Me impresionaron las palabras de Eastwood a sus noventa y cinco años cuando dijo: "No dejo entrar al viejo. Me mantengo ocupado. Hay que mantenerse activo, vivo, feliz, fuerte, capaz. No dejo entrar al viejo criticón, hostil, envidioso, murmurador, lleno de rabia y de quejas, de falta de valor, que se niega a sí mismo que la vejez puede ser creativa, decidida, llena de luz y proyección".

Siempre escuchaba al maestro Alcántara decir que para mantenerte feliz y activo nunca dejes escapar al niño que llevamos dentro. Qué frase más elocuente y proverbial. Si uno deja de recordar y actuar como el joven que fue, en ese caso estás dando pasos firmes hacia la vejez, sin duda.

Hace unos meses entré en la frontera de los sesenta años y siempre pensé que ser un sesentón era sinónimo de vejez. Qué error de partida pensarlo. Yo a mis sesenta años me encuentro en una nueva plenitud, tanto es así, que no tengo tapujos en proclamar mi edad. Este es el comienzo de creer en ti y en tus posibilidades de mantener la actitud positiva, clave de bóveda de una vida plena.

Otro consejo para mantenerte joven es practicar el humor en primera persona. Eso supone reírse en primer lugar de uno mismo, o bien cuando haces una payasada o te ríes con amigos de algo. Sin perder de vista que la broma con la persona adecuada, en el grado exacto, en el momento oportuno, con el propósito justo y del modo correcto, eso, ciertamente, no resulta tan sencillo.

Por eso, el humor y la broma hay que practicarlo continuamente con pequeñas dosis, ya que te ayudará a mantenerte joven de mente y no dejar que entre el viejo ñoño y cascarrabias que necesita un extintor para apagar su tarta de cumpleaños.

Dicen que la edad no está en el cuerpo, sino en la cabeza. Y es verdad. Si tu mente envejece antes que tu corazón, el reloj biológico se convierte en una condena. Para evitarlo debemos seguir la siguiente hoja de ruta. Primero, no dejes de formarte, el primer error de viejo es pensar que a nuestra edad... De hecho, ser mayor es una oportunidad para reconciliarse con el tiempo, con los demás y con uno mismo.

Ciertamente, la juventud, no es una etapa, sino una actitud. Y mantenerla exige disciplina: cuidar el cuerpo, alimentar la mente y, sobre todo, preservar el alma de los resentimientos. Hay quienes acumulan décadas sobre sus hombros y siguen inspirando, y otros que, aun jóvenes, ya arrastran el cansancio de la desilusión.

Por eso, más que temer al envejecimiento, deberíamos temer a la rutina, al conformismo y al abandono de la ilusión. Por esa razón no entiendo a personas que con tan solo cuarenta años están pensando en su jubilación. Creen que esa etapa le dará paz y tranquilidad, y lo que no saben es que jubilarse sin un plan de acción es un pasaporte para tu reclusión, y es ahí cuando la vejez llega más pronto que tarde.

Y sí, es verdad que el cuerpo cambia, los reflejos ya no son los mismos, y el espejo se empeña en recordarte lo que ya sabes. Pero en contrapartida, se adquieren otros poderes, como saber relativizar, ganar en perspectiva, sabiduría y templanza. Aprendes a dar menos importancia a lo superfluo y más a lo esencial: las personas que te quieren, los instantes de paz, la salud y los pequeños placeres cotidianos.

No dejemos de mirarnos al espejo y aceptar los pequeños cambios cada día, pues ser mayor no es en ningún caso sinónimo de decadencia, sino de plenitud. La decadencia de la persona no está en la edad sino en el cómo comportarnos.

Así que, cada vez que te levantes por la mañana debes decir con orgullo que sigues viviendo, aprendiendo, amando y, lo más importante, que te has caído muchas veces y que has aprendido de las derrotas y de los fracasos. Porque solo quien ha vivido mucho puede mirar atrás sin arrepentirse y para adelante con ilusión y, en ningún caso, con miedo.

Por eso, más allá de los sesenta, setenta o noventa, hay que seguir dejando fuera al viejo del que hablaba Eastwood. Mantener al niño dentro de nosotros que nos decía Alcántara, al soñador que imagina continuamente, al curioso que pregunta, al amigo que ríe. Pero, sobre todo, al ser humano que no deja de creer en la vida.

En definitiva, ser mayor no supone ser viejo. Supone haber comprendido que el paso del tiempo no nos quita la juventud, solo nos enseña a disfrutarla de otra manera. Porque mientras el corazón siga latiendo con ilusión, seguiremos siendo jóvenes, a pesar de que tu carnet te ponga en tu sitio, aun así, debes seguir creyendo en tus proyectos y en la gente que te rodea y acompaña.