Una tarde cualquiera, accedes al banco y realizas una transferencia. Subes tus presentaciones a la nube como copia de seguridad. Revisas las fotografías familiares que, desde las generadas por tu antigua cámara digital hasta las de tu último móvil, están custodiadas en un servicio de un conocido proveedor.

Actualizas las redes sociales y te das de alta en una plataforma de vídeo bajo demanda porque tu hijo lo pide desde hace tiempo. Lo haces con la tarjeta de crédito que custodia tu móvil, protegido por un patrón que solo tú puedes reproducir.

Tu familia confía en tu gestión digital, pero no conoce absolutamente nada de cómo lo haces: ni tus patrones, usuarios o contraseñas, y mucho menos, tus sistemas de doble factor de autenticación. Aspectos muy relevantes de tu vida y de los tuyos que dependen exclusivamente de ti. ¿Qué pasa si faltas mañana?

Recientemente, el Centro Nacional de Asuntos del Consumidor de Japón ha recomendado a los ciudadanos que comiencen a planificar su "fin de vida digital", ofreciendo ciertos consejos.

Primero, que los familiares sean capaces de desbloquear teléfonos y ordenadores en caso de emergencia o incapacidad. Además, mantener una lista de sitios donde se mantienen suscripciones, con sus identificaciones de usuario y contraseñas en un documento accesible. También comprobar si algunos servicios (como ya ocurre con algunos importantes proveedores) permiten designar a alguien para acceder a cuentas y dispositivos después del fallecimiento.

No se ofrecen estos consejos por capricho. Existe una creciente dificultad para resolver, e incluso descubrir, problemas de gastos continuos después del fallecimiento de una persona.

¿Cómo acceder a sus tarjetas, banco, suscripciones o sistema donde almacene documentación importante? Durante el duelo, puede comenzar además un periplo donde los seres queridos deben enfrentarse a sistemas, entidades o corporaciones a las que tienen que demostrar que son la persona a la que confiar ahora los datos "de un tercero". Y esto no siempre es posible.

Este llamamiento en Japón debe hacernos reflexionar. En primer lugar, sobre esa ficticia separación entre el mundo físico y digital. No existe. La vida cotidiana no se entiende ya sin transacciones económicas o emocionales a través de la red, y su impacto es el mismo que en la vida física. Una firma, los documentos de trabajo, una transferencia, los contratos de servicios, un álbum de fotografías familiares en la nubeno hay diferencia. 

Además, lógicamente en el caso de documentación o interacción digital, todas ellas están protegidas por contraseñas u otros sistemas de acceso que muy probablemente solo se encuentran en la cabeza (o en el móvil, en el caso de los segundos factores) de quien los utiliza. ¿Cómo resolvemos esto? Como indica el gobierno nipón, es necesario una planificación, alguien en el que delegar.

Pero esto a su vez abre otra cuestión importante. Sabemos el qué, pero no el cómo. ¿Es seguro compartir la contraseña con un ser querido? ¿Es mejor apuntarlo todo en un papel?

No se trata de ser agoreros sino prácticos. Estas reflexiones nos ayudan a planificar mejor nuestra ciberseguridad. Pensemos en qué ocurriría si, ahora mismo, nuestro ordenador personal no encendiese nunca más y su disco duro se rompiese. ¿Qué echaríamos de menos realmente? ¿Sería muy costosa, en tiempo o dinero, la recuperación del trabajo y los recuerdos almacenados? Igualmente debemos plantearnos qué pasa si es la propia persona quien desaparece. De la misma forma que debemos disponer de un plan de respaldo del dato, esto nos debe animar a replantear a su vez un plan de ciberseguridad adecuado ante una desgracia mayor.

No existen soluciones mágicas, pero algo muy sencillo puede ser reflejar todos los datos y suscripciones relevantes escritos en un documento, que debería cifrarse con una contraseña y, a su vez, almacenarlo en una memoria USB. Tanto el dispositivo como la contraseña de descifrado del documento se puede entregar a la persona de confianza, que debe custodiarlo con cautela.

Al igual que se asocia la madurez psicológica con la conciencia de la propia mortalidad, el considerar como inevitable el desastre en ciberseguridad es una muestra de madurez digital. Nos ayuda a valorar más lo que gestionamos, nuestras posesiones y a plantearnos, además, cómo lo utilizamos realmente y qué representa para nosotros.   Porque nuestra vida digital es igual a la física, no hay razón para no anticipar de igual manera imprevistos o accidentes que, a la larga, estamos seguros de que van a ocurrir.