Existe un hábito recurrente en el cine de superhéroes de los últimos años: la de legitimar su condición mediante una gravedad impostada, como si el cómic necesitara maquillarse de vacía solemnidad para ser tomado en serio. Spider-Man: Brand New Day se rebela contra esa tendencia con una lucidez admirable.
Destin Daniel Cretton comprende que la fidelidad a un personaje (o a un formato) no consiste en despojarlo de su naturaleza, sino en sublimarla a través del lenguaje cinematográfico. Y ese es, precisamente, el triunfo de la película.
Lejos de la oscuridad enfática, fría y deshumanizada que definió las aproximaciones de Zack Snyder y Christopher Nolan al imaginario superheroico, y a una distancia igualmente saludable de la hipertrofia narrativa provocada por la obsesión con los multiversos que ha colonizado los universos cinematográficos de Marvel y DC durante los últimos años, Brand New Day reivindica una idea tan sencilla como olvidada: el superhéroe puede ser honestamente humano sin renunciar a su condición de mito popular.
La película recupera el sentido de la aventura como motor dramático. Su puesta en escena es colorida -sin abrazar la exuberancia cromática de Superman de James Gunn-, desinhibida y orgullosa de su herencia gráfica.
Cada composición parece dialogar con la sintaxis de la viñeta, no desde la cita complaciente, más bien desde una auténtica comprensión de su lenguaje. El resultado es una obra que nos recuerda, sin complejos ni filtros, por qué el noveno arte constituye uno de los grandes imaginarios culturales de nuestro tiempo.
Especialmente inspirada resulta la elección de los villanos: presencias dramáticas que interpelan directamente la identidad del héroe. En ellos reside una concepción profundamente comiquera del conflicto: la confrontación no nace de la grandilocuencia, lo hace del contraste entre ideales, miedos y responsabilidades. Es una traslación modélica de lo que significa un cómic cuando encuentra en el cine un medio dispuesto a comprenderlo, y no a domesticarlo desde el complejo y la inseguridad.
El relato exhibe un pulso narrativo ejemplar. Sabe acelerar cuando la acción reclama vértigo, pero posee la inteligencia de demorarse allí donde la emoción exige respirar. Nunca confunde intensidad con estridencia ni espectacularidad con ruido. Sobre esa arquitectura dramática se eleva la partitura del siempre eficiente Michael Giacchino.
Spider-Man: Brand New Day no necesita disfrazarse de lo que no es para demostrar su madurez. Su grandeza radica, precisamente, en comprender que el respeto por la fuente de la que bebe constituye la forma más elevada de ambición artística. Al abrazar sin reservas la esencia del cómic, la película termina recordándonos que pocas experiencias cinematográficas resultan tan genuinas como aquellas que consiguen dar movimiento a una viñeta.
