Su energía todo terreno y su efusividad al saludar te hacen contagiarte de un poderío que muchos quisieran alcanzar. Su sonrisa, acogedora y cálida como una mantita de chenilla en pleno invierno  y su olor a hogar, te invitan a sentarte con ella y conocerla un poco más.  

De baja estatura, pero de alto semblante, a sus sesenta años, María Dolores Matas o, Mariló, es una clara testigo de cómo ha evolucionado socialmente el ser madre en España a lo largo de los  años.  

Sentada en su sofá, en un piso con decoración minimalista y bastante moderna para lo que en un  principio se puede suponer de una persona mayor, narra con unos ojos ‘sentíos’ su experiencia como madre en la España de antes. 

Se quedó embarazada con diecisiete años. En ese momento, trabajaba en un taller de costura donde aguantó hasta los ocho meses de gestación, “no tenía ni contrato, pedir una baja maternal era  impensable", explica. Confiesa que mantuvo el embarazo oculto hasta que ya no pudo más por miedo a ser despedida. Su miedo se perpetró. En cuanto tuvo a Santiago, se vio en la calle con dieciocho años, un bebé y su marido en paro. La recogió su amiga y vecina María, que en paz  descanse, quien se encargaba de su pequeño mientras ella consiguió otro trabajo limpiando casas. 

Por fin llegó La Cometa, la primera guardería en Vélez-Málaga. Esto no sería sinónimo de  tranquilidad. No ver a su hijo en todo el día, reconoce que le ha pasado factura emocional y psicológica. “Yo no vi su primer diente, ni sus primeros pasos”, narra con las palabras  atragantadas en el corazón. El coste de poder comer era renunciar a ver a su hijo hasta la noche.  

Pasó por varios oficios, en ninguno quisieron proporcionarle contrato y sin él, los derechos ni los olía. Cuando volvió a quedarse embarazada, de Marta, y la niña enfermó por primera vez, la poca permisividad que la empresa de limpieza le había dado para traer vida al mundo, se acabó. Fue  entonces cuando tuvo que recurrir a su madre, porque su marido, la figura paternal, estaba sumido en bares, whisky y ron.  

Hasta sus 42 años, cuando sus hijos fueron mayores de edad y encontró un trabajo estable como  cocinera en un centro de personas con discapacidad, Mariló no supo lo que era disfrutar de sus  hijos, ni de ella misma. La palabra conciliar no estaba en su diccionario.  

Quien tampoco sabía de la existencia de dicha palabra, hasta ahora, es Beatriz Robles Diaz. No  tener hijos hasta los treinta no la hizo eximirse de tener que elegir entre trabajar o ser madre. Por  aquel entonces, pudo permitirse entregarse a sus hijos al cien por cien. Literalmente. Y es que el precio a pagar en su caso fue que su marido se dedicara íntegramente al negocio familiar mientras ella se encargaba del cuidado de los hijos y de la casa. 

—Personalmente no empecé a trabajar hasta que los niños crecieron, yo sabía que ellos me  necesitaban y para trabajar para pagarle a otra persona que los cuidara, elegí hacerlo yo — explica  sentada en el sofá de su casa.  

“Elegir”. La realidad es que Beatriz no eligió, Beatriz renunció. Porque cuando eliges es porque  quieres, no porque debes. Renunció a tener una vida laboral porque sabía que no era compatible  con su vida maternal. Su profesión de limpiadora de hogares no está apenas regularizada, por lo  que ya sabía que ni baja maternal, ni días de asuntos familiares. ¿Conciliar? Eso iba a ser imposible.  

Cuenta que no fue hasta que los niños crecieron y alcanzaron la edad suficiente para dejarlos solos en casa, cuando se lanzó al mundo laboral como limpiadora de hogares y cuidadora de personas  mayores. Suspira. Y entonces comenzó la odisea: levántate, haz el desayuno, lleva a los niños al instituto, deja el almuerzo hecho, ve al trabajo, vuelve, recoge los niños, vuelta al trabajo, terminas y bienvenida al segundo trabajo: la casa. Y es que se tiende a pensar que los cuidados del hogar no son un trabajo, pero criar a dos hijos y mantener una casa de tres plantas impoluta no es como jugar a las casitas como cuando eres pequeña. Y hacerlo prácticamente sola, mucho menos.  

—Claro que hay días que dices ‘no puedo más’ — pausa de un segundo que refleja una vida  entera— pero no queda otra que ‘echar pa lante’. 

Confiesa que su marido es un gran trabajador fuera de casa, pero dentro, la realidad es bien distinta.  Criado con una mentalidad más arcaica, una vez ella aceptó echarse la casa encima, no hubo vuelta  atrás. Y admite, intentar educar en corresponsabilidad es difícil cuando no existe ejemplo de esta.  No fue hasta su caída a sus 50 años por las escaleras de su casa, que la dejaron sin movimiento en la muñeca izquierda y sin poder ejercer su trabajo, cuando ya no pudo más y empezó a mirar un  poco más por sí misma. Entonces sus hijos empezaron a darse cuenta de la realidad: ser madre no te hace de piedra, ser madre no te convierte en superwoman.  

Superwoman

Todavía en parte de la sociedad existe la creencia de que las mujeres, por el simple hecho de tener útero, quieren ser madres. Pero resulta que no sólo quieren ser madres, – que muchas no –, sino  que también quieren ser mujeres. Y ser mujer no es solo trabajar y tener un salario digno, que es lo mínimo. Ser mujer es poder salir a hacer deporte sin sentirse mal o preocupada por dejar a sus  hijos con su padre. Ser mujer es tener aficiones, gustos, objetivos propios, ser algo más que un ente productivo ya sea familiar o laboral. Sin embargo, los roles de género establecidos educan a las niñas desde pequeñas en los cuidados, en el orden, en la pulcritud y la perfección: “siéntate bien, vístete bien, habla bien, no comas mucho, pero tampoco seas un hueso” y un largo etcétera.

Las mujeres crecen con el chip del perfeccionismo. Siempre tienen que hacer más y mejor para  ser reconocidas como válidas. Cuando esto se traspasa al terreno maternal, llega aquello de “una  madre puede con todo”. Puede con las lavadoras, con los niños, con el trabajo, con las cenas de  navidad, con los cumpleaños…De repente, una vez te haces madre parece que el hada madrina de  Cenicienta llega al paritorio a transformarte en Superwoman con un ¡bi di di ba di di bú! 

Spoiler: eso no ocurre.  

Con ojos que revelan falta de horas de sueño y un semblante serio, mientras toma un descafeinado  de máquina, porque para cafeína ya están los hijos, Yoana Martín Ríos admite que está cansada de intentar interpretar un papel que no encaja consigo misma. Como gobernanta en Aspro-Vélez,  un centro para personas con discapacidades psíquicas, aclara que laboralmente no ha tenido problemas con la empresa para solicitar bajas maternales o la jornada reducida. Sin embargo, para  ellas ambas medidas se quedan en pañales cuando no existe corresponsabilidad en el hogar. Al  final, ella siente que renuncia a parte de su sueldo y a sí misma, a cambio de no poder ni sentarse  por la noche a leer un libro en su cama. 

—La realidad es que ser madre es un proceso muy bonito, pero no es ni la mitad de idílico de  cómo nos lo pintan. De repente, no te quedas en un segundo plano, sino en el último. Y eso no es  justo. — Gesticula con el dedo haciendo un círculo y continúa — ¿Mi día a día? Me siento como  un hámster girando en la misma rueda todo el rato. Sinceramente yo ya no sé ni lo que me gusta  a mí. Y he llegado a mi límite. Llevo trece años sin siquiera dedicarme una hora a mí misma.  Cuando lo hago, me siento hasta rara, culpable — concluye.  

La culpa. Ese sentimiento al que nadie ha invitado, pero que entra como agua a su cauce en el  momento en que no se cumple con el estereotipo patriarcal de ser una madre abnegada.  

Mariló, Beatriz, Yoana…y prácticamente todas las madres del mundo alguna vez han intentado  encajar en ese rol de madre ideal, han intentado ser una Superwoman. Pero entonces, un día la vida, de una forma u otra, te hace ver que eso es imposible. Todas se dieron cuenta más tarde o más temprano, de que ponerse ese corsé implicaba dejar de respirar y, por tanto, la muerte. Bien de su ‘yo maternal’, bien de su ‘yo mujer’. Al final habían renunciado o iban a tener que renunciar  a ser madre por ser trabajadora o viceversa.  

Pero es que las mujeres ya no están dispuestas a renunciar. Las mujeres quieren conciliar.  

Romper el ciclo

—Busca la Piazza Benalmádena y elige lo que quieras, porque la verdad es que no voy a cocinar.  

Las 9:30 de la mañana. Un amplio salón en el que se cuelan unos cálidos y tímidos rayitos de sol  que aparecen y desaparecen a su propia bola, obligando a Tania a de vez en cuando, poner en  acción su casa domotizada. Lugar que tras varias reformas se ha convertido en hogar para una madrileña y un malagueño que se encontraron en Londres y casi ‘por descarte’ encajaron lo suficiente como para llevar veinte años juntos. Y quien dice encajar, dice saber que la convivencia se basa en la corresponsabilidad. Que cuando de dos se pasa a tres y de tres a  cuatro, las cuatro personas son válidas, y sus aspiraciones, sus tiempos, sus profesiones y sus  descansos también.  

Y lo notas porque nada más cruzar hacia la terraza, visualizas un pequeño espacio con tres  escritorios, uno a la derecha separados por la puerta acristalada de otros dos a la izquierda.  Estanterías llenas de cientos de libros, juegos de mesa y dibujos conforman las paredes de un  espacio de ‘coworking’ creado para que trabajar no tenga que significar soledad o aburrimiento y  para que el lugar de descanso y el de trabajo estén cerca, pero diferenciados.  

Llama la atención el escritorio central. Blanco, limpio, ordenado y con un mantra de Eduardo Galeano dispuesto de una manera atípica.

—Es un moodboard o tablero de inspiración. Básicamente, la idea es poner una representación  alrededor del animal, película, afición, momento, pintura, comida, moda y personaje histórico  que serías si pudieras elegir. Y en medio he puesto una frase bastante inspiradora para mí. Soy  de las personas que creen que los pasos pequeños pueden dejar grandes huellas.  

Al habla Tania Cañas Montañés. Pelo corto, rizado, al estilo californiano, una camisa de pintas  azules, verdes y blancas, un pantalón vaquero azul a juego y a los lados bordado en hilo rosa se  lee ‘malamadre’. Con cárdigan de punto beige y Vans marrón mostaza, se presenta como Tania  Camon. ‘Camon’ porque de pequeña se le pasaba decir su segundo apellido y su madre le  recordaba que también existía, por lo que decidió crear su sello llevando a sus padres en un dos por uno. Además, en digital dice, la ‘ñ’ es “un poco antipática” y ‘Camon’ hace ese símil de lo que en inglés significa “vamos”.  

A sus 42 años es titulada en periodismo, comunicadora, consultora de Igualdad, experta en conciliación, madre de dos hijas y sobre todo mujer. Como ella misma se define, “soy todo lo que llevo en mi mochila, todo lo que hecho y vivido”. Admite que decidió estudiar periodismo  porque en aquel momento había una serie que lo romantizaba bastante. En su quinto año de  licenciatura, para olvidarse de los problemas del corazón cogió un billete de ida a Londres donde conocería a su actual marido con el que finalmente se instalaría en Benalmádena.  

Cuenta que siempre tuvo presente querer dedicarse a la comunicación corporativa de las empresas,  porque cree en los cambios desde dentro, poco a poco y de forma transversal. Relata que gran  parte de esta filosofía la adquirió durante sus catorce años trabajando en la Fundación Juan  Cruzado. Esta funciona como instituto de neurorrehabilitación y envejecimiento activo especializados en patologías neurológicas  producidas en personas adultas. Así, durante más de una década se ocupó de que estas personas  dependientes fueran entendidas, cuidadas e incluidas en la sociedad. Y entonces, llegó un  momento en el que su foco cambió.  

—En un inicio mi trabajo era fijarme en la persona dependiente. Pero hace unos años a mi madre  le diagnosticaron Alzheimer de inicio precoz. Y entonces la vida y mi visión de ella dio un vuelco.  Tuve que traerla de Madrid y me dediqué a cuidarla casi un año que coincidió con mi segunda  maternidad. Pasé a ser doble cuidadora y eso me hizo reconducir el foco a la figura de quiénes  cuidaban. Y resultaba que en una inmensa mayoría eran mujeres, y eso no era casualidad. —Narra  con seguridad –—Me di cuenta de que me estaba desdibujando, de que no podía con todo, y tras acudir a terapia lo vi claro, es necesario conciliar.  

Y conciliar no es solo ir al trabajo y volver a casa a estar con los hijos. Porque en su caso eso podía hacerlo. Nunca tuvo problemas para la baja maternal ni de flexibilidad horaria en el trabajo.  Su marido había estado siempre presente como padre y había hecho todas las maniobras posibles  para cumplir con su familia. Pero ella, en su papel de hija y madre a la vez, había crecido con la  idea de que tenía que poder abarcarlo todo mientras renunciaba a sí misma. Pidió ayuda, y lo más  importante, la aceptó. Y es que ella misma lo explica en su libro No es magia, es conciliar. 

Conciliar consiste en poder sobrellevar todas las partes de la vida lo mejor posible. Pero para ello  hay que elegir hacerlo, hay que tomar decisiones.  

—Tanto a nivel empresarial como personal, la conciliación tiene que ser algo que esté integrado.  De ahí que las ‘medidas parche’ no funcionen. No se le puede dar una solución homogénea a un problema heterogéneo. Debe ser algo transversal—explica—. Por ejemplo, aquí en casa, mi  marido se encarga de la cocina y de todo lo que le atañe. Es lo que hemos establecido en consenso  porque es lo que se le da mejor y a mí peor. Pues yo tengo que respetar que esa es su  responsabilidad y tengo que confiar en que la cumplirá de la mejor forma posible. Y lo hace, sólo  que, a su manera, no a la mía. Y no pasa nada —continúa—. Con las niñas es igual, ellas saben que su cuarto es su responsabilidad, si no la cumplen, el mundo no se acaba, pero la consecuencia  de vivir en el desorden es para ellas, no para mí. No es fácil cerrar la puerta y soltar los roles de madre, pero hay que hacerlo— concluye. 

Así, reconoce que a nivel empresarial no es tan sencillo, pero no imposible. De hecho, esta es su  labor actual. 

Como consultora de Igualdad autónoma, acompaña a las empresas a crear proyectos y planes de  conciliación que puedan llevarse a cabo. Y no solo a nivel nacional, sino también en América  Latina, porque no importa el lugar, importan las ganas. Cree en el impacto desde el interior de las  empresas, sean más grandes o pequeñas. Por eso, si pudiera pedirle algo directamente al Gobierno,  pediría recursos. Recursos para que las empresas puedan flexibilizar de verdad y crear planes  personalizados en función de los objetivos, el personal y el público de cada empresa.  

—La conciliación debe ser un tema transversal y de interés nacional, no es tarea de un solo  Ministerio, sino de todos. Porque para conciliar hace falta conciencia, educación, dinero…cuidar  del sector de los cuidados como es la Sanidad o las propias familias, y de las que mayoritariamente se las echan encima, las mujeres.  

Las 13:00. Reunión de la asociación Yo No Renuncio del movimiento Malasmadres. Saluda.  Sonríe mirando su Macbook Air color gris espacial con una funda transparentes con ilustraciones  de la vía láctea en negro. Muchas pequeñas pantallitas forman una gran videollamada en pro de  la conciliación real y efectiva. Apunta en su libreta de Locas y Valientes. Le llaman de repente  para confirmar una cita. Con sus uñas naranjas lo apunta en su Google Work Calendar.  

Su cónyuge ingeniero entra por la puerta inesperadamente y le da una ‘mala noticia’: después del  trabajo se va a Málaga a visitar a su madre por lo que no comerá en casa, y por ende no cocinará.  

Tania se queda pensativa.  

Las 14:00 de la tarde. Termina la videollamada. Coge su iPhone con funda naranja pomelo. 

—Buenas, me gustaría pedir una pasta Gondola y unas delicias de pollo con arroz por favor — cuelga.  

- ¿Te consideras ‘malamadre’? 

—Y con orgullo. 

Daniela Contreras es estudiante de la facultad de Periodismo en la Universidad de Málaga y participa en la sección La cantera periodística de la UMA a través de la cual EL ESPAÑOL de Málaga da su primera oportunidad a los jóvenes talentos. 

Noticias relacionadas