Samuel Baeza
Publicada

Paga 400 euros por menos de setenta metros cuadrados en Armengual de la Mota. Puede parecer barato, pero para su pensión no lo es: estuvo 22 años trabajando sin cotizar. Cuando fue a reclamar, ya había prescrito. Ahora la única luz que puede allanar su camino es obtener una vivienda protegida.

El caso de Dolores —nombre ficticio para preservar su anonimato— es estremecedor y triste, pero radiografía a la perfección la cruda realidad a la que se enfrentan jóvenes y mayores en Málaga: vivir bajo un techo cuando los ingresos no dan para mucho.

Tras un cambio de propietarios y años de encargarse ella sola de las reparaciones ante la dejadez de los dueños de su vivienda de alquiler, la nueva propiedad inició un proceso para expulsarla. Denuncia que la cohibieron, la acosaron y se pusieron agresivos ante su rechazo a marcharse: “¿A dónde voy a ir con la pensión que tengo, que es muy baja, y los alquileres en Málaga, la edad que tengo…?”, se preguntó.

El conflicto acabó en los juzgados. Acudió con su abogado de oficio y dos amigas. “Fue muy traumático porque la persona que acompañaba al propietario era muy altiva, arrogante y prepotente. Lo peor es que venía de lo más humilde de Andalucía, pero el dinero le cambió la actitud”. La situación quedó en sentencia no firme; nada ha acabado, pero el agobio es diario.

Dolores, que nació en una villa mirando al mar, provenía de una familia normal. Antes había dinero, pero la cosa ha cambiado mucho. Lo que no lo han hecho son sus valores; sigue abanderando el respeto, la educación, la inteligencia y su forma de ser se mantiene intacta.

Donde da clases de forma voluntaria la aprecian casi todos. "Aunque me aporreen la puerta y me venga gente insolente, el respeto está primero. El dinero no hace a la persona ni el hábito. A la propietaria le importa un pepino si eres mayor o no tienes dinero y eso es un problema muy gordo, sobre todo cuando no tienes marido y estás sola”, relata.

Destinar 400 euros de su precaria pensión supone ser experta en hacer encaje de bolillos para llegar al último día del mes con comida. “Soy muy cuadrada para todo, pero esta situación me traumatiza bastante y sigo sintiéndome insegura, siendo yo muy dinámica y decidida. No sé mañana lo que me va a ocurrir. Voy rondando los 80 y es muy duro”, lamenta. La incertidumbre es la liturgia habitual: no sabe qué pasará al día, al mes o al año siguiente.

“Si no se come esto, pues patatas y no pasa nada”, se dice al hacer la compra. Tengo dos amigas fuera de España que me preguntan por qué no voy allí. “Tengo miedo a recibir una carta, me siento atada y eso me produce mucha, mucha angustia. Tampoco puedo viajar. No tengo libertad. Compro lo más económico posible y miro punto por punto, no me puedo pasar de ese presupuesto”, relata. Su ropa es la misma de siempre, solo que más vieja. Cuando es su cumpleaños, le regalan dinero.

Angustia ante el futuro habitacional

No solo le preocupa ella misma, sino en general la situación del alquiler en Málaga: “¿Alquilar una habitación es una vida normal? Tienes que compartir con uno que hace ruido, el otro que ronca… No hay intimidad. La gente joven no tiene un futuro habitacional, no hay lugar donde vivir, casarse y reproducirse”, señala.

Piensa que la cada vez más frecuente llegada de inmigrantes y turistas acabará haciendo caer la cultura local y que los ciudadanos de toda la vida adquirirán costumbres de otros lugares. “Luego hacen esas torres de dos millones cuando al lado vive gente obrera con un sueldo de ni siquiera mil euros. Eso no se sostiene”, indica.

Para que la situación de ella y tantas personas vulnerables se revirtiera, explica, tendría que cambiar la Ley de vivienda. Que le concedan una vivienda de VPO es un paso, pero también teme la lejanía por sus dificultades para desplazarse a su edad.

Desde el Instituto de la Vivienda le propusieron que le adjudicarían un inmueble una vez que hubiera sentencia firme. De momento todo sigue estancado: la sentencia y su vida en ese piso. A Dolores solo le queda más incertidumbre.