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Las claves

Hay señales que no salen en los informes, pero que en la Costa del Sol funcionan como un calendario paralelo del verano. Los primeros atascos serios en la A-7 que desesperan a cualquiera, ver correr de una mesa para otra a los trabajadores de chiringuitos, los apartamentos turísticos que vuelven a llenarse antes de julio… y ese detalle que cada año se repite con más insistencia: las matrículas francesas.

No es una novedad absoluta, pero sí una presencia que muchos aseguran percibir con mayor intensidad entre Estepona y Torremolinos, como si el sur de la provincia hubiera entrado en una especie de conexión directa con el otro lado de los Pirineos.

La explicación más inmediata remite, como siempre, al turismo. Francia es uno de los grandes mercados emisores hacia Andalucía y la Costa del Sol sigue siendo un destino sólido para estancias largas, segundas residencias y viajes por carretera.

A eso se le une que hay también vuelos directos a Málaga desde París, Marsella, Burdeos o Nantes. Familias que cruzan media Europa con el coche cargado, residentes temporales que repiten cada verano, viajeros que llegan sin prisa y se instalan durante semanas. En ese sentido, el aumento de vehículos franceses encaja dentro de una tendencia lógica de movilidad europea que lleva años consolidándose en la provincia.

Un cargamento de droga interceptado.

Sin embargo, en paralelo a esa lectura puramente turística, han vuelto a aparecer informaciones que recuerdan otra realidad menos visible pero bien conocida por las fuerzas de seguridad. La reciente operación de la Policía Nacional contra una organización criminal asentada en el entorno de Marbella y vinculada al tráfico internacional de hachís, con conexiones con Francia.

Según la investigación, el grupo desarticulado operaba mediante el sistema conocido como go fast, una metodología basada en el transporte terrestre rápido y coordinado de droga mediante varios vehículos, cambios de matrícula y trayectos diseñados para minimizar la detección policial.

Se utiliza el corredor mediterráneo para ello y ahora han cambiado los métodos históricos de este transporte de hachís. Lejos de las imágenes más clásicas del narcotráfico asociadas a narcolanchas o a grandes operaciones visibles, el go fast se apoya en la normalidad del tráfico cotidiano para diluirse en él. Ya no se trata de correr más que nadie, sino de parecer exactamente lo mismo que todos los demás: coches que viajan, familias que se desplazan, vehículos que cruzan kilómetros sin levantar sospechas. Mimetizarse con el entorno.

Esa es precisamente la clave que explica por qué la Costa del Sol es un escenario ideal para este tipo de dinámicas. Entre Estepona y Torremolinos se concentra durante el verano una densidad de tráfico que convierte la autovía en un flujo continuo prácticamente ininterrumpido las 24 horas del día.

Miles de vehículos circulan a diario por motivos completamente legítimos: turismo, trabajo, ocio, desplazamientos internos o simples trayectos de paso. En ese contexto, la capacidad de un vehículo para pasar desapercibido aumenta de forma exponencial, no por ocultamiento, sino por saturación.

Desde hace años, distintas fuentes policiales vienen señalando que este tramo litoral no puede entenderse únicamente como un destino turístico, sino también como una infraestructura de tránsito internacional. La combinación de aeropuerto, red de carreteras, puertos cercanos, alta presencia de población extranjera y un modelo económico basado en la movilidad constante convierte la zona en un espacio especialmente permeable a flujos de todo tipo.

Y en ese mapa, Francia aparece de forma recurrente no como elemento aislado, sino como uno de los destinos habituales del hachís que sale del sur de España hacia el mercado europeo.

Marsella, Nantes, Rennes y París son grandes mercados de hachís, y quienes se encargan de llevarlo hasta allí siempre se toman unos días de asueto en la Costa del Sol antes de comenzar su viaje de vuelta. No es casualidad que tanta crew de rapero francés tome las mejores discotecas de Marbella.

Conviene, en cualquier caso, evitar interpretaciones simplistas. El incremento de matrículas francesas en la Costa del Sol no puede ni debe asociarse de forma automática a actividades ilícitas. La inmensa mayoría de esos vehículos corresponden a turistas, residentes temporales o visitantes que utilizan la provincia como lugar de descanso o estancia prolongada. Mezclar ambos planos no solo sería incorrecto, sino injusto.

Lo relevante no es el vehículo en sí, sino el contexto en el que circula. Porque la misma carretera que sirve para llegar a un apartamento turístico en Marbella puede ser utilizada en paralelo para rutas completamente distintas.

La misma infraestructura que sostiene el turismo de verano sostiene también, inevitablemente, otros movimientos menos visibles. Y esa convivencia de realidades es una de las características más definitorias de la Costa del Sol contemporánea.

Durante décadas, la provincia se ha proyectado como un espacio de desconexión, un lugar al que venir para salir del mundo. Sin embargo, con el paso del tiempo, se ha convertido también en uno de los puntos donde más mundo converge.

Turismo internacional, inversión extranjera, residentes de múltiples nacionalidades y una movilidad constante durante todo el año. En ese escenario, la frontera entre lo visible y lo invisible se vuelve más difusa, no porque cambie la naturaleza de las cosas, sino porque el volumen lo diluye todo.

Por eso cada verano vuelve la misma imagen. Más coches franceses, más tráfico, más movimiento. La percepción de algunos vecinos, los seguimientos policiales y las operaciones que periódicamente salen a la luz forman parte de una misma fotografía que se repite con ligeras variaciones.

Y mientras tanto, la autovía entre Estepona y Torremolinos sigue funcionando como siempre: una línea continua por la que circulan miles de vehículos cada día, todos distintos, todos iguales, aunque no todos vayan exactamente al mismo sitio, algunos acaban en los barrios del norte de Marsella.