor, que se resistía a cerrarse- y su hijo estudia primer curso de enfermería, así que se presentó una buena oportunidad para aprovechar del todo la tarde-noche.
Al final fue Nuria la que me curó la herida y me cambió el apósito, porque Sergio me miró la espalda y su cara lo dijo todo. Pero me gustó ir a verlo porque a Sergio le encanta el jazz y compartimos devoción por Bill Evans.
Cuando su madre me lo comentó, hace algunos meses, cogí todos mis CDs del genio del piano y se los regalé, porque los objetos sólo tienen valor si alguien es capaz de disfrutarlos con la pasión genuina que da la juventud.
Sergio me enseñó sus nuevos vinilos, y en aquella habitación que había sido la de su madre, en la que yo mismo pasé tantas y tantas horas hace ya casi cuarenta años, disfrutamos de un buen rato los tres, rescatando incluso aquel disco de Elvis Presley que le regalé a Nuria y que tanto le gustó a mi suegra, y que aún seguía allí.
La vida es el presente, pero es también la gente que nos ha modelado hasta ser lo que somos. Borrar de un plumazo aquellos años, o los días y momentos felices que hemos pasado con otras parejas, con otras relaciones, es -lo dije antes- borrarse a uno mismo.
En mi agenda hay muchos teléfonos de personas que formaron parte de mi vida, con las que sigo en contacto. Nos comunicamos de vez en cuando, volvemos a vernos si se da la oportunidad. Puede ser raro, pero no es malo, como he explicado en más de una ocasión.
Y que las cosas sean así tan sólo depende de nosotros y de nuestra forma de pensar. Basta una mirada limpia sobre la vida, y una valoración sincera y honesta sobre lo que somos ahora. La gratitud es una extraordinaria compañera de viaje.