Hubo que esperar al último día ciclo para ver colgado el cartel de no hay billetes. También para ver a un matador de toros salir a hombros por la puerta grande Manolo Segura. El papel se acabó dos horas antes del inicio del festejo; tiempo suficiente para que el público comenzara a ocupar los alrededores del coso esperando poder ver algo. Se cumplieron los deseos. A la tercera va la vencida, o no hay quinto malo. Cualquiera de los dos refranes puede servir para describir lo que pasó con el encierro de Daniel Ruiz. 

Cayetano

A veces Cayetano es el arrojo, a veces la clase. A veces un trotamundos de los terrenos perdidos. A veces un encandilador de masas. A veces se encuentra y a veces se pierde. A veces. Llegó con un capote malagueñizado, pintado con el toro picassiano y la biznaga de la tierra fenicia, para enfrentarse a un primero mansito. Fue el de más peso de la corrida. Gordo, hondo. Asentado en el piso. Lo sometió por bajo con la muleta hasta llevarlo al tercio, donde no salió (en parte por el viento, arreando durante la primera mitad).

Se sucedieron varias tandas en redondo, más preocupado por el aire que por ligar tres o cuatro pases seguidos, que los tenía. Le costó un desarme encontrarlos. "¡Cayetano, te quiero!", gritó una devota en el momento de más calidez. El amor. Tres pinchazos, topándose de frente con la testuz de Sevillano, y ovación. 

Cayetano Rivera. Amparo García

Llevó al cuarto al caballo galleando por chicuelinas. El toro de carne y hueso se las vio con el toro de tintas doradas. Brindó a Antonio Hidalgo, histórico aficionado, antes de sentarse en el estribo. Allí, despatarrado en la chulería del valor, comenzó a torear por ayudados y se echó de rodillas al tercio. Otro torazo, metiendo la cara con clase y recorrido.

La flauta marcaba el tempo de la música. Dulzura sonora. Quiso el diestro que la faena tuviera el ritmo de la melodía. Toques suaves, caricias en el cite. Todo sin salir del tercio. El aroma de Paquirri resurgió en el cierre, desplantándose de espaldas a Finito. Pidieron la segunda, pero aguantó el presidente, con buen criterio. Cayetano dio dos vueltas al ruedo. 

Roca Rey

Arrollador. Imparable. Imbatible. Dominador. Dueño y señor del control. Roca Rey llegó a Málaga reencarnado en el Übermensch nietzscheano; un ser poseído por la superioridad moral y la madurez humana. Aquí no hubo más verdad que el poder a la naturaleza. Parafraseando a Jordan Peterson, el diestro peruano saltó al ruedo con los hombros hacia atrás, aceptando (con los ojos bien abiertos) la terrible responsabilidad que supone vivir, decidiendo voluntariamente transformar el caos de lo potencial en la realidad de un orden habitable. 

Roca Rey. Amparo García

El de Daniel Ruiz, de nombre Juguetón, fue un gran toro. Premiado con la vuelta al ruedo, su condición de bravo experimentó una evolución ascendente durante toda la lidia. Salió comportándose como una vaca vieja sabedora y se fue para el matadero con el pañuelo azul colgado de presidencia. 

Comenzó la faena con unos derechazos por alto. ¡Ay, ese pitón izquierdo! Coqueteó con sus muslos y algunos vimos que se lo llevaba por delante. La emoción. Empezó a torear en redondo y por fin los tendidos rugieron, pero de verdad. Han hecho falta cinco festejos para que el público se ponga en pie. Para reflexionar.

El caso es que Roca Rey se batió en duelo con el burel. Trazo largo, mano baja, dominio hondo y faena de calado. Mientras, el toro seguía embistiendo por abajo, surcando con los hocicos las arenas mediterráneas. Con la mano izquierda llegó la apoteosis. Naturales de dobles blancas frente a los derechazos de corcheas. ¡Esa zurda vale dinero! En redondo, en largo y a la espalda. Construyó su obra sobre los cánones del buen toreo. 

Cerró con bernadinas y media docena de luquesinas. Se guardó el cartucho de pescado bajo el brazo y, erguido sobre sus puntillas, dio por concluida la faena con una estocada entera. Andaba el puntillero intentando poner fin a la vida del toro cuando los pañuelos florecieron. La puerta grande estaba asegurada. En el tendido dos, la familia, emocionadísima, recibía el abrazo de un público que acaba de sentir aquello como propio.

Al quinto lo recibió por delantales, llevándolo hasta el centro del ruedo para rematar con una chicuelina y una revolera. Lo dejó crudo, sin picar, en el caballo. Pablo Aguado interpretó la suerte de Chicuelo en una danza de capote enroscado y cuerpo en trance, extensión de las bulerías. 

Roca Rey fue la definición de dominio absoluto. Primero, toreando en redondo de rodillas. Después, con la derecha y finalmente, por la izquierda. Salía con la cara alta el de Daniel Ruiz, así que optó por las cercanías. En cada pase, un olé; en cada muletazo, Málaga más cerca de volver a enloquecer. Los pitones le tocaron los muslos dos, tres. Cuatro veces. Un desplante sin los trastos. Una mirada al tendido. Una razón para olvidar los dos días anteriores.

Gritos de torero, torero mientras se iba a por la espada. Alguno se atrevió a pedir el indulto (onomatopeya de negación). "¡Si mata bien va a cortar hasta la luz!", gritó un aficionado. Pero no cayó la breva. Medio bajonazo que no fue suficiente para que el público se conformara con una sola oreja. La actuación del presidente, Carlos Bueno, volvió a ser impecable. Málaga no puede conceder un segundo trofeo ante un cierre tan defectuoso. Pese a todo lo anterior. Pese a las protestas del que paga. 

Pablo Aguado. Amparo García

Pablo Aguado

Pablo Aguado tiene hecho un pacto con los fotógrafos. Es la única justificación posible a la concatenación de estampas idílicas para la imagen. Cada muletazo del sevillano es un retrato impecable de gusto exquisito. Pero no es suficiente. Especialmente en un espectáculo basado en la transmisión. Sobre todo cuando el que cerraba cartel se topó con el peor lote. El de Daniel Ruiz no ayudó. Parado y falto de continuidad, tan solo pudo sacarle algunos derechazos dentro de una unidad cargada de tiempos muertos. Antes de que pinchara, Iván García, había saludado tras el tercio de banderillas. Silencio.

Correcto recibo capotero a la verónica que precedió al brindis al público. Se lo llevó al centro del ruedo en una hilera de molinetes y derechazos. Solo quedaba él. Volvió a construir una faena basada en carteles de toros. Se vino pronto abajo y los pases enfrontilados por la zurda se diluyeron en los compases de Suspiros de España. Pinchazo y estocada caída. Cayó la noche en el silencio para el torero sevillano y el jolgorio hacia los otros dos espadas, que abandonaron la plaza a pie y a hombros. Y hasta el año que viene. 

Cayetano, añil y azabache

Ovación Oreja

Roca Rey, tabaco y oro

Dos orejas Oreja

Pablo Aguado, sangre de toro y azabache                       

Silencio Silencio

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