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Las claves

Matías tiene 26 años y estudiaba un máster en Literatura Hispanoamericana en la Universidad Complutense de Madrid cuando encontró un trabajo que, de entrada, encajaba con su situación. Tenía que ir a clases pero podía trabajar en algo que no fuese de jornada completa.

Encontró un puesto de vendedor a través de Job Today: "Me venía bastante bien y el puesto me parecía bien", cuenta. Después de una experiencia anterior en hostelería que no había sido positiva, pensó que podía ser una alternativa aceptable. "Dije, quizás esto me viene mejor", recuerda.

El sueldo base rondaba los 1.100 euros al mes, una cantidad que en un primer momento no le parecía mala. Además, el puesto incluía un sistema de comisiones que podía elevar sus ingresos si alcanzaba determinados objetivos de venta.

"Nos decían que podíamos ganar muchísimo dinero, pero que nos teníamos que esforzar", relata sobre lo que les explicaron durante el proceso de selección. La empresa les dejaba claro que el objetivo era vender y que sus ingresos dependerían también de las cantidades que consiguieran colocar.

Al principio, Matías aceptó esa dinámica, "es verdad que eso de las ventas es así en un puesto comercial", reconoce. Sin embargo, con el paso de las semanas comenzó a sentirse incómodo con la presión. Los vendedores recibían un ranking con sus resultados.

"Te envían una lista donde tienes tu número de ventas y te ponen un umbral de objetivo", explica. "Tú tienes que vender un determinado número de entradas para empezar a ganar comisión". Para él, esa situación terminaba siendo especialmente angustiante, porque una parte de lo que podía llegar a cobrar dependía de alcanzar esos objetivos.

Pero el principal problema llegó con las condiciones en las que tenía que desarrollar el trabajo. Su jornada era de seis horas diarias, cinco días a la semana, y tenía que pasar ese tiempo en distintos puntos de venta situados en el centro de Madrid. Su función consistía, básicamente, en vender entradas en la calle a un show de Flamenco.

La mayor parte de ese tiempo la pasaba en el exterior. "Tenía que estar al sol, en mi punto de venta particular, sin un techo en pleno verano, durante toda mi jornada", relata.

Según su experiencia, tampoco contaba con un lugar habilitado para hacer una pausa durante la jornada. "Espacios para descansar, no hay. O sea, no hay descanso en ningún momento. No había espacio ni para comer", asegura.

A Matías le tocó trabajar durante los meses de verano. Julio, agosto y parte de septiembre fueron los meses en los que estuvo en el puesto, por lo que las jornadas en la calle coincidieron con los días de más calor. "Sin aire acondicionado, en pleno agosto, julio y un poco de septiembre", recuerda.

La situación tampoco era sencilla por la propia naturaleza del trabajo. Tenía que acercarse a personas que estaban por la calle para intentar venderles entradas y, según explica, no siempre recibía un buen trato. "La gente en la calle muchas veces te habla mal", afirma.

A las condiciones del puesto se sumó su relación con la responsable de recursos humanos. Matías diferencia entre ella y su jefe directo, con quien asegura que tenía una buena relación. "Mi jefe directo era un diez conmigo, todo muy bien", dice. El problema, explica, llegó cuando ese jefe se marchó de vacaciones y ella se quedó a cargo.

Fue entonces cuando recibió una llamada en su teléfono personal que terminó precipitando su salida. Según relata, la responsable comenzó a recriminarle diferentes aspectos de su trabajo: que llegaba tarde habitualmente, que acudía con ropa de calle en lugar de llevar el uniforme y que abría la tienda más tarde de lo establecido.

Matías reconoce que aquel día sí había llegado tarde, pero niega que fuera algo habitual. "Es verdad que ese día había llegado unos minutos tarde, pero no era así siempre", asegura. "Lo que ella me decía era mentira".

La conversación le dejó, según cuenta, "un poco en shock". En ese momento decidió que no quería continuar en esas condiciones. "Yo no estoy para que me traten así, para que me traten mal", recuerda que pensó.

Ese mismo día empezó a plantearse seriamente la renuncia y terminó dejando el trabajo. Habían pasado un poco más de dos meses desde que comenzó. "Ahí yo exploté y renuncié", resume.

La decisión no fue sencilla porque necesitaba el dinero. Matías estaba viviendo solo en un piso, sin su familia, por lo que tener ingresos era importante para él. "La verdad es que lo necesitaba en ese momento", reconoce.

Aun así, explica que contaba con una red familiar que le permitía tomar la decisión de marcharse. "Tengo el privilegio y la fortuna de contar con mi familia", señala. En caso de necesidad, podían ayudarle económicamente. "No es que yo dependa irremediablemente de esto", explica.

También pesaba su condición de estudiante. Su objetivo principal era estudiar y el trabajo debía permitirle mantener esa prioridad. "Yo lo que realmente quería era enfocarme en mi formación", afirma. "Trabajar era un medio para poder estudiar".

Por eso, asegura que nunca contempló aquel empleo como algo definitivo. "Yo no pensaba morir con ese trabajo tampoco, para nada", dice. Lo que sí hizo fue mantenerlo durante más tiempo del que, visto con perspectiva, cree que habría aguantado en otras circunstancias.

"Quizás aguanté bastante más tiempo del que lo habría aguantado otro tipo de personas", reflexiona.

La experiencia también cambió su percepción sobre el salario. Al principio, los alrededor de 1.100 euros que cobraba le parecían una cantidad razonable, especialmente teniendo en cuenta su situación personal. "Es una cifra que no está mal para ser estudiante", explica.

Sin embargo, con el tiempo empezó a comparar esas condiciones con el coste de vida en Madrid y con el esfuerzo que exigía el puesto. "Me fui dando cuenta de que en Madrid eso no es un sueldo muy positivo", asegura.

Sus amigos también le decían que, en su opinión, estaba cobrando poco para el trabajo que realizaba. "Mis amigos me comentaban mucho que yo estaba ganando muy poco para las horas y las condiciones en las que trabajaba", cuenta.

Después de esos meses, Matías decidió que no quería continuar. No fue una renuncia motivada por haber encontrado una oferta mejor, sino por la suma de factores que había experimentado durante esas semanas: las jornadas en la calle, el calor, la ausencia de un espacio para descansar, la presión por las ventas y el conflicto con recursos humanos.

"Me di cuenta de que las condiciones quizá no eran tan positivas", explica. Y resume así el motivo que terminó llevándole a marcharse: "No me gustaba cómo me trataban, no me gustaban las condiciones".