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Las claves

Las mañanas de septiembre en Málaga son las favoritas de muchos playeros sin hijos o nietos pequeños a su cargo. Con los escolares ya en el aula, las playas se quedan más tranquilas y vacías, aunque los riesgos en el mar nunca desaparecen del todo.

Para eso están los equipos de socorristas, que hasta este mes velan intensamente por la seguridad de los malagueños que tratan de estrujar el verano hasta el último día.

El argentino Guillermo Lachica, de 71 años, que bien podría ser por edad de esos bañistas que arrancan sus días mirando al mar desde su silla de playa, acaba de cerrar temporada con la empresa Provita en la playa de Ferrara, en Torrox, este 13 de septiembre.

A su edad, es, sin duda, el socorrista más veterano de la Costa del Sol y se muestra orgulloso de ello.

Durante los últimos meses, cada mañana ha repetido la misma rutina antes de entrar a trabajar. El socorrista pedaleaba los 10 kilómetros que separan su casa, en Algarrobo-Costa, del litoral torroxeño, y una vez en la playa se cambiaba de ropa y nadaba entre 1.000 y 2.000 metros. "Eso siempre me carga las pilas", cuenta con una sonrisa Guillermo a EL ESPAÑOL de Málaga.

Guillermo mira al mar. EEM

Todo ese despliegue físico ocurría antes de las 11.30 horas, momento en el que arrancaba oficialmente su turno de nueve horas como socorrista del dispositivo organizado en la playa de Ferrara.

Mientras sus compañeros de puesto han sido chavales de veinte años que aprovechan el verano para sacarse un dinero para los estudios, Guillermo alcanzará los 72 en diciembre.

Su presencia en el puesto de salvamento no es un trato de favor por su experiencia. En la empresa, Guillermo debe superar cada temporada el mismo examen implacable que sus compañeros de veinte años.

"Ahí tienes que cumplir todas las pruebas de aptitud sin excepción: el nado a tiempo, la carrera a pie, la agilidad, la prueba teórica de RCP y los protocolos de salvamento para combinar con los sanitarios. Si pasas las pruebas, trabajas", aclara.

Y si se le menciona la jubilación, se le frunce el ceño. Se le cambia la cara. No está por la labor de entrar al club de los pensionistas. "Si algún día me jubilo, tendrá que ser forzosamente". "No necesitaría trabajar porque no tengo apuros económicos, lo hago por pura pasión, porque estoy entrenando permanentemente", explica.

Su oficina, dice, es el mar. "Trabajo en el sitio donde la gente viene a desconectar, a pasar sus vacaciones. Me pagan por algo que siento como mis vacaciones ¿No es un regalo?", pregunta con una sonrisa.

Un árbol genealógico que nació en la Axarquía

La historia de Guillermo con la provincia de Málaga es muy bonita, ya que supone un reencuentro con sus raíces. Su abuelo era granadino, nacido en Rubite, en la Alpujarra, y su abuela era malagueña. "Por mi sangre corre Andalucía", asegura.

A principios del siglo XX, la plaga de la filoxera devastó los viñedos andaluces y su familia emigró a Argentina, donde acabó instalándose en la zona de Cuyo y creando una de las bodegas más importantes del país.

Formado como ingeniero agrónomo superior, Guillermo llegó a España en 1989. Pasó cinco años trabajando en el sector agroganadero en Galicia y casi dos décadas en Castilla y León en una firma de semillas, hasta montar después su propia empresa mayorista junto a su mujer.

Guillermo y su mujer. EEM

El norte, sin embargo, se le hacía demasiado oscuro a un alma tan llena de luz como la suya. "En Galicia y en Castilla y León siempre está lloviendo, siempre está nublado, hace frío en pleno verano. Al decidir venirme para Málaga me cambió la vida, porque el clima de aquí es ideal para estar todo el año entrenando", asevera.

Paralelamente a su carrera agrícola, el mar siempre ha sido para él un imán imposible de esquivar. Le apasiona. Mucho antes de pisar Málaga, en su Argentina natal, ya aprendió el valor del respeto al agua sacándose el título de guardavidas, como llaman allí a los socorristas. "Allí no es como aquí, que se hace en cuestión de unas semanas. En Argentina es un curso anual completo y bastante exigente".

Esa fascinación por la naturaleza tiene, según cuenta, dos referentes muy ligados a una televisión en blanco y negro que marcó su juventud. "Mis dos referencias cuando era adolescente eran Jacques Cousteau, con su famoso Calypso, y Félix Rodríguez de la Fuente. A partir de ahí me empezó a gustar la biología y por eso decidí ir a por la ingeniería agrónoma", declara.

De aquellos referentes nació también su pasión por la navegación, a la que dedicó tres años sabáticos al instalarse en Algarrobo. Enlazó de golpe el PER, el título de Patrón de yate y culminó con el de Capitán de yate, la máxima titulación recreativa.

"La gente que empieza de cero sufre mucho, pero para mí el examen de capitán era navegar con las estrellas, utilizar trigonometría espacial, mucha matemática y cartas de navegación. Cosas que, por mi formación académica de ingeniero agrónomo, no me costaron nada", recuerda.

Su rutina

En Ferrara, Guillermo ha trabajado como socorrista orillero. Recorría a pie unos 3 kilómetros y medio de arena, casi siempre en paralelo a la moto de agua, y a lo largo de la jornada relevaba a los compañeros de torre durante sus horas de descanso y comida. Entre lo que caminaba en la orilla y lo que sumaba en las torres, calcula que se movía entre 10 y 12 kilómetros al día.

Su labor ha consistido en vigilar que los bañistas tuvieran cuidado con la profundidad, las olas, las medusas y las corrientes de retorno, así como otros problemas de seguridad habituales en las playas de Málaga.

La zona del espigón es, según explica, la más delicada de Ferrara cuando sopla poniente, y es ahí donde el equipo decidía qué bandera izar.

Preguntado sobre las posibles imprudencias que han realizado los bañistas este verano ante su atenta mirada, Guillermo reconoce que en su playa "la gente es bastante prudente", "el Mediterráneo nada tiene que ver por ejemplo con el Atlántico Sur, donde trabajé de joven. Absolutamente nada que ver".

"Si hay algún problema no suele ser a más de 100 metros de la orilla. Normalmente gente mayor, jubilados o alguien que ha comido y tiene un corte de digestión", relata. Poco que ver, según él, con los rescates que se ven casi a diario en playas de Argentina o Brasil.

Guillermo ama la naturaleza. EEM

El único episodio que recuerda de este verano algo más fuera de lo normal fue el de un hombre al que encontró bebido en el mar. La familia de la víctima pidió a Guillermo que fuera a por él porque llevaba un rato haciendo la plancha a la deriva.

"Cuando llegué parecía estar normal, pero luego supe que iba bastante bebido", cuenta Guillermo, que lo trajo remolcado con la lata de rescate.

"El bisabuelo" del club

A sus 71 años, Guillermo se define como el "bisabuelo" del club de triatlón de Vélez-Málaga al que pertenece. Pero reconoce que ya no sigue el ritmo de los atletas de 35 y 40 años. La edad se lo impide. "En mis mejores días, cuando tenía esa edad, tuve los tiempos que ahora ellos hacen; pero ahora no puedo", confiesa riendo.

Su mujer, florista de profesión, entrena a su lado: salen juntos en bicicleta, corren juntos, nadan juntos. "Tengo mucha suerte", asevera.

Guillermo pone a punto una moto. EEM

Su receta para quienes rondan su edad y sienten que la sociedad les empuja a retirarse de la vida activa es sencilla: moverse, caminar, sumar algo de fuerza para frenar la sarcopenia. Nunca ha bebido alcohol ni ha fumado, apunta, y prefiere el mar a las tardes sentado frente al Netflix. "Eso solo hace daño", añade.

Su espíritu incombustible viene de muy lejos. En su juventud en Argentina, mientras estudiaba la carrera, aprovechaba las vacaciones no para salir de fiesta, sino para perderse por la Patagonia.

"Subí varias montañas, estuve en los turbales, en los glaciares y en los ríos. Yo soy una persona de mañanas, no de noches; nunca bebí, nunca fumé y siempre me movió el deporte y la aventura", concluye.

Con la temporada ya cerrada, Guillermo entra a trabajar el próximo día 18 de septiembre en un hotel de Nerja para la temporada de invierno, pese a que las piscinas no le llaman tanto como el mar abierto, el lugar donde asegura sentirse verdaderamente en su sitio.

"Pero igualmente, aunque me parezca menos ameno, pues requiere de menos actividad, ahí estaremos haciendo mi trabajo", confiesa sobre sus planes de futuro este incombustible socorrista que, a las puertas de los 72 años, se resiste a pisar el freno.