En España seguimos teniendo un debate estéril sobre la idoneidad del coche eléctrico. Frases como “donde esté un motor de los de antes…”, “eso de las baterías no está del todo claro”, “las baterías de los coches eléctricos explotan” y chorradas del estilo que se suelen decir en una conversación de “cuñados” en la cena de Nochebuena.

Y, mientras discutimos, seguimos importando energía fósil a mansalva, y lo que supone de salida de dinero hacia otros países. Por el contrario, nuestros vecinos del norte, los noruegos, parecen que lo tienen claro a la hora de renovar su parque móvil con coches eléctricos.

Yendo al dato, el 98,3% de los coches que se han matriculado en Noruega son eléctricos. Pero seguramente no lo hacen por puro ecologismo. Seamos sinceros, ese país genera casi la totalidad de su electricidad (aprox. 98%) a partir de fuentes renovables, principalmente energía hidroeléctrica, pero en España estamos a por uvas, al no cubrir las necesidades de energía eléctrica con recursos naturales.

Es verdad que Noruega cuenta con una extensa red de puntos de cargas públicos, y la mayoría de los propietarios tienen cargadores en casa, todo ello facilitado por la abundancia de electricidad barata. Esta situación en España de momento parece una entelequia, pero esto será motivo de otro artículo a la hora de analizar sus causas.

Lo cierto es que España ha sido bendecida por los dioses, al recibir un regalo que no depende de decretos ni de ideologías, nos referimos al sol. Energía limpia que no sale de un pozo, sino que viene del astro rey. En ese sentido, debemos tomarnos muy en serio las renovables, ya que son un recurso inagotable, y lo que supondría de riqueza para el país y su paisanaje.

El Ministerio de Economía ha publicado los datos de 2024, explicitando un déficit energético en España de un montante de 30.442,7 millones de euros (30,4 millardos). En contraposición a una mayor participación de las energías renovables, a pesar de que aún presentamos una dependencia energética exterior del 68,4% en 2024, según el balance del MITECO (Ministerio de Transición Ecológica).

Eso supone que buena parte de la energía que mueve el país se compra y se paga fuera. Y esa dependencia energética no se corrige con discursos, sino sustituyendo petróleo y gas importados por producción de corriente eléctrica producida en suelo patrio.

Ahora bien, ¿tenemos suficiente capacidad para rebajar considerablemente el consumo de combustibles fósiles? Yo diría que sí. De hecho, la electricidad española ya es mayoritariamente renovable. Concretamente, en 2024 Red Eléctrica certifica un dato muy a destacar y, no es otro, que el 56,8% de toda la electricidad generada en España fue renovable, aunque muy lejos aún del 98% de los noruegos. Y si miramos el mix energético en España, la eólica lideró con el 23,2% y la solar fotovoltaica aportó tan solo el 17%.

¿Qué estamos esperando para monetizar con mayor fruición la ventaja comparativa de tener sol 300 días al año? Y de ese modo extender la energía fotovoltaica al transporte, ACS + calefacción y procesos industriales.

Naturalmente el mayor problema sigue siendo el petróleo que se usa en el transporte. Según CORES (Corporación de Reservas Estratégicas de Productos Petrolíferos) perteneciente a MINECO, España importó 64.588 kt de crudo en 2024 (más de 64 millones de toneladas).

De este modo podemos concluir que la energía clave de la movilidad de todos los españoles se compra fuera, lo que significa que nuestra economía, la de España, está atada a un precio internacional, a rutas logísticas, a tensiones geopolíticas y, sí, a una salida de dinero que desequilibra la balanza de pagos. Aquí hago una llamada a los patriotas que se pegan puñetazos en el pecho y que ven la sostenibilidad y las energías renovables como algo woke que hay que desdeñar. Craso error.

Por eso el coche eléctrico no es una moda tecnológica, ni un capricho friki. Es, sobre todo, una herramienta de soberanía económica, que convierte la movilidad en una actividad económica de progreso para el país. Cierto sería que España ya está aprendiendo a producir electricidad con recursos propios, aunque queda recorrido aún, a pesar de que sigue habiendo miles de tejados de edificios, naves industriales y comerciales en España sin placas fotovoltaicas instaladas. Eso sí, dejemos los terrenos rurales para las explotaciones agroganaderas y espacios abiertos naturales.

Desde que se publicó el Real Decreto 244/2019, de 5 de abril, el autoconsumo es un “deporte nacional” que se puede practicar por parte de empresas y particulares en España. Tan solo hay que instalar las placas y el inversor, et voilà, ya tenemos electricidad para consumirla.

En efecto, España debe reforzar su autonomía y competitividad energética, y el modo más directo pasa por acelerar la implantación de renovables. Mientras tanto, seguiremos soportando un déficit comercial energético en torno a 30.442,7 millones de euros anuales, con la consiguiente salida neta de renta al exterior, y lo que supone el coste de oportunidad directo sobre la capacidad de inversión de la economía española.

Probablemente si los agentes económicos en España sustituyen gran parte de su consumo de combustibles fósiles por electricidad fotovoltaica nacional, se reducirá de facto las importaciones energéticas, mejorando el saldo exterior y, por añadidura, impulsará el PIB vía inversión y menores costes energéticos. Otra relación causal directa sería la mejora de la calidad del aire.

Como conclusión, podemos inferir que estamos ante un asunto estrictamente económico y de interés como país. A estos propósitos atendería que hagamos un lema similar al MAGA de Trump, pero no olvidemos cambiar la A de América por la S de Spain, para que quede tal que así: Make Spain Great Again.