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Las claves

Raúl San Juan tiene casi 50 años, vive en Bustarviejo y lleva seis años afiliado al Sindicato de Inquilinas, aunque solo los últimos tres ha participado de forma activa. El madrileño es reivindicativo por naturaleza.

Antes del sindicato hubo otras causas: movimientos ecologistas, organizaciones de derechos humanos, cuestiones democráticas... Pero si hay un tema que le ha acompañado siempre, dice, es la vivienda.

Por eso, cuando en 2011 estalló el 15-M, él ya estaba ahí. Y por eso, catorce años después, ha vuelto a la Puerta del Sol, esta vez para exigir el llamado "decreto Maricarmen" y el fin del "modelo rentista".

Asamblea en Bustaviejo organizada por Raúl San Juan durante el 15-M. Cedida

Raúl no vivió el 15-M desde el asfalto de Sol de forma permanente. Vivía en la sierra madrileña y, según cuenta, el movimiento se descentralizó casi de inmediato: "Enseguida llegó a los barrios y a los pueblos".

Su grupo montó sus propias asambleas populares en Bustarviejo. Aun así, llegó a pasar noches acampado en Sol. "Lo que queríamos era traerlo al pueblo", explica, "no tenía mucho sentido quedarse allí".

En ambas acampadas, asegura, había una gran emoción en el ambiente: "Es muy parecido". El mismo desborde de gente, la misma sensación colectiva.

Pero hay, insiste, una diferencia "importantísima": "Ahora sabemos exactamente lo que queremos". En la acampada actual los objetivos están claros desde el minuto uno —el decreto Maricarmen a corto plazo—, mientras que en el 15-M el punto de partida era un descontento social mucho más difuso, que solo fue generando objetivos concretos con el paso del tiempo, y en torno a temas mucho más diversos.

Eso no significa, matiza, que el 15-M fuera caótico. "Era muchísima gente, pero se generó mucho orden también. No había caos, sino un desorden muy creativo que se fue ordenando", valora.

Lo que faltaba, dice, era la solidez organizativa y la estrategia que el Sindicato de Inquilinas ha aportado ahora. La acampada de Sol de estos días, según relata Raúl, nació de forma improvisada, casi por impulso: "Surge una chispa y ocurren las cosas".

Su intención es quedarse "hasta que decidamos" que toca irse, compaginando la protesta con su trabajo mediante turnos: quien puede se queda mientras otros trabajan, y al terminar la jornada vuelven a relevarse.

Sobre el ambiente actual, Raúl no disimula la emoción: "Se me ponen los pelos de punta al sentir el inmenso apoyo de tantísima gente tan diferente y tan diversa". Habla de donaciones constantes, de gente que llega y quiere sumarse de inmediato —coger una escoba y ponerse a limpiar la plaza si hace falta—, y de una mezcla generacional que le sorprende: jóvenes, pero también personas mayores jubiladas "dispuestas a lo que fuera".

Lo resume como una sensación de desborde, la de una rabia acumulada que por fin encuentra una forma constructiva de expresarse. Para él, el fondo del asunto es simple: "La gente ya no quiere más un sistema en el que unos pocos quieren vivir sin dar un palo al agua a costa del trabajo de los demás".

Catorce años después de su primera acampada en Sol, Raúl San Juan vuelve a estar ahí, con la misma emoción de entonces y, esta vez, con un objetivo muy concreto en la cabeza.