En su discurso navideño, el Rey Felipe VI apeló a la confianza, la convivencia y la voluntad de país como condiciones indispensables para el progreso de España. Alertó, además, de una inquietante crisis de confianza que afecta tanto al ánimo de los ciudadanos como a la credibilidad de las instituciones del Estado. Una advertencia certera: pocas amenazas resultan hoy tan profundas para la convivencia democrática.

La democracia no se derrumba de golpe; se erosiona lentamente cuando la ciudadanía deja de creer que las reglas funcionan, que las instituciones responden y que el esfuerzo colectivo merece la pena. Así lo confirman numerosos indicadores internacionales, como el informe Freedom in the World 2025, que constatan un deterioro progresivo de los derechos políticos y las libertades civiles. En un mundo cada vez más desigual, polarizado e incierto, la confianza se desgasta y la cohesión social se resiente.

Actualmente, las sociedades viven con más miedo y hartazgo que esperanza: miedo económico, cultural, tecnológico y geopolítico. Ese clima deja el terreno abonado para los extremismos y el auge de discursos que simplifican una realidad compleja.

La política se ha convertido en espectáculo, la opinión en mercancía y la discrepancia en una confrontación cultural permanente. En este ecosistema, la verdad se relativiza y la desconfianza deja de ser una excepción para convertirse en norma. Y no se queda sólo en la esfera pública, sino que se filtra a lo privado, a las conversaciones familiares, a los grupos de amigos, a la forma en que miramos a quien piensa distinto. Una sociedad así vive a la defensiva y limita su progreso.

El resultado es una contradicción constante: desconfiamos de las instituciones, pero difundimos rumores; exigimos honestidad, pero participamos del ruido; reclamamos rigor, pero premiamos la simplificación. Este círculo vicioso nos encierra en un espacio donde nada es del todo creíble y, por tanto, cada vez es más complicado conseguir tener valores compartidos. Salir de ahí no es inmediato ni cómodo.

Romper esa dinámica exige valentía, admitir complejidades, reconocer incertidumbres y aceptar que nadie posee toda la razón. Solo así podremos reconstruir un espacio común donde discrepar no signifique destruir, donde el desacuerdo no rompa los vínculos y donde los valores compartidos vuelvan a ser el punto de encuentro.

Reconstruir la confianza también requiere coherencia. No basta con exigir instituciones responsables si, a nivel individual, contribuimos a la desinformación o a la crispación. La exigencia debe ser doble: hacia afuera y hacia adentro. Quizá uno de los pasos más urgentes sea sustituir la indignación por la exigencia. La indignación es inmediata y emocional: nos hace sentir parte del problema sin obligarnos a resolverlo. La exigencia, en cambio, es incómoda y lenta, pero constructiva. La primera divide; la segunda restaura.

Este reto no es solo local. Las grandes crisis de nuestro tiempo son globales y no pueden afrontarse de manera aislada ni por la fuerza, aunque algunos se empeñen en ello. Vivimos en un mundo interdependiente, donde todos viajamos en el mismo barco. La cooperación internacional es indispensable y solo puede sostenerse sobre la base de la credibilidad mutua, la legitimidad y el respeto entre países y organismos gubernamentales.

La confianza es el cimiento invisible sobre el que descansa toda democracia. Existe un vínculo directo entre libertad y responsabilidad común que solo puede sostenerse mediante el respeto institucional, la legalidad y la cohesión social. Nada de eso prospera en sociedades dominadas por el miedo, la manipulación o la polarización. Reconstruir la confianza no es solo un desafío colectivo, sino también una responsabilidad moral: la decisión consciente de seguir caminando juntos, incluso cuando el camino se vuelve incierto.