En Los Asperones, las calles se cuentan con los dedos de las manos. José Francisco Gómez Heredia vive en la última. Para llegar al colegio María de la O, donde estudió, tiene que subir cada mañana toda la avenida principal del barrio, esa que tantas veces recorrió con su mochila a cuestas.
En la fachada del centro se observa un gran mural de estrellas que recuerdan a todos los graduados de esta barriada, la más humilde de Málaga.
En 2022, justo en este punto, la Universidad de Málaga, que cumplía ese año su cincuenta aniversario, lo homenajeó por ser el primer joven de Los Asperones en sacarse una carrera universitaria. El mural de estrellas de color rojo, correspondientes al graduado escolar, se coronó con una dorada tras su paso por la Universidad de Málaga.
Aquel día, dice, se sintió como "Messi o Cristiano Ronaldo". "Jamás pensé que me fueran a formar la que me formaron", dice, humilde, recordando aquella jornada en la que, conforme se iba acercando al centro, comenzó a ver una nube de cámaras y periodistas.
El recuerdo llega acompañado de una incomodidad que tardó en ordenar en su cabeza. Aquel acto, sostiene, dejó en segundo plano a las cuarenta o cincuenta personas del barrio que ese mismo curso habían terminado la ESO.
Entre ellas, cuenta, había madres de cuarenta y cincuenta años que se sacaron el graduado mientras criaban a sus hijos y trabajaban como limpiadoras. "Si lo mío es un hito, lo del resto también lo es; eso siempre quiero dejarlo claro; me dolió, porque yo no quería ser el protagonista", afirma.
Cuando tiempo después buscó su nombre en internet, todo giraba alrededor de él. "Apenas se mencionaba al resto, algo injusto; no responsabilizo a los medios, pero me dejó una sensación agridulce", lamenta.
Su abuelo
José Francisco nació en Los Asperones en 1995. Es el mediano de tres hermanos y el único varón. Cursó infantil en el María de la O, el colegio del barrio, con un alumnado, cuenta, "cien por cien gitano".
Para Primaria pasó al Luis Braille, un centro al que, con una sonrisa, llama "colegio de payos". "Para mí fue un choque muy fuerte. Un cambio brusco. Los primeros días me inventaba que tenía dolor de barriga para no ir, me acababa peleando con otros niños...", recuerda.
El giro más inesperado de su vida lo provocó su abuelo. El hombre no sabía leer. Le encantaban las historias y los mundos fantásticos, aspectos que disfrutaba en las películas que devoraba sin poder pasar nunca por los libros.
Estando ya enfermo, le entregó a su nieto una novela que había encontrado tirada en la calle para que practicara la lectura. José Francisco asegura que aquel fue uno de los momentos que marcaron su infancia.
Su abuelo murió cuando él era pequeño. "Aquel recuerdo fue algo muy nuestro", recuerda. Es inevitable preguntar si recuerda cuál fue aquel primer libro: "El zorro, de Isabel Allende. Un buen tocho. Precisamente no era nada de dibujitos", dice José Francisco, que es la alegría hecha persona. No se le borra la sonrisa de la cara cuando habla de su familia.
A partir de aquella anécdota, dice, enganchó con el colegio. Hubo profesores que, en lugar de castigar su carácter nervioso, supieron orientarlo. Una maestra, María Luisa, lo sentaba junto a los alumnos recién llegados que aún no hablaban español para que les enseñara a dividir. "Era muy lista. Ella sabía que si hacía eso, al final tenía que aprender a dividir, aunque fuera por vergüenza. Solo no lo hacía", relata.
La ESO la cursó en el instituto Sagrado Corazón de Carranque, donde se sentía, explica, "muy cuidado". "Era muy pequeñito, yo estaba muy cómodo", añade. El salto al Bachillerato, en un centro mucho mayor, el Politécnico Jesús Marín, lo descolocó. Dejó de ir a clase durante el primer curso y lo suspendió todo. "Me iba de mi casa, y me paseaba de un lado para otro, me iba al Eroski...", recuerda. Su madre lo descubrió al final del año y no concebía quedarse de brazos cruzados.
Para hacerle espabilar, aquel verano lo mandó a echar una mano en el puesto del Mercado Central, donde trabaja la familia. La experiencia, cuenta, le devolvió las ganas de estudiar. Volvió a bachillerato y repitió. En el segundo intento, su pareja de entonces le pasaba apuntes y se sentaba a estudiar con él. "El amor me ayudó, lo reconozco", confiesa entre risas.
El último curso se le resistieron lengua e inglés. El profesor de inglés le puso un 4,9 y no quiso aprobarlo. Su madre acudió a hablar con él, y el docente le respondió que aprobaría en septiembre, que quería que se lo trabajara.
Ahí reaparece Manuel, el educador del barrio al que José Francisco describe como el "solucionador de problemas" de los niños del barrio. Le consiguió una academia de inglés para todo el verano. Aprobó.
Sin intención de presentarse a selectividad ese septiembre, José Francisco siguió el consejo de Manuel y miró los ciclos formativos de grado superior. Le llamaron la atención dos nombres: integración social y animación sociocultural. A finales de octubre, casi por descarte, lo admitieron en el segundo.
José y Manu.
Fue en ese ciclo donde encontró su vocación. Las prácticas lo llevaron a intervenir en colegios y barrios, incluido el suyo y su antiguo María de la O. "Ahí fue donde me di cuenta de que quería ser educador; me enamoré", afirma.
El camino hasta el título fue largo. Empezó en la UNED, que compaginaba con el trabajo en hostelería y en un supermercado, sin nadie que le explicara la materia. Reunió créditos durante dos cursos y pidió el traslado de expediente a la Universidad de Málaga.
Allí cursó primero y segundo a la vez gracias a las convalidaciones y terminó Educación Social. Tardó cinco años. De haber empezado en la UMA desde el principio, calcula, lo habría hecho en cuatro. "Pero lo importante es que lo logré", matiza.
Educador en un piso
Es interesante escucharle hablar de cómo ha sido el camino hasta convertirse en el educador social que es ahora. Nadie le ha regalado nada.
Antes de ejercer como educador social trabajó de animador sociocultural en un albergue de Mijas. Nada más graduarse se marchó a Perú como cooperante con una beca de la UMA. Después se sacó un máster en Formación del Profesorado y diversos programas y cursos. El joven no ha parado ni un segundo.
Una oferta de Cruz Roja que echó "por echar" cambió su rumbo. "Creo que en mi vida todo ha ido pasando por algo", asevera. De todos los aspirantes, solo él y una compañera del máster superaron todas las fases. Casualmente, la persona que lo entrevistó pasó a coordinar en Los Asperones un proyecto de la Junta de Andalucía en zonas desfavorecidas.
Poco después de la entrevista, aquella coordinadora iba en coche y vio el rostro de José en un anuncio del Ayuntamiento sobre la oferta formativa de la ciudad pegado en una marquesina, y lo llamó sorprendida. "¿Pero tú quién eres, chiquillo?", le dijo, anonadada por verle en el anuncio.
José Francisco no le había contado en la entrevista que era de Los Asperones. "Yo no soy nadie", le respondió entre risas. Así comenzó un período de siete meses de prácticas hasta convertirse en el educador que es en la actualidad.
Hoy es el técnico referente de un piso de alta intensidad, una vivienda para jóvenes que cumplen dieciocho años y salen de los centros de menores. Pueden permanecer hasta un año, con prórroga. El recurso está orientado, principalmente, a la introducción al empleo.
Con los chicos firma un pacto de ahorro y trabaja habilidades sociales, cocina y hasta limpieza. En el piso donde trabaja conviven jóvenes de diferentes nacionalidades: marroquíes, senegaleses... "Y hasta un gitano de mi barrio", relata.
En esta faceta, dice, es "muy cañero". Quiere que los jóvenes salgan al mundo bien formados para buscarse la vida. Para hablar de ellos, rechaza la etiqueta de personas vulnerables. Muchos de los jóvenes que pasan por el piso, explica, cruzaron el desierto, pasaron por cárceles en Libia y llegaron en patera tras perder a compañeros en el mar. "Han vivido más rápido de lo que estaría estipulado por edad", sostiene. Para él son "la gente menos vulnerable que hay".
Su barrio
José Francisco habla de Los Asperones con una mezcla de orgullo y crítica. Señala los avances. De una sola nómina en todo el barrio, recuerda que le contó Pachi, otra de sus figuras de referencia en Los Asperones, se ha pasado a decenas de vecinos trabajando. Hay cada vez más graduados y él ya no es el único con un título superior como una FP o una carrera.
La discriminación, sostiene, sigue siendo real. Cuenta que ha ayudado a vecinos y a sus propias hermanas a borrar la dirección del currículum, porque una calle de Los Asperones basta para que descarten la candidatura, aunque explica y aprovecha para recomendar a los lectores que ya las empresas no tienen por qué saber dónde vives. No es necesario poner tu dirección.
Igualmente, explica que en las plataformas de venta de segunda mano muchos vecinos escribenn el nombre de Soliva o El Cónsul para poder cerrar el trato. También hay restaurantes cuyo reparto no llega a esa zona.
Su relato deriva hacia el problema de la vivienda. José Francisco es otro de los jóvenes indignados con la situación. "Como a muchos otros, me han dicho que había que estudiar, que había que hacer esto y lo otro y lo he hecho todo y no tengo casa", afirma. Lleva tiempo solicitando vivienda de protección oficial. "No se entiende que una VPO salga por 350.000 euros y te pidan 40.000 de entrada", critica. Hace poco volvió a casa de sus padres tras seis meses compartiendo piso por 400 euros al mes.
Sobre el futuro de su barrio... se muestra inquieto. Teme una reubicación. Recomienda el documental Triana pura y pura, sobre cómo la gentrificación expulsó a los gitanos de aquel barrio sevillano en los años setenta y ochenta. "Van a hacer un nuevo gueto a las afueras", vaticina. Recuerda que un primo suyo vivía en su momento donde hoy se levantan edificios de lujo en la zona de Sacaba, la ahora llamada "milla de oro de Málaga".
Al cierre de la conversación se le pregunta qué le diría al José Francisco que pasaba el día jugando a la consola cuando su educador Manu entró por primera vez en su vida "para revolucionarla". "Aquel chaval no se lo creería. Cuando se sacó el bachillerato no pensaba que llegaría más lejos... ni cuando hizo la carrera", dice.
Está a gusto donde está. Su ambición, sostiene, ya no es tanto profesional. Quiere crecer en otra dirección. "Quiero de verdad que la gente gitana me vea como una persona de respeto y estar para todos ellos cuando lo necesiten", concluye.
