Málaga

Monika Zgustová huyó con su familia de la Checoslovaquia comunista (actualmente dividida en la República Checa y Eslovaquia) cuando era una niña. La escritora nacida en Praga vivió en sus propias carnes el dolor del exilio y posterior desarraigo en Estados Unidos donde su padre consiguió una plaza de profesor en la Universidad de Cornell. Aquella decisión le cambió la vida para siempre.

La periodista, afincada en Barcelona desde los años 80, ha amasado una brillante carrera como novelista y traductora. Sus relatos espléndidamente escritos están atravesados, como su propia vida, por la traumática experiencia de emigrar forzosamente. Lo cuenta en Las rosas de Stalin, un libro basado en la vida de la hija del dictador ruso, o en su nueva novela, Nos veíamos mejor en la oscuridad (Galaxia Gutenberg, 2022), donde habla de la compleja relación entre una madre y una hija tras huir de un país totalitario.  

La colaboradora habitual en El PaísWall Street Journal y The Nation charlará sobre exilios y fronteras en la otra Europa este jueves en el centro cultural La Malagueta. Lo hará acompañada del poeta, músico y gestor cultural Alfredo Taján, con quien conversará largo y tendido sobre el siglo XX europeo y sus grandes olas de exiliados.

La novelista y traductora. Antoni Sella

Visita La Malagueta para hablar en un ciclo titulado muy acertadamente El mundo en llamas. ¿Qué postura hay que tomar ante una sociedad en crisis: pandémica, de valores, económica?

Todo esto se preparó bastante antes de que estallara la guerra en Ucrania. ¿Es un título profético, verdad? Hay crisis en todos los sentidos y en todos los continentes. Ahora mismo la atención mundial está acaparada por Ucrania, el problema más grave de todos y que puede cambiar muchísimas cosas. China está mirando a ver qué puede sacar de todo esto y Europa está temblando. Muchas personas sentimos muchísima pena por lo que está pasando. Es humillante que un hombre déspota como Putin nos tenga de rodillas a todos. 

La escritora y periodista Olga Merino me habló del presidente ruso como "un líder ultranacionalista muy peligroso". ¿Usted cómo lo definiría?

Es una persona vinculada a la extrema derecha, ultranacionalista y chovinista. Ya vemos que no cede ante ningún genocidio como el que está cometiendo en Ucrania. Está muy ligado a la Iglesia ortodoxa rusa y al mismo tiempo es un déspota. Cada vez hay menos voces disidentes en su país. Ya casi no quedan. Ha cerrado las radios, televisiones y diarios independientes, además de las redes sociales. Incluso hay controles por la calle donde la policía para a la gente y les pide su teléfono, y buscan qué clase de mensajes tienen en su móvil. Rusia vive en una dictadura orwelliana. Orwell es el único que ha sabido predecir una cosa tan brutal como la que está ocurriendo ahora en Rusia.

Putin ha cercenado por completo las voces disidentes. Recuerdo el sonado envenenamiento de Alekséi Navalni, figura de la oposición rusa y activista anticorrupción. ¿Qué le parece que los periodistas allí se enfrenten a penas de cárcel por informar? 

Esto es propio de los países totalitarios. Mis padres precisamente huyeron de Praga cuando los rusos establecieron allí un régimen absolutamente totalitario y neoestalinista. Ellos se vieron obligados a marcharse con mi hermano y conmigo. De pequeña viví lo que es el totalitarismo hasta sus últimas consecuencias: el miedo en la gente, el tener que controlar cada cosa que dices. En estos regímenes, los periodistas son los primeros en ser perseguidos y acaban siendo víctimas de penas de cárcel. Las cárceles rusas ya están muy llenas: han cogido a 13.000 personas desde el inicio de la guerra contra Ucrania. Ya sabemos que el país sigue teniendo el gulag. Nunca se acabó. Esto sigue en pie. Algunos como Navalni o las chicas de Pussy Riot se han visto obligados a hacer trabajos forzados en especies de campos de concentración. 

Ha publicado un perfil sobre Putin en El País donde decía que "ha convertido su patria en un país de miedo y terror". ¿Rusia está abocada al desastre?

Estados Unidos no supo integrar Rusia en el conjunto de países de occidente. El presidente de entonces, Borís Yeltsin, lo pedía, pero se reían de él. Aquí tenemos el resultado. Ese fue nuestro error. No se puede decir que esta guerra tan grave sea culpa nuestra. Esto es culpa únicamente de Putin. No obstante, nosotros deberíamos haber hecho las cosas de otra manera, sobre todo Estados Unidos. 

Otra foto de la escritora checa afincada en Barcelona. I. Montero Peláez

Algunas oenegés cifran en cuatro millones el número de personas desplazadas a causa de la invasión. ¿Cómo lo siente usted, que ha vivido en sus propias carnes el exilio tras marcharse con la familia de su Praga natal?

Tengo los nervios a flor de piel. A mí también me despertó el ruido infernal de los tanques un día. No entendía nada. Vi que eran tanques soviéticos porque llevaban la estrella roja. Durante la ocupación mataron a cientos de personas checas, entre ellas a un compañero mío de clase. Es un recuerdo terriblemente doloroso para mí. Por este motivo mis padres tuvieron que irse al exilio como estos refugiados ucranianos. Esperaron unos años porque no querían irse de su propio país. No era posible vivir allí porque sin libertad mi padre no podía trabajar (era profesor universitario). 

Precisamente la protagonista de su nueva novela, Nos veíamos mejor en la oscuridad, cuenta que su padre le confesó que "emigrar de un régimen totalitario a una democracia había sido la mejor y la más difícil decisión de su vida". ¿De no haberla tomado, su vida sería bien diferente, no?

Sí, claro. A veces me imagino cómo hubiera sido mi vida y probablemente me hubiese hecho disidente. No me puedo imaginar en absoluto llevar una vida normal sin libertad. Estoy muy agradecida a mis padres por haber tomado la decisión de irse a otro país. Para alguien con una edad algo avanzada resulta muy difícil porque tienes que aprender una nueva lengua y una nueva cultura. No siempre te acogen con los brazos abiertos porque piensan que les estás quitando su trabajo. Además, muchas veces no te entienden tu manera de hablar o tu sentido el humor, o tus vivencias dolorosas porque en muchos países no las ha habido o habida otras. Nosotros huíamos del totalitarismo comunismo y para mucha gente el comunismo representaba un ideal de bondad. La incomprensión es una de las cosas más difíciles de digerir para un inmigrante. Te vas de tu país sin dinero y sin nada. Mis padres, mi hermano y yo nos fuimos con una sola maleta. En ese momento, emigrar estaba prohibido bajo pena de cárcel muy alta. Empiezas de cero y en todos los casos, el exilio es algo muy doloroso porque has dejado atrás tu cultura, tus amigos y tu familia. Yo no volví a ver a mis abuelos nunca más después de exiliarnos. El exilio es una experiencia absolutamente traumática. En mis libros sigo escribiendo sobre esto. De alguna manera, el exilio y la situación del exiliado en el país de acogida siempre está presente en mis libros porque de esta manera me saco de dentro el trauma. 

En su último libro afirma que se siente "forastera en todas partes: en Chicago, en Barcelona y en Praga". "Pero a la vez tengo la sensación de que podría vivir en cualquier país del mundo occidental y sentirme en casa", asegura. ¿Cómo fue ese proceso: desde que se marchó de su terruño hasta que llegó a creer que puede vivir donde sea?

Cuando te vas de tu tierra sientes un desarraigo tan absoluto que eres extranjera en todas partes. Incluso te sientes una extranjera en tu tierra porque durante tu ausencia el país ha cambiado. Tú ya no lo reconoces y ya no es tu país exactamente. En el fondo puedes vivir en cualquier lugar, pero vas a sentir siempre ese desarraigo. También depende de la mirada de cada uno. Yo me despierto cada día con optimismo. Otra gente, sin embargo, siente una enorme tristeza al estar fuera de su país. He preferido pensar que en el fondo puedo vivir en todas partes, aunque no me sienta del todo en casa. Nunca entiendes todas las palabras que te dicen en un idioma que no es el tuyo, ni los matices del comportamiento de la gente que te rodea o el humor. Muchas veces te sientes perdida. La experiencia es muy dura. Muchos buscan refugio en guetos como los chinos o los rusos en distintas ciudades. Cuando me voy a otro país me gusta frecuentar compañías autóctonas y aprender su cultura, y también echar raíces aunque no sean muy profundas. 

Usted ha sido muy crítica con la política europea de refugiados. ¿Está actuando Europa de forma hipócrita al acoger a desplazados ucranianos e ignorar a los del continente africano?

Cualquier inmigrante debería tener los mismos derechos. Por otra parte, es comprensible porque tenemos la sensación de que los ucranianos son nuestros vecinos. Es como si te dicen que tus vecinos de bloque están sufriendo y puedes acogerlos a ellos o a unos africanos de un país que desconoces totalmente. Quieres ayudar a tus vecinos. Desde el punto de vista humano deberíamos ser todos iguales. Al mismo tiempo, es absolutamente comprensible que ayudemos a nuestros vecinos, y sobre todo porque vemos que están en una situación terrible que nadie se esperaba. Todos estamos indignadísimos con Rusia porque está destruyéndolo todo: ciudades, edificios, personas. La destrucción por la destrucción. Lo menos que podemos hacer es ayudar a la gente que Putin está castigando durísimamente. 

¿Cree que acabará en una tercera guerra mundial?

No me extraña que muchos hablen de tercera guerra mundial. Fue Putin quien hizo una clarísima alusión a que él utilizaría el armamento nuclear si se diera una serie de circunstancias. Las bombas están cayendo en la misma frontera con la Unión Europea. La semana que viene hay una reunión de la OTAN y veremos qué decisión toman. Hay muchísima tensión. No pienso mucho en estas posibilidades porque no gano nada. Me estoy concentrando en ver cuál es el comportamiento de la cúpula rusa de Putin y los suyos, a ver si realmente pueden perder esta guerra y su poco prestigio. Admiro mucho la lucha de los ucranianos por su libertad. Esto pasará a la historia: desde el presidente Zelenski hasta las chicas soldado. También pienso mucho en el valor que tuvo la periodista de Canal 1 de la televisión rusa al mostrar una pancarta enorme en un telediario en horario de máxima audiencia. Es una madre de dos hijos pequeños. Ya sabía que se la llevarían y la encarcelarían. Y sin embargo lo hizo. 

La escritora Ana Blandiana me aseguró que "Europa está inclinada a su suicidio porque ya no cree en sí misma, ni respeta sus valores". ¿Está de acuerdo?

Admiro mucho a Ana Blandiana. Es una gran poeta. No sé si lo dijo en un momento de gran agitación. El proyecto europeo es una de las mejores cosas que ha pasado en la historia reciente desde la Segunda Guerra Mundial. Es un proyecto maravilloso y complicado a la vez que va muy poco a poco. Ahora nos hemos unido muchísimo más a causa de la guerra en Ucrania. Nunca me he sentido tan europea como ahora. Tenemos valores europeos muy presentes en nuestro día a día como la libertad de expresión o la defensa de los derechos de las mujeres. 

Siempre ha estado en contacto con diferentes culturales antes de su marcha forzada a Estados Unidos. ¿Esto le ha hecho tener una mente más abierta?

Sí, absolutamente. Mi padre era un estudioso de la cultura de Mesopotamia. Por todas partes en casa teníamos libros sobre la antigua Mesopotamia y sobre los héroes sumerios. Mi madre estudiaba japonés y aprendí a escribirlo. Todas esas culturas distintas las tenía muy cerca en nuestro piso de Praga. Me movía entre distintas culturas ya desde muy pequeña. El cosmopolitismo es ya entero cuando emigramos a Estados Unidos. Siempre hablo de culturas mezcladas, de gente de distintos países. Me he nutrido de la cultura checa a la japonesa. Esto te predispone a conocer y explorar otras culturas. 

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