La lluvia caía con una constancia casi hipnótica sobre el cristal del tren. En el vagón, apenas una docena de pasajeros viajaban en silencio, cada uno refugiado en su pantalla. Un hombre de mediana edad, con gesto sereno y ceño ligeramente fruncido, leía despacio un discurso en su tableta.
No era un texto cualquiera. Lo sabía por la forma en que volvía atrás, subrayaba mentalmente frases, levantaba la mirada y se quedaba unos segundos suspendido, como si intentara encajar una pieza que llevaba tiempo buscando.
Afuera, Europa pasaba a toda velocidad. Dentro, una pregunta empezaba a tomar forma:
¿Qué ocurre cuando el mundo deja de funcionar según las reglas que creíamos inmutables?
Durante décadas, buena parte del mundo desarrollado vivió bajo una cómoda suposición: que el orden internacional surgido tras la Segunda Guerra Mundial, basado en normas, instituciones, equilibrios y cierta hegemonía benevolente, era imperfecto, sí, pero estable, previsible, gestionable.
Creímos que la globalización, el comercio y el derecho internacional habían domesticado la fuerza. Que la historia, como algunos proclamaron con exceso de entusiasmo, había entrado en una fase de madurez.
Hoy esa suposición se resquebraja.
El discurso atribuido al primer ministro canadiense Mark J. Carney, más allá de su literalidad, refleja con claridad una intuición compartida por muchas cancillerías: no estamos ante una transición ordenada, sino ante una ruptura.
El mundo ya no se organiza en torno a reglas comunes respetadas por todos, sino alrededor de intereses desnudos defendidos con instrumentos económicos, tecnológicos, financieros... y militares.
Y aquí emerge una verdad incómoda:
Cuando las normas dejan de proteger, solo protege la capacidad de resistir.
Europa, en ese contexto, aparece como una paradoja histórica.
Nunca ha sido tan próspera, tan culta, tan consciente de los derechos humanos. Y, sin embargo, nunca ha sido tan vulnerable estratégicamente.
Durante años, la Unión Europea se ha concebido a sí misma como una potencia normativa: reguladora, garante moral, exportadora de estándares. Ha creído, quizá de buena fe, que su autoridad ética bastaría para influir en el mundo. Que bastaba con tener razón.
Pero el nuevo orden mundial no premia a quien tiene razón. Premia a quien tiene capacidad de disuasión.
Estados Unidos negocia desde la fuerza; China negocia desde la fuerza; Rusia, incluso en su declive relativo, sigue negociando desde la fuerza. Europa, en cambio, negocia desde la expectativa de que otros respeten las reglas.
Y ese es el problema.
No se trata de glorificar la militarización ni de renunciar a los valores. Muy al contrario.
El dilema no es entre moral y poder, sino entre moral protegida o moral expuesta.
La historia demuestra que los derechos, las libertades y las democracias no se sostienen únicamente por su legitimidad intrínseca. Se sostienen porque existe alguien dispuesto y capaz de defenderlas cuando son cuestionadas. Sin esa capacidad, los valores se convierten en un lujo retórico.
Europa ha confiado durante demasiado tiempo en una arquitectura de seguridad externalizada, fragmentada y, en el fondo, complaciente. Ha invertido más energía en definir lo correcto que en garantizar lo necesario. Y ahora, cuando el tablero se endurece, descubre que sin músculo no hay voz.
El planteamiento canadiense introduce una idea clave: el realismo basado en valores.
No es cinismo. No es resignación. Es madurez.
Reconocer el mundo tal como es no implica renunciar a cambiarlo, pero sí entender que no se cambia desde la debilidad. Las potencias medias, y Europa lo es, solo tienen una opción si no quieren convertirse en terreno de juego ajeno: cooperar entre ellas, compartir costes, sumar capacidades y construir autonomía real.
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Autonomía energética
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Autonomía industrial
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Autonomía tecnológica
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Y sí, también autonomía militar
No para agredir, no para imponer, sino para que, cuando llegue el momento de sentarse a negociar, su voz tenga suficiente peso.
El mayor riesgo para Europa no es convertirse en una potencia militar. El mayor riesgo es seguir creyendo que no necesita serlo.
Porque el nuevo orden mundial no penaliza la ingenuidad: la explota.
Y la historia es implacable con quienes confunden buenas intenciones con estrategia.
Cuando el tren se detuvo, el hombre cerró la tableta. Afuera había dejado de llover. El andén estaba lleno de gente que caminaba deprisa, cada uno hacia su destino. Pensó que las sociedades se parecen mucho a eso: avanzan juntas, pero no siempre conscientes del paisaje que cambia a su alrededor.
Quizá haya llegado el momento de que Europa se haga una pregunta incómoda, pero inevitable:
¿Estamos preparados para defender aquello que decimos creer, o seguimos confiando en que otros lo hagan por nosotros?
Porque en un mundo donde las normas ya no protegen, la reflexión no es un lujo intelectual. Es una cuestión de supervivencia democrática.
Y esa reflexión, cuanto antes empiece, mejor.