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Las claves

"Hace tres años que mi vida cambió completamente", empieza Carlos Tatay (Valencia, 2003) su clase de resiliencia. Delante de él, formando una media luna, hay 30 jóvenes de edad cercana a la suya que se encuentran en el segundo año de las FP de Sinergia del área de Sanidad.

No hay ni un cuchicheo, ni un ruido. Todos escuchan su historia expectantes. De vez en cuando, alguno se ríe de alguna de sus anécdotas. Porque Carlos Tatay, a pesar del drástico giro que tuvo que sufrir, se toma las cosas con humor.

Y es que con tan solo 20 años, un 2 de julio de 2023, compitiendo en Moto 2, tuvo un fatal accidente circulando a 300 kilómetros por hora en el circuito portugués de Portimao.

Una lesión medular le dejó en silla de ruedas de por vida. Pero eso no le hizo rendirse: cambió las motos por los coches, volviendo a correr en la Baja Aragón 2024 —la carrera de rally raid— con un vehículo adaptado.

Por eso, asegura a Madrid Total minutos antes de la clase que la resiliencia para él significa su "vida".

"Cada día de mi vida es resiliencia: levantarte y no pensar en lo que cuesta hacer las cosas, sino simplemente hacerlas. Entrenar, buscar objetivos, mejorar en los negocios, mejorar en lo deportivo, mejorar en lo personal... Y creo que al final todos tenemos que sacar esa resiliencia porque antes o después nos van a venir baches en la vida y hay que estar preparado", cuenta.

Es lo que quiere transmitir a los alumnos de FP, con el ejemplo de su historia. "Las redes sociales están haciendo mucho daño. Nos pensamos que con 20 años tener un Lamborghini es lo normal y creo que no, que no es así; hay mucho detrás que no vemos. Hay que contar que nada es inmediato, que todo tiene su proceso y todo cuesta. Nadie regala nada y, cuando piensas que lo has conseguido, que tienes tu sueño, te caes. Ahí tienes que tocar fondo y aceptar que has tocado fondo para poder marcarte la meta".

La resiliencia y la disciplina

- ¿Cuándo aprendió qué es la resiliencia? ¿Con el accidente?

- Bueno, yo creo que desde pequeñito. Entrar en un mundo como el del motociclismo es complicado. Siempre luchando contra muchos tiburones. Es difícil. Y es verdad que el deporte me ha hecho madurar muy rápido y vivir experiencias que quizá para mi edad no tenía que haber vivido.

Tras la entrevista con este diario, Tatay comienza su clase. Su historia. Empieza relatando el principio, el momento donde se dio cuenta de que su pasión eran los vehículos y el motor: "Yo era un niño hiperactivo, un niño que se tiraba debajo de los coches a ver qué era lo que había detrás de esas cuatro ruedas. Me subía al tractor de mi abuelo y en cada camión que podía. Y mi madre, con tres años, unas Navidades me trajo una minimoto".

Carlos Tatay en la clase ante 30 alumnos de FP. I.G.

Fue el principio de lo inevitable. Empezó a entrenar en una escuela de motociclismo desde los 6 hasta los 11 años. Hasta que le llegó la oportunidad de hacer su primer campeonato en España. Sus padres, panaderos, no podían costearselo, así que consiguió como patrocinadores los propios proveedores del horno.

Así, a base de ganar carreras, siguió creciendo hasta recibir a los 15 años la llamada de Red Bull, tras ganar un campeonato que le dio la oportunidad de subir al Mundial de motociclismo. "Recuerdo perfectamente esa tarde: estaba tranquilamente en el ordenador abierto estudiando para un examen al día siguiente. Estaba en bachillerato. Y en ese momento cerré el ordenador. Mi madre estaba barriendo la terraza y le dije: 'Se acabó. No estudio más'. Esa escoba se me quedó marcada en la espalda", cuenta ante las risas de los asistentes.

Hace especial énfasis en lo que esto significa: "Entonces entendí que tenía que estudiar. No podía dedicarme solo a mi carrera deportiva". Aunque en ese momento se sintiera "indignado". "Pero mi entrenador me dijo: '¿Tú quieres ser piloto del Mundial? Tienes que estar dispuesto a hacer lo que sea para hacerlo realidad'. Le respondí que sí". Así que su día a día empezaba a las seis y media de la mañana; de siete a ocho y media, ir a entrenar; luego iba al instituto y, cuando salía, volver a entrenar. "Por la mañana, gimnasio o piscina, y por la tarde, correr o bicicleta".

"Me hizo decir no a muchas salidas a fiestas...". Así, el piloto señala a los alumnos tres palabras para lograr "sus objetivos": "La disciplina, la constancia y el sacrificio".

Carlos Tatay durante su clase enseñando una fotografía suya de pequeño. I.G.

Y llegó el accidente. Un revés en su vida que le dejó 11 huesos fracturados, tres vértebras entre costillas, un hombro izquierdo encharcado, un traumatismo craneoencefálico... Todo ello derivó en una lesión medular, que le hizo dejar de sentir y mover las piernas.

Fueron cinco meses en el Hospital Nacional de Parapléjicos de Toledo de rehabilitación, donde tuvo que aprender desde vestirse hasta controlar su nuevo cuerpo.

"Fue el lugar más complicado de mi vida", afirma. Y aquí les traslada el significado de resiliencia. No les habla de ella como una obligación de estar siempre bien. De hecho, reconoce que incluso él, durante esa época de recuperación, lloró, se frustró y llegó a caer en una depresión.

"Yo cada día que subía a mi habitación después de la rehabilitación me ponía a llorar. Los médicos los primeros meses no sabían decir si mis piernas se iban a mover. Era una incertidumbre, hasta que un día me dijeron que tenía que acostumbrarme a vivir en una silla de ruedas. Era tirar la toalla y yo jamás había tirado la toalla. Mi mente no estaba preparada y caí en depresión. En una depresión muy grande. Estaba toda la tarde encerrado, no quería ver a nadie: ni a mi novia, ni a mis padres", expresa.

La frase de Llovera

Antes de comenzar la clase, Tatay había contado a Madrid Total un momento crucial durante su recuperación: la conferencia de Albert Llovera en el propio hospital. La primera persona en silla de ruedas en competir en automovilismo junto a pilotos sin discapacidad.

Fue a hablar con él, cuando le dijo una frase que le "cambió la manera de ver la vida": "'Recuerda, la silla siempre en el culo y jamás en la cara'. En ese momento yo no entendí la frase. Es normal que vosotros tampoco lo entendáis. Me costó mucho tiempo", le cuenta a los jóvenes estudiantes.

Tatay con su libro, 'Mi motor interior'. I.G.

Pero terminó entendiéndola. E hizo que decidiera volver a competir. Ya no sobre una moto, sino al volante de un vehículo adaptado.

Un año después del accidente participó en la Baja Aragón y terminó cuarto. Después llegaron nuevas competiciones y, en enero de 2025, su primer podio en una carrera sobre hielo y nieve en Andorra, frente a pilotos sin discapacidad.

"Me hizo olvidarme de la silla de ruedas. Simplemente, me vi como un deportista más al que tenía que enfrentar un reto", explica en la clase.

Para él, volver a competir también significó recuperar una parte de la vida que había perdido con el accidente. "Hubo algo que no cambió, que fue la disciplina, las ganas de luchar", explica. La misma disciplina que había aprendido cuando entrenaba para llegar al Mundial es la que ahora aplica a su nueva etapa deportiva.

Antes de marcharse, Tatay les habla de su libro, Mi motor interior, donde explica que ahí no acaba la historia: ahora quiere llegar al Dakar, la carrera que él mismo define como la más dura del mundo.

Se trata de un libro que, como sus conferencias, trata de hacer con estos jóvenes algo parecido a lo que Llovera hizo con él en su momento. "Te sientes muy reflejado cuando ves a una persona cercana a tu edad o con una situación parecida a la tuya. Yo salí adelante gracias a él", reconoce.