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Las claves

Como el carnavalero que cuenta los años por carnavales, o el cofrade por Semanas Santas, Pepe no medía la vida por los años que cumplía, sino por los barrancos que lograba completar. En su haber acumulaba descensos por media Europa —Suiza, los Dolomitas Italianos, Madeira o las Azores— sin olvidar los grandes escenarios locales como Cazorla y Sierra Nevada. Cada cauce completado era una línea más en una biografía redactada a base de cuerdas, paredes de roca y agua embravecida.

Lo llamaban Pepe "el Tritón", en un guiño al C.D. Tritones, el club malagueño al que pertenecía desde 2013, y a esas criaturas mitológicas, mitad hombres y mitad peces, que adoptaban el agua como su hogar natural. El apodo venía del club, pero el resto se lo ganó él a pulso: descolgándose por paredes verticales y sorteando pozas con una agilidad y un arte únicos, aun habiendo rebasado ya los 60 años.

Bajito, zalamero e incansable al volante de su furgoneta, recorrió miles de kilómetros persiguiendo la libertad, según cuentan sus amigos del club, que creen que fue esa palabra la que lo unió tanto a esta disciplina deportiva. Bembe, la responsable de comunicación del CD Tritones, se emociona recordándolo.

No entiende cómo alguien con tanta vida se les ha tenido que ir para siempre. El pasado sábado, 19 de septiembre, esas aguas vivas que tanto le gustaban se lo llevó para siempre en el barranco de Trevélez (en la Alpujarra de Granada). Era uno de los entornos que mejor conocía y que había recorrido en infinidad de ocasiones. "Pero a veces la vida es así", dice esta compañera.

El fatal desenlace ocurrió mientras practicaba rápel y cayó accidentalmente a una poza. A pesar de que el Centro Coordinador de Emergencias 112 Andalucía movilizó de inmediato a la Guardia Civil y a los servicios sanitarios, el complicado acceso a la zona exigió la intervención del Grupo de Rescate e Intervención en Montaña (GREIM) y de la Unidad Aérea. Los efectivos desplegados solo pudieron certificar su fallecimiento.

Pepe en acción. Cedida

La chispa que lo enganchó a la cumbre

Detrás de la tragedia queda el recuerdo de toda una vida ligada a la montaña. Su bautismo en el club fue una ruta de senderismo a los Lavaderos de la Reina, en Sierra Nevada. De aquel día se conserva una fotografía donde, según Bembe, "se le ve muy jovencillo", porque 13 años en el club han dado para mucho. Aquella excursión lo marcó para siempre. "Quedó enganchado; como pasa en la montaña, que te atrapa para siempre", rememora Bembe.

Del senderismo dio el salto natural a los cañones, el lugar donde realmente encontró su sitio. "Era un apasionado de los barrancos, no había nada en el mundo que disfrutara más", asegura Bembe, que insiste que "no había nadie contando chistes malos como él". "Si algo hay que resaltar de él es el gran sentido del humor que tenía, era muy positivo y era el rey de los chistes malos; diría que es lo que más le caracterizaba. Tenía una alegría contagiosa.", comenta.

Pepe, en aguas vivas. Cedida

La "cuadrilla" de los ocho

Aunque en el barranquismo es habitual compartir salidas con diferentes compañeros, Pepe tenía su grupo de siempre: una piña de 8 deportistas expertos con los que viajó por todo el continente, reuniéndose al menos una vez al año para planear alguna expedición. El día del accidente, la mayor parte de esa cuadrilla estaba con él en Trevélez. "Están absolutamente destrozados", explica.

Dentro del club, este grupo de reputados especialistas goza de un cariño muy especial. "Todo el mundo quiere hacer un barranco con ellos alguna vez porque saben muchísimo", explica Bembe. Acumulan tantas vivencias que basta nombrar cualquier cañón europeo para que recuerden de memoria cada detalle y rincón. "Tienen anécdotas en todos lados. Es un gustazo escucharles", explica.

Pepe, en uno de los descensos. Cedida

"Chiquito, pero matón"

Quienes compartieron cuerda con él coinciden en destacar su carácter vital. Bembe insiste en describirlo como un hombre "súper simpático, cariñoso con todo el mundo y eternamente positivo". Partida de risa reconoce que "le encantaban las mujeres". "Era el tío más feliz rodeado de mujeres, pero en el buen sentido. Te partías de risa con él", recuerda. Su sentido del humor era parte indispensable del equipaje en cada aventura.

Siempre han dicho desde su club que "era chiquito, pero matón". Albañil de profesión y vecino de un pueblo de Málaga, Pepe vivía solo y tenía un hijo treintañero residente en La Línea de la Concepción, con quien llegó a compartir algún descenso. Esa independencia familiar le convertía en un "alma libre". Le apasionaba coger su furgoneta sin importar la distancia para plantarse en Granada, Cazorla o donde hiciera falta con tal de volver a sentir la adrenalina que le daba la naturaleza.

Pepe, con algunas de las chicas de su grupo. Cedida

El barranco de Trevélez donde Pepe murió dista mucho de ser un recorrido recreativo, según los expertos. Es un descenso eminentemente técnico que exige una alta preparación física y dominar la lectura del río. Sus pozas, situadas al pie de cascadas de más de 10 metros, generan movimientos de agua peligrosos como rebufos o el "efecto lavadora".

Pepe y su grupo conocían este tramo a la perfección tras haberlo descendido en numerosas ocasiones y con distintos caudales. Por ello, en el club enfatizan el carácter estrictamente fortuito del suceso.

"Fue un accidente imprevisto. No ocurrió por falta de preparación, ni por desconocimiento, ni por inexperiencia", subraya Bembe, recordando que en la montaña los imprevistos pueden golpear incluso a los deportistas más veteranos y más preparados.

Sus compañeros de expedición vivieron la tragedia en primera persona. "Hicieron hasta lo imposible por sacarlo de allí, están completamente destrozados", lamenta la portavoz. Y es que en el barranquismo, la confianza mutua crea un vínculo casi sagrado: "Al final pones tu vida en manos de tus compañeros; el lazo que une a los barranquistas es indestructible".

En el C.D. Tritones queda el desconsuelo de la pérdida, pero también la certeza de haber compartido camino con un deportista ejemplar. En este sentido, Bembe concluye la entrevista con emoción: "No ha fallecido en una cama ni consumido por una enfermedad. Ha partido haciendo exactamente lo que más le apasionaba en la vida, y rodeado de la gente a la que más quería, ese es el único consuelo que nos queda".