La luz de una farola temblaba sobre el asfalto mojado mientras un hombre caminaba sin prisa, con las manos hundidas en los bolsillos del abrigo. Había leído la noticia minutos antes en la pantalla fría de su teléfono: un acto de violencia absurdo, sin épica ni sentido, protagonizado por alguien aparentemente normal. Cerró la aplicación y levantó la vista. La ciudad seguía viva, indiferente, como si nada hubiera ocurrido. Fue entonces cuando la pregunta, antigua como la humanidad misma, volvió a presentarse con toda su crudeza: ¿la maldad se puede corregir o solo cabe aspirar a contenerla?
Y la pregunta surgía sola, inevitable: ¿de dónde nace el bien… y de dónde la maldad?
La maldad: ¿esencia o consecuencia?
Desde que el ser humano tiene conciencia de sí mismo, ha intentado responder a una cuestión incómoda: si la maldad forma parte de nuestra naturaleza o si es el resultado de nuestras circunstancias. La historia, como la vida cotidiana, nos demuestra algo esencial: nadie es siempre bueno, ni nadie es siempre malo.
Todos somos capaces de actos nobles y de acciones reprobables. Todos podemos equivocarnos, fallar, incluso dañar. La diferencia profunda no está en la ausencia total de maldad, que sería una idealización irreal, sino en el peso que cada uno coloca en la balanza de su comportamiento. Hay quienes, aun errando, buscan reparar, aprender y mejorar. Y hay quienes, por el contrario, reinciden, justifican, endurecen su conciencia y cruzan líneas cada vez más graves.
No toda maldad es igual. Hay errores humanos, fruto de la debilidad o la ignorancia, y hay maldades terribles, conscientes, persistentes y devastadoras para los demás.
¿Corregir o contener?
Aquí surge la cuestión central. Parte de la maldad puede corregirse, porque nace de la inmadurez moral, de la falta de referentes, del abandono educativo o emocional. Esa maldad aún dialoga con la conciencia.
Pero existe otra que no busca corregirse, sino imponerse. Cuando alguien cruza ciertos umbrales, cuando el daño deja de ser accidental y se convierte en método, la sociedad no puede limitarse a comprender: debe protegerse.
Por eso las leyes no son un fracaso ético, sino una necesidad moral. No existen para castigar el error humano, sino para contener a quienes, en la balanza de su conducta, pesan mayoritariamente hacia el mal, especialmente cuando ese mal es grave, reiterado o irreparable.
El peligro de negar esta realidad
Uno de los grandes errores contemporáneos es confundir compasión con ingenuidad. Pretender que todo comportamiento es explicable, justificable o reversible conduce a una peligrosa ceguera ética. Las sociedades que renuncian a distinguir entre el error y la perversión terminan desprotegiendo a los buenos y fortaleciendo a los peores.
La experiencia nos enseña que el mal prospera cuando se le minimiza, cuando se le racionaliza o cuando se le excusa en nombre de causas abstractas. Y eso tiene consecuencias reales: víctimas olvidadas, convivencia erosionada y una justicia que pierde su sentido ejemplar.
La ética como dique de contención
Una sociedad verdaderamente avanzada no es la que niega la existencia del mal, sino la que lo reconoce sin complejos y actúa con equilibrio: educa cuando puede, corrige cuando es posible y contiene cuando es necesario.
Los valores humanos de honestidad, respeto, responsabilidad o justicia, no son consignas morales; son estructuras de contención. Son los límites invisibles que permiten que la libertad no se convierta en abuso y que la convivencia no derive en ley del más fuerte.
Reflexión final: la balanza interior
Quizá la enseñanza más profunda sea esta: todos podemos cambiar, pero no todos quieren hacerlo. Y la diferencia ética entre unos y otros está en qué lado de la balanza deciden vivir.
El progreso moral no consiste en negar nuestra sombra, sino en impedir que gobierne nuestros actos.
Esta Senda de los Valores Humanos nace con una convicción clara: que el futuro no se construye solo con sistemas políticos o leyes más complejas, sino con ciudadanos que entienden que la ética es una responsabilidad personal e intransferible.
Quizá la respuesta más honesta sea esta: la maldad puede corregirse en algunos, debe contenerse en otros, pero siempre debe ser reconocida sin ambigüedades. Solo así podremos aspirar a una convivencia más justa.
Y aquí surge el mensaje esperanzador. Si el ser humano es capaz de hacer daño, también lo es de elegir el bien incluso en circunstancias adversas. Cada acto de responsabilidad, cada renuncia al odio fácil, cada decisión guiada por la ética fortalece ese frágil dique que separa la civilización de la barbarie. No estamos condenados a la maldad; estamos llamados a superarla, empezando por nosotros mismos.
En próximos artículos abordaré una cuestión decisiva para esa construcción moral: la responsabilidad individual como frontera entre la libertad y el caos.
Porque aspirar a contener la maldad es necesario, pero formar personas mayoritariamente buenas sigue siendo la mayor esperanza de cualquier sociedad que quiera llamarse humana.