Desde mi balcón, veo pasar a diario muchas historias de mujeres que, sin hacer casi ruido, cambian el mundo. Pocas son las veces que una lo hace con tanta fuerza como María Corina Machado, la reciente ganadora del Premio Nobel de la Paz.

Hoy no quiero hablar de política, ni de partidos, ni de fronteras, nada más lejos, no me interesa. Quiero hablar de valentía, de coraje y de esa manera tan humana de no rendirse, aunque todo alrededor se tambalee.



Desde que se anunció el premio, el mundo entero empezó a hablar. Pero, entre tanto ruido, prefiero quedarme con lo esencial: con su historia de mujer. Porque hay gestos que van más allá de las ideologías y se clavan directo en el alma de cualquiera que haya tenido que pelear contra lo imposible.



María Corina nació en Caracas, un 7 de octubre de 1967. Es Ingeniera industrial, madre, hija, hermana. Una mujer que nunca eligió el camino fácil como otras tantas. Desde sus primeros pasos públicos supo lo que era enfrentarse a estructuras que no perdonan ni olvidan, sino que más bien devoran.

Y aun así, siguió. Y ahí está, erguida, después de años de presión, de amenazas y de silencios amordazados. Lo suyo no es pose, es resistencia.



No es casual que haya sido reconocida con el Nobel de la Paz “por su trabajo incansable promoviendo los derechos democráticos del pueblo venezolano y su esfuerzo por lograr una transición justa y pacífica”.

Pero no nos quedemos solo en los titulares, esos de los que muchos viven. Pensemos en lo que significa eso en el cuerpo y la vida de una mujer que lleva años sin bajar la mirada. Qué importante es eso de no bajar la mirada… ¿No creen?



El valor de María Corina no está en las cifras, sino en la constancia. En seguir cuando lo lógico sería rendirse. En no perder la fe cuando todo alrededor parece derrumbarse. Porque hay una fuerza que no se improvisa, y es la que nace del convencimiento y del amor a lo que uno cree justo.



Y sí, no es perfecta, nadie lo es. Pero su historia es la de tantas mujeres que, desde rincones muy distintos, también deciden no callarse. En cada barrio, en cada empresa, en cada familia hay una mujer que, a su manera, pelea su batalla diaria. Por eso su Nobel trasciende su país y se convierte en símbolo.



Y claro, como suele pasar cuando una mujer se hace visible, llegan las críticas. Que si esto, que si lo otro, que si no era el momento, que si hay otras causas más importantes. Lo de siempre, machismo invisible que escuece a los “machitos” que se creen jefes de manadas.

Pero la verdad es que cada vez que una mujer ocupa un espacio de poder o de reconocimiento, aparecen las voces que intentan quitarle mérito, que buscan la grieta para cuestionar su valor.

La diferencia está en cómo se enfrenta a ese zumbido cuando se mueve el avispero. María Corina lo hace con calma, sin devolver el golpe, con esa serenidad que solo da la certeza de estar en el lado correcto de la historia.



A veces, el mayor acto de paz no es ganar la aprobación de todos, sino seguir adelante sin perder la sonrisa. Como decía Frida Kahlo, “al final del día, podemos soportar mucho más de lo que creemos”. Y vaya si ella lo ha demostrado.



Eleanor Roosevelt decía: “Nadie puede hacerte sentir inferior sin tu consentimiento”. Cuánta verdad ¿no?. Y cuánta falta nos hace recordarlo. La dignidad, la entereza y el respeto no se mendigan, se sostienen con la cabeza alta, incluso cuando el viento sopla huracanado.



A veces los premios no son solo para quien los recibe, sino para quienes se ven reflejados en ellos. Este Nobel también pertenece a todas las mujeres que luchan en silencio, que cargan el peso del día a día sin aplausos ni titulares, pero con la misma fuerza interior.



Y si algo nos enseña la historia de María Corina es que la libertad y la esperanza no son decretazos, son conquistas con pasos firmes, incluso descalzos. Por eso, más allá de las ideologías, hoy desde este balcón, yo aplaudo su coraje. Porque su ejemplo, como el de tantas otras, nos recuerda que rendirse nunca es una opción.