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Las claves

A sus 60 años, Juan Rodríguez tiene 'rollazo'. Pantalones bombachos, sandalias, pendientes de aro y pañuelo en la cabeza. Parece un pirata de aire hippie que hubiera atracado con su barco en Sacaba. Pero realmente lo que le trajo a Málaga fueron una furgoneta y un alma aventurera.

Valenciano de nacimiento, llegó en 2018 y se enamoró perdidamente del alma de la ciudad, esa que ahora está siendo testigo de uno de los episodios más delicados de su vida: la llegada de una leucemia que se va complicando con el paso de los días desde hace un año.

Sus vecinos del asentamiento de Sacaba le tienen mucho cariño y muchos aseguran que es una de las mejores personas que hay entre sus furgonetas y caravanas. "Su historia es única", dice uno de ellos en una semana clave después de que el Ayuntamiento les diera un ultimátum.

El objetivo es que abandonen la zona del Camino de la Térmica e impedir el acceso rodado a la parcela privada por "los problemas de salubridad y convivencia" derivados de la concentración de estos vehículos.

Juan salió con apenas 17 años de Valencia para recorrer el mundo y desde entonces no ha parado de viajar. Su parada en Málaga llegó en mitad de una vuelta a España en furgoneta. Su intención era seguir hasta Almería o Granada, pero al aparcar se le pinchó una rueda.

Un mes después, justo cuando iba a marcharse, volvió a pincharse la misma rueda. "Pensé que la furgoneta me estaba diciendo que tenía que quedarme. Y le hice caso", confiesa Rodríguez, que asegura que si algo ha sido un imán para él esa ha sido la gente de Málaga. "Sois maravillosos", expresa.

En marzo del año pasado la vida de Juan cambió. Es muy deportista y salía en bicicleta con regularidad, llegando a hacer 12 o 15 kilómetros para ir a comprar o hacer recados, pero un martes, recuerda el día exacto, comenzó a preocuparse porque se ahogaba demasiado. "Y con ese gesto me diagnosticaron leucemia directamente. Que tenía cáncer y ya está", sostiene, con una relajación que abruma.

Los oncólogos le trataban la enfermedad, según su propio relato, hasta hace un par de semanas, con inyecciones subcutáneas. "Parecía que la leucemia era, digamos, leve", recuerda. Pero la realidad es que su cuerpo ha dejado de responder al tratamiento. Le dieron la noticia hace apenas unos días.

El trasplante de médula que debía programarse para las próximas semanas ha quedado ahora mismo descartado. Los médicos le han comunicado que antes es necesario estabilizarlo con una quimioterapia más agresiva, que requiere ingreso hospitalario. "En teoría hay que ir a tope. Yo ahora tendría que estar ya ingresado y en aislamiento, con mascarilla, pero aquí estoy", explica.

Solo después de esa fase, y si su estado lo permite, podrá volver a plantearse el trasplante. Un procedimiento que además exige contar con alguien que pueda cuidarle durante la recuperación (no tiene familia) y con un hogar donde alojarse, algo con lo que él tampoco cuenta realmente. "Yo tengo por mi enfermedad prohibido vivir aquí en una caravana. No debería darme el sol ni nada, pero estoy aquí y agradecido a mi cuerpo que con todo lo que ha sufrido, el tío es un campeón; los médicos flipan viendo mi nivel de neutrófilos, casi a cero... Y estoy aquí", explica.

Ha acudido a los servicios sociales para intentar resolver la situación en la que se encuentra. Por el momento, no ha recibido una solución. "Me han dicho dos palmaditas en la espalda. Les ha faltado decirme... Tete: disfruta lo que te queda y ya", resume, sin perder la sonrisa en la voz. Es impresionantemente positivo. A límites desmesurados. Está preparado para morirse, lo dice claro. Pero también espera esa sinceridad por parte de los facultativos.

"Prefiero morirme así que cuando ya se me caiga la baba y no sepa quién soy. Prefiero morir a las siete dándome un festín que a las siete y veinte con arroz blanco y pollo si ya no hay más que hacer. Hay veces que el pollo tiene tan mala cara en el hospital que dan ganas de ponerle la vía a él", confiesa entre risas.

Su día a día en Sacaba transcurre lentamente con sus vecinos. "Llega un momento en que tu vida se basa en esperar y más en esta situación", relata. "Esperar a la próxima revisión, esperar a los próximos análisis, esperar a los resultados. Por lo demás, es ir a comprar, como todo el mundo".

La enfermedad le ha ido quitando movilidad. "También mi vida es cansarme. Puedo andar hasta cierto punto, pero a partir de ahí la energía desaparece. Sobre todo las piernas, un dolor tremendo". De momento, el dolor lo mantiene a raya con Nolotil. "Viva San Nolotil", bromea.

Mira a su alrededor y observa a colectivos peleando por que se queden en Sacaba con cánticos como: "Sacaba se queda". Cree que no sirve de nada ese tipo de reivindicaciones, sino sentarse con los políticos a plantear cosas. "Y lo sé de primera mano", sostiene. Se ha dedicado a la política durante una parte de su vida. Fue uno de los fundadores de las juventudes socialistas en Catarroja, uno de los pueblos más afectados por la DANA. "¡Aunque ahora sea así, yo he sido de llevar trajes y he dado conferencias! Casi ni me reconozco", dice, mientras muestra una foto de aquella época.

Cuando se le pregunta a qué ha dedicado su vida profesional, ríe. "La pregunta sería en qué no he trabajado", asevera. Ha llegado a trabajar incluso en medios de comunicación como la Cadena Ser o incluso en el Canal Reus, la televisión local catalana que Andreu Buenafuente ayudó a fundar en 1998 junto a otros 12 socios. "Aunque te pueda parecer surrealista, trabajé con él un tiempo en Cataluña", relata.

Ahora ha recibido la incapacidad y tiene la discapacidad del 65% y, insiste, se dedica a esperar y a ver venir qué le tiene la vida preparado. No le da miedo la situación con el asentamiento, ni mucho menos la muerte.

Hace años sufrió apnea del sueño. Por las noches se le echaba la lengua hacia atrás y se asfixiaba. En uno de esos episodios, murió por unos minutos. "No vi la luz al final del túnel. Fue otra historia. Al principio fue eso de que te ves el cuerpo desde fuera y tal. Y luego volví. Pero ya sé lo que hay detrás, por lo que me da igual".

Y por eso, dice, la leucemia no le asusta. "No hay miedo, no hay... que va, para nada. Incluso te diría que hay veces, solamente me entenderá la gente que lo ha pasado, que no es que lo espere. Pero que tampoco es algo que me preocupe". "He aprendido a no esperar nada", añade. "Me evita muchos disgustos".

Habla del asentamiento como una comunidad hecha de gente corriente. "Aquí hemos tenido psicólogos, aquí hemos tenido policía viviendo también. No es que seamos pobrecitos, hay gente de todo estilo de vida".

Sabe que su situación es más grave que la de la mayoría de sus vecinos, y eso le pesa por ellos más que por él mismo, reconoce que aunque suena dolorosa, hay gente en Sacaba que no tiene absolutamente nada. "La suerte que yo no tenga, que la tengan los demás", dice. "A mí me encantaría que se solucionara esto, no ya por mí, porque yo más o menos ya sabemos de qué va el rollo. Pero para que la gente pueda vivir aquí, puedan ir a trabajar".

Denuncia el prejuicio que rodea a quienes viven sobre ruedas. "Hay muchísima gente que está trabajando, que literalmente le han echado sus caseros de las viviendas porque no pueden pagar el alquiler", explica. Insiste en que vivir en una autocaravana no es sencillo ni barato. "No es tan fácil como parece. Hay muchas cosas que tienes que tener en cuenta: la limpieza de las aguas sucias, mucho gasto detrás de todo esto. Pero parece que está estigmatizado este tema".

"Hay personas normales, comunes y corrientes, cada una con su historia, que simplemente son víctimas del problema de la vivienda", zanja. Mientras sigue esperando sobre qué acaba ocurriendo con ellos y, sobre todo, con su enfermedad, aboga por llamar a la positividad citando a Van de Gaal: "¡Siempre positivo, nunca negativo!".