Mi cuñado Antonio nació en Caracas en 1955, de padres españoles emigrados. Con 11 años regresó a España para estudiar, y aquí conoció a mi hermana y se licenció en Biología por la Universidad de Granada.

Se casaron en septiembre de 1979, yo llevé las arras en aquella boda, y en plena crisis económica española partieron para Venezuela, donde residieron y trabajaron durante un año y medio, en Isla Margarita, cuando el bolívar cotizaba a 20 pesetas y las perspectivas profesionales eran mucho más atractivas en su país natal que en el nuestro.

Regresaron en 1981, y años más tarde también volvieron sus padres y sus hermanos. Venezuela se fue al garete y en casa hemos seguido muy de cerca, desde siempre, la situación en aquel país que llegó a ser un paraíso en el convulso y violento continente latinoamericano.

Mi cuñado es un hombre sensato, que ha ejercido de profesor de biología durante buena parte de su vida profesional, y en su casa hemos escuchado alguna vez sus vinilos de Alí Primera -¡barricada de palmas!-, al que descubrí en Nicaragua un verano, charlando con un ex guerrillero salvadoreño reconvertido en guía turístico que había sido escolta de Los Guaraguao –“qué triste se oye la lluvia / en los techos de cartón”- en un concierto clandestino en plena guerra civil de su país, en la zona controlada por el Frente Farabundo Martí de Liberación Nacional. Viejos tiempos, batallitas.

De esta manera, la noticia del secuestro de Nicolás Maduro por las fuerzas armadas estadounidenses marcó el sábado 3 de enero en mi propia casa. Por la mañana asistimos mi mujer y yo atónitos a las primeras noticias y pasamos buena parte del día pendientes del televisor -gran trabajo de La 1- y de las redes sociales, por supuesto.

Uno puede hacer un análisis geopolítico de todo esto, recuperar la retórica de la Guerra Fría, apelar al derecho internacional, temer por el incierto futuro de Europa. Pero también puede pensar en los 8 millones de venezolanos que se han visto obligados a dejar su país, y en aquellos a los que puede poner nombre, porque en España viven y trabajan muchos de ellos: pensar en Carol, en Alber, en Mayela, por citar sólo tres ejemplos.

Los tiempos modernos obligan a opinar en las redes, a posicionarse, a mear en las esquinas de esos espacios digitales compartidos donde se escribe más que se lee, donde se discute más que se dialoga.

Un rato antes de la alucinada comparecencia de Trump en su residencia de Mar-a-Lago (los malagueños con memoria recordamos al ínclito Jesús Gil y su despacho de alcalde de Marbella ubicado en el Club Financiero Inmobiliario), un amigo colombiano de Facebook, Samuel Whelpley, cuyas #reflexionesconservadoras sigo con interés genuino, publicó algo sensato y medido: “por ahora me voy del lado de las esperanzas de mis conocidos”.

Más allá de los antecedentes de Maduro, del chavismo criminal y del desprecio al derecho internacional de la administración Trump, Samuel tomaba partido por los rostros luminosos de sus amigos venezolanos residentes en Colombia, personas de carne y hueso cuyas sonrisas pudo ver él mismo esa mañana.

No pudimos ver la rueda de prensa completa. Salimos a dar un paseo con mi suegra, que se mueve en silla de ruedas. Vimos los tres las luces de Navidad en la cordobesa calle de Cruz Conde y fuimos a merendar a una cafetería llenísima, donde tuvimos la suerte de encontrar una mesa libre. Ella se pidió un tocino de cielo, que me hizo pensar en ese pedazo de cielo al que canta Luz Casal, y disfrutó como una niña golosa.

Tras ese paréntesis familiar y navideño, mi amigo Pablo, alicantino y liberal, quizás el último columnista independiente y barroco de la prensa digital, decidió enviarme una captura de pantalla no menos sorprendente que lo vivido hasta ese momento: “María Corina es una mujer muy agradable, pero no tiene ni el respeto ni el apoyo del país”. Palabra de Trump, alabado sea el Señor.

De regreso a casa seguimos enganchados a la tele. En la comida le recomendé a mis hijos que viesen Zero Dark Thirty, el peliculón de Kathryn Bigelow, no sin advertirles sobre las escenas de torturas, sobre la violencia. Alzaron los hombros: en esta época de consumo desmedido de contenidos digitales, nada de lo que vieran les iba a impresionar.

Pensé en los párrafos que no he olvidado del Informe Sábato, que puso letra a la música marcial de las torturas argentinas. También en aquella novela de Isaac Rosa que describía con escalofriante intencionalidad cómo es una tortura, El vano ayer. Ahora todo parece un videojuego, porque el dolor real lo sufren otros, siempre lo sufren otros, y ni siquiera somos capaces de imaginar lo que puede hacer un ser humano a sus semejantes.

Las noticias continúan, la confusión se amplifica. Mi medio de referencia para seguir las noticias de Venezuela fue durante mucho tiempo Prodavinci, que tuvo que cerrar en diciembre de 2024 por su insostenibilidad económica.

Busco en internet a Rafael Osío y esa búsqueda me lleva al Caracas Chronicles, donde leo un reportaje de finales de diciembre que desmiente las afirmaciones trumpistas del robo perpetrado a las petroleras estadounidenses, y donde también me topo con la siniestra y criminal figura de Alexander Granko Arteaga, militar de alto rango venezolano y reputado torturador, ladrón y asesino.

Hay países donde todavía se hace periodismo, sin inteligencia artificial, sin miedo, sin más red que la propia dignidad. Rafael Osío publicó hace unos meses un libro de gran interés, Venezuela, memorias de un futuro perdido, que puede interesar a quienes de verdad quieran formarse su propia opinión sin interferencias, como también pueden servir Atrás queda la tierra, de Arianna de Sousa García; Cuando éramos felices y no lo sabíamos, de Melba Escobar; Venezuela, ensayo sobre la descomposición, de José Natanson; o los libros de Rodrigo Blanco Calderón y los dos volúmenes de Mirtha Rivero titulados La oscuridad no llegó sola.

En las redes se agudiza el combate ideológico, pero de repente emerge el escritor chileno Rafael Gumucio para escribir un largo post en Facebook que termina así: “hoy, solo hoy, déjenme sentir esa alegría sin pedir permiso al manual del buen antiimperialista. Déjenme poner el corazón donde siempre debió estar la izquierda: del lado de la gente, no de los mapas”.

Lo comparto con mi cuñado y mi hermana y algunos amigos sensatos, y me acuesto un poco más reconfortado, no sin chatear antes con mi hermana mayor sobre nuestra madre, que cumplirá 96 años en dos semanas, y que nos preocupa. Una preocupación real y tangible, cercana, insoslayable.

El domingo amanece nublado en Córdoba. La limpieza del secuestro, los datos del entrenamiento en una réplica de la fortaleza de Maduro dan solidez a ciertas especulaciones lanzadas ya el sábado: la evidente complicidad de altas instancias del régimen chavista.

La alegría por la “extracción” de Maduro se mantiene, el espectáculo de su descenso inerme por la escalerilla del avión que le ha trasladado a Nueva York aún añade más vistosidad a lo que comienza a parecer un espectáculo programado con escaleta y guion milimetrado.

Hay sospechas crecientes de gatopardismo, de gato encerrado, de gato por liebre, de timo de la estampita. Ya no se habla de cambio de régimen, y todos los que han decidido atacar a alguien, a Trump, a Delcy Rodríguez, a María Corina Machado, a Pedro Sánchez, pueden salir escaldados. Me pregunto si en Filmin estará El día de los tramposos, el peliculón protagonizado por Kirk Douglas y Henry Fonda.

Salgo a comprar un último regalo de reyes, aún pendiente. En la Plaza de las Tendillas un centenar de personas con banderas obsoletas corea sin entusiasmo consignas de los años 70 y 80. En el pequeño comercio donde entro hablo con la dependienta y mi intuición acierta: es venezolana, y está muy contenta, claro, pero también preocupada por su familia y sin tener nada claro que las cosas vayan a cambiar en su país. “El problema ahora es Diosdado Cabello”, me dice, y recuerdo lo que contó Samuel Whelpley desde Barranquilla.

Termino ya, con otra referencia a Facebook, donde el venezolano Leo Felipe Campos, afincado en Barcelona, escribió un largo post que tituló Los zapatos del venezolano, dirigido a los no venezolanos de fuera de Venezuela: “Coherencia es mantener tus principios, tus ideales, tus valores, tu juicio crítico, sí, pero también ponerte unos minutos en los zapatos del otro, por muy apretados que puedan quedarte, y plantearte de dónde surgen sus dudas, sus emociones, sus reflexiones. Es, al menos, lo que estoy intentando hacer yo en estos momentos, incluso conmigo”.

No se me ocurre un final mejor. Paz, democracia y bienestar para Venezuela y para todos los países, áreas, zonas y franjas devastadas por la geopolítica y el narcisismo. Por encima de todo, siempre las personas.