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Las claves

Alba es española; Simone, francesa. Ambas se conocen en España estudiando Comunicación Audiovisual. Un día, Simone pide a Alba que se reúna con ella a toda prisa en Nador, Marruecos. Tiene que contarle algo importante. Una vez allí, Alba descubre que hay una vida en juego, la de la bebé de una adolescente marroquí y un joven maliense muerto en un salto a la valla de Melilla. Se enciende un dilema: ¿Es buena idea traerla a Europa o respetar la legalidad y condenar a la niña al fracaso?

Esta duda eterna envuelve Puro empeño, la nueva novela de María Iglesias, periodista reconocida con el XXV Premio de la Comunicación de la Asociación de la Prensa de Sevilla y especialmente sensible con los derechos humanos.

La obra es un alegato, ficcionado, de que los derechos de las personas están para respetarlos, una especialidad temática adquirida después de presenciar en la isla griega de Lesbos la llegada de personas migrantes que huían de Siria, Afganistán o Bangladesh.

La obra, publicada con editorial Edhasa, se presentará el próximo 6 de mayo a las 18:30 en el marco de la Feria del Libro de Málaga (Rectorado) y el 10 de mayo, en la de Jaén.

Conversamos con María Iglesias para reflexionar sobre un tema que está en el tablero de la política actual y para conocer cuándo se forjó esa mirada comprometida con las personas desplazadas.

¿Ha sido intencional publicar Puro empeño justo cuando más crispación política hay con las personas migrantes?

En realidad, esto comenzó en 2016, cuando visité la isla griega de Lesbos para cubrir la llegada de personas que huían de la guerra. Desde entonces hasta ahora, de una manera bastante natural por el impacto que tuvo en mí ver esas llegadas de personas, me he ido especializando en temas migratorios como periodista y escritora.

El granado de Lesbos y Horizonte ya abordaban esta temática, que se ha convertido en muy importante en mi vida profesional y personal. Esta, publicada en septiembre de 2025, ha dado la casualidad de nacer en un momento de auge del discurso de la ultraderecha en contra de los migrantes. La trama invita a lo contrario porque es un grupo de mujeres y hombres, europeos y africanos, que intentan lo mejor para una bebé, pero desde ideas distintas que chocan entre sí. Eso desafía al lector a la hora de tomar partido.

¿El periodismo tiene una parte de militancia en este caso?

El periodismo fuera de la democracia no existe. Eso no quiere decir que los periodistas no tengamos nuestras ideologías. Yo soy una persona de izquierdas abiertamente y el que lee mi periodismo y mi ficción, lo sabe; pero si fuera de derechas, me dolería que pensaran que no hay que apoyar los derechos humanos. Cuando vi esa crisis migratoria en Lesbos, pensé: “Si hay un Cristo, está aquí, con esta gente que sufre”. ¿Cómo nos vamos a posicionar en la violencia y en el rechazo?

¿Cómo acaban estas dos amigas en Marruecos?

Ambas desarrollan una amistad en su época universitaria, con sus idas y venidas, pero cuando tienen alrededor de treinta años, las dos acaban trabajando en el mundo del cine. La francesa llama a la española y le pide que vaya a Nador porque tiene algo muy delicado que contarle y no puede decirlo por teléfono. Cuando llega Alba a Nador, a un festival de cine, Simone la lleva a una zona más apartada, en un zoco, y un vendedor ambulante de frutas abre una cortinilla que tapa las ruedas y en vez de ver cajas de frutas, aparece un cestito con una bebé negra.

Simone es muy impulsiva. La española es más reflexiva, pero le agradece a veces su personalidad. Aun así, las dos se complementan.

Cuando he viajado a Marruecos, Senegal o Guinea me he ido quitando esas barreras mentales que tenemos construidas, conociendo a personas, hablando con ellas, por eso invito al lector a hacer esos viajes. Los esquemas que tenemos de África son una construcción social, algo que se ha formado para que no nos relacionemos. En el norte de Marruecos, la población conserva aún el idioma español y lo cuida como una riqueza, lo transmiten a sus hijos y lo inscriben en el Instituto Cervantes para que lo aprendan.

Desde tu experiencia, ¿qué es exactamente lo que impulsa a los migrantes a dar el paso de buscar un futuro alternativo?

Hay razones múltiples, infinitas, para migrar. Las que siempre se nos vienen a la cabeza son las de conflictos políticos, cuestiones de género o sexuales; pero lo que planteaba en mi novela anterior, Horizonte, es que tanto en la Declaración Universal de los Derechos Humanos, artículo 13, como en el sentido común, las personas tenemos el mismo derecho a viajar y desplazarnos.

Nosotros, los blancos, nos seguimos atribuyendo la capacidad de decidir quién sí y quién no. Mientras nosotros podemos viajar a Marruecos, Senegal o Guinea con total libertad, el sistema de visados para quienes desean venir desde allí está diseñado precisamente para denegarles la entrada.

En los medios mostramos las consecuencias, pero no las causas: hemos contribuido al esclavismo y al expolio en África. Eso lo causamos nosotros. Cuando firmamos el acuerdo pesquero UE-Marruecos, no lo hicimos con la Unión Africana, sino con un solo país.

El negocio de la sustracción de menores en Europa a veces pasa desapercibido…

Ha habido escándalos sistémicos, como en Suecia, que demuestran que muchas adopciones internacionales no han contado con las garantías debidas. Tuve una experiencia muy interesante en un club de lectura con la asociación “La voz de los adoptados”, donde personas adultas me planteaban una reflexión profunda: ¿por qué en el mundo siempre es el norte el que adopta al sur?

¿Por qué elegiste una estructura coral para contar esta historia?

Porque quería ofrecer un viaje a sitios donde no solemos ir por prejuicios, pero también porque me interesaba explorar la escala de grises. Como periodista y escritora que habla de derechos humanos, a menudo me dicen que todo es muy complejo. En ficción solemos ver grises que van de lo “malo” a lo “muy malo”, pero en mi experiencia, la mayoría de la gente intenta hacer las cosas bien desde puntos de vista distintos.

El título, Puro empeño, va por ahí: somos empeñados, tenemos impulso y compromiso, pero debemos entender que vivir es una lectura colectiva. Los europeos creemos que nuestra visión es la única aceptada; al viajar, te das cuenta de que podemos aprender mucho de las realidades africanas, como su valor comunitario o el trato a los mayores.

¿El lector tendrá una mirada más empática con los migrantes?

No quiero decir ni lo que espero ni lo que ellos tienen que sentir. Lo que sí quiero es ofrecer la oportunidad de viaje que yo misma he hecho porque no era experta en migraciones, escribía de todo; pero al tener esa experiencia en Lesbos, sentí esa empatía natural. No es una cuestión de militancia, yo disfruto escribiendo literatura y mi vida es mucho mejor, más plena y más disfrutona, desde que he tenido esta oportunidad de realizar estos viajes, sea profesionalmente o en familia. La vida es mejor que cuando te acomodas en el rencor y el odio.

¿Nos hace falta alfabetizarnos en derechos humanos?

Hay una asignatura pendiente. Si se asienta desde los primeros años de la vida de un niño, mejor que mejor, pero hay que replantearse algo que no hay que adscribir a lo ideológico. Tenemos que creernos de verdad los derechos humanos, que no figure solo en un papel, y que los derechos humanos o son para todos o no son para nadie.

Son una garantía para no acabar matándonos como en la Segunda Guerra Mundial. Establezcamos unas relaciones de mayor equidad.

En el caso de Trump, lo estamos viendo bastante claro, es tan brusco y violento, que no se actúa cuando viola el derecho internacional, como con la captura de Maduro. Si se quiere quedar con el campo de Gibraltar, ¿lo permitimos? También es una zona de paso clave.

Ahora en la campaña de las elecciones andaluzas, ¿ves que la cuestión de la inmigración se convierte en estrategia política?

La ultraderecha y el neofascismo generan un miedo que se infiltra en la sociedad, amedrentan a la gente para que votemos y luego nos quitan derechos. Los partidos políticos democráticos, sean de distinta ideología, y la sociedad civil, tenemos en común el apoyo a los valores de la convivencia; pero distinto son las mentiras del neofascismo. El Gobierno actual, formado por el PSOE y las fuerzas a su izquierda, y ojalá también el PP, deben tener claro que es mucho más importante generar esa convivencia para las generaciones que vienen.

He escuchado a Moreno Bonilla posicionarse taxativamente en defensa de los migrantes, como está haciendo ahora la Iglesia, pero eso no casa con estar abiertos a negociaciones con la ultraderecha. Se están apoyando medidas de esta “prioridad nacional” que genera rechazo a ciudadanos de pleno derecho. No tiene que haber una brecha entre derecha e izquierda.

¿Qué pasaría si se fueran los migrantes? ¿Qué sería del campo, de la hostelería, del comercio?

¿Hay una sensación de desarraigo en las ciudades en relación a lo que éramos antes?

El desarraigo lo veo más bien por el turismo y no por la inmigración. Los comercios quieren rotación rápida de turistas que se toman su tapa y van a ver los monumentos. El día que llega el crucero, no puedes ir a ningún lado porque está todo copado. ¡Eso sí que es una oleada y la ultraderecha no lo critica! Es todo muy intencionado; el inconveniente es el miedo que se siembra.