El Teatro del Soho Caixabank despliega la alfombra roja a Lluís Homar el próximo 15 y 16 de mayo para protagonizar Memorias de Adriano, una versión teatral de la novela homónima de Marguerite Yourcenar. Bajo la batuta de Beatriz Jaén y con dramaturgia de Brenda Escobedo, la obra sumerge al público en el testimonio en primera persona de un mandatario tan sabio como contradictorio: el emperador Adriano.
La adaptación ha sido nominada recientemente a tres premios Talía por mejor espectáculo de texto y mejor actor protagonista para Lluís Homar, con quien hablamos para descubrir los entresijos y el significado de la obra de un hombre que dialoga con su historia y, a la vez, libera lo mejor y peor de sí mismo.
La obra se desdibuja en los límites entre el líder y el actor. ¿Cómo ha trabajado esa “ficción del poder” para mostrar la figura de un Adriano sabio y lleno de contradicciones?
Lo importante siempre es que sean grandes personajes, y Adriano lo es por muchísimas cosas; fue uno de los cinco “emperadores buenos”. Acercarse a él desde un punto de vista político es muy apetecible por cómo está la política hoy en día. Siendo el primer mandatario del mundo, es fácil hacer paralelismos. Vemos a un hombre humanista, amante de las artes y de la igualdad, que quiere ciudades al servicio de los ciudadanos. Eso te hace seguir creyendo en la política, pero por otro lado te vas resquebrajando al ver el gran despropósito en el que estamos actualmente.
Ahí la obra se alimenta de la realidad. Hay un momento de simulacro donde yo, como emperador, cuento lo que me costó llegar al poder esos diez años febriles para luego hacer una especie de discurso de la nación.
En ese retrato de la ambición, ¿Dónde queda el hombre frente a la máquina del Estado?
Hay un momento en que digo: “Anhelaba Roma, el lugar donde se hacen y deshacen los negocios del mundo”. Es un ser ambicioso y narcisista, descaradamente. Se muestra esa etapa de diez para llegar al poder y el “juego sucio” que utilizó a través de sus asesores para eliminar a sus adversarios.
¿Es un retrato de España?
Más que poner nombres y apellidos, se trata de la dualidad del poder. Esa doble cara que permite hacer las cosas bien, pero que también genera un apego al mando.
Pero también está la parte humana y su historia de amor con Antínoo, basada en la obra de Marguerite Yourcenar. Es una historia de amor con un inicio hermoso, pero el emperador se cansa o siente la imposibilidad de entregarse de lleno a otra persona por su deseo de no depender de nadie. Esa incapacidad de dejar el personaje para ser una persona que se entrega le lleva a manipular y maltratar a su amante, lo cual será su gran error y tendrá un desenlace fatal.
¿Cómo se decide cuándo Adriano está siendo sincero con el público y cuándo está manipulando o construyendo un relato para proteger su legado?
Intentamos ser muy fieles al retrato que hace Yourcenar. Se hace evidente: cuando da el discurso político, estamos con él; cuando ama la belleza, los astros o el arte, también estamos con él. Pero en los momentos de ambición o en su incapacidad de entrega real a Antínoo, se le ve “el plumero”.
Es un espectáculo pensado para el gran público. La presencia de un bailarín maravilloso como Antínoo conecta de forma apabullante con el espectador. Además, la puesta en escena es moderna: ocurre en un Despacho Oval. Hay una traslación del mundo romano al contemporáneo con signos muy claros, y esa es una de las grandes virtudes de la obra.
Trasladar la densidad filosófica de una novela como la de Yourcenar a un lenguaje teatral requiere una adaptación importante…
Sí, pero ya lo hemos comprobado. Hemos colgado el cartel de “no hay localidades” en muchos sitios, incluido Mérida, y la reacción del público es increíble, con las plateas puestas en pie. El público disfruta mucho del texto, de la puesta en escena y del trabajo de los actores. La mezcla de estos ingredientes funciona de maravilla.
Adriano reflexiona sobre su vida a través de la memoria. ¿Qué aprende el espectador al escuchar las dudas de un líder que ha sido tan poderoso?
Lo que más me gusta es el arco del personaje. Empieza dos meses antes de su muerte, sabiendo que tiene una enfermedad de corazón y que morirá pronto. Dice: “He llegado a la edad en que la vida es una derrota aceptada”. Se siente decepcionado y enfadado.
Sin embargo, al zambullirse en su historia, pasa de buscar el suicidio a decir: “La experiencia me ha dado mucho... tratemos de entrar en la muerte con los ojos abiertos”. El aprendizaje es que, seas el número uno o el último de la fila, nadie es más que nadie. La vida consiste en soltar. Vivimos en una sociedad que cree haber vencido a la muerte, pero afortunadamente la vida es el gran maestro y nos pone en nuestro sitio. Ese es el espejo que nos ofrece este texto clásico, como lo hacen los grandes autores como Shakespeare.
¿Qué esperas del público malagueño y del Soho?
Espero siempre lo mejor. Es mi tercera vez en ese escenario, estuve con la Compañía Nacional de Teatro Clásico en 2021 y luego en 2023 dirigiendo la Joven Compañía estaba en el escenario. El teatro es maravilloso, ese teatro tiene alma; uno se siente en los camerinos, la relación entre el escenario y el público malagueño.
Y Antonio Banderas…
Antonio Banderas y Aurora Rosales son unos seres que desprenden amor y pasión por este oficio, y eso se nota en el resultado. Es un honor y un privilegio poder volver allí. Estoy con ganas de disfrutar con el público malagueño.
