Álex de la Iglesia (Bilbao, 1965), premio Goya por El día de la bestia y una de las voces más reconocibles del cine español, todavía arrastra una secuela de la película que le llevó a ganar el premio a Mejor Director: el vértigo.
"Vi a Angelito agarrado a una barra de hierro, a varios metros de altura, cargando una cámara de veinte kilos a la espalda, y pensé: Dios mío, este hombre puede morir", recuerda, treinta años después, sobre una de las escenas más recordadas en el Edificio Capitol, sobre el mítico neón de Schweppes de la Gran Vía.
No es el único fantasma con el que ha aprendido a convivir. A sus 60 años, sigue sin entender el concepto de jubilación —"que le pregunten a Scorsese o a Ridley Scott si se jubilan"— y confiesa que le cuesta más lidiar con unas vacaciones que con un rodaje complicado.
El director Álex de la Iglesia antes del visionado de ‘El día de la Bestia’ en 4K, en el Cine Capitol, este 16 de septiembre.
Pero para él, la nostalgia, dice, es el verdadero enemigo a batir: "Hay que luchar contra ella, es como una muerte prematura. Hay que tener siempre proyectos en mente para no caer en sus garras".
Con esa mezcla de vértigo, nostalgia y proyectos por delante, el director se sienta con EL ESPAÑOL "Bajo el Neón", literal y metafóricamente, en un evento organizado esta semana en el Cine Capitol de Madrid, en el que después se hizo un coloquio y se proyectó su película treinta años después de aquel rodaje.
P: ¿Qué tal está? ¿Mucho trabajo?
R: Esta mañana he estado escribiendo el guion de una película que vamos a rodar el año que viene, después de estar trabajando en la preproducción de otra que rodamos en octubre. Y esta noche espero poder corregir unos planos de una película que ya he rodado en Argentina.
P: ¿Y cuándo duerme?
R: (risas) Es complicado, duermo poco. Pero sí, estoy feliz ahora mismo, un poco en marcha.
P: ¿Recuerda cuándo llegó a Madrid?
R: Soy de Bilbao y llegué a Madrid con unos 20 o 22 años. Al principio de forma esporádica, con mucho autobús. Ya en el rodaje de Acción Mutante vivíamos aquí, y yo me alojaba en una pensión en Fuencarral que todavía existe.
P: ¿Cómo era la pensión?
R: En aquella pensión de Fuencarral estaban haciendo obras y mi habitación tenía un agujero en el suelo: se veía la habitación de abajo. Cuando dormía tenía que tener cuidado.
Esa vivencia acabó metida en la película, en la escena del cura que va a una pensión: era literalmente lo que habíamos vivido nosotros. Nunca llegué a conocer al vecino de abajo, aunque me imagino que andaría por ahí; nosotros solo íbamos a la pensión a dormir.
Después viví en Caballero de Gracia y también en el Edificio España, el que está frente a Torre Madrid, en la Plaza de España. Siempre he estado en torno a la Gran Vía, y ahora sigo viviendo cerca.
P: ¿Y el Malasaña de los años 90 en el que vivió? Cogió fama de ser hasta algo peligroso.
R: No creo que fuera peligroso. Para eso te citaría la Odisea: "los pueblos del mar somos nosotros", así que igual los peligrosos éramos nosotros (risas). Yo me lo pasé muy bien, disfruté mucho, aunque era muy distinto al de ahora.
Tampoco lo echo de menos: creo que he seguido una trayectoria que encaja con la ciudad, he crecido con ella, así que ahora ya no voy tanto a los locales nocturnos como antes.
P: ¿Recuerda la primera vez que vio el edificio Capitol y el neón de Schweppes?
R: Lo conocía antes de llegar a Madrid, porque tenía imágenes de la ciudad en la cabeza, y una de las más poderosas era el Edificio Carrión. Tiene ese punto de color que parece un edificio de Batman, del que yo había leído en los tebeos.
Además, tengo fascinación por los neones. Me gustan mucho y hay un momento en que empiezan a desaparecer en Madrid.
Antes la Puerta del Sol estaba llena de ellos, y ahora solo quedan el Tío Pepe y el de Schweppes como grandes neones. Otras ciudades los conservan y me da mucha envidia; me gusta mucho.
P: Cuando vio el edificio por primera vez, ¿se imaginaba alguna vez que rodaría en ese edificio?
R: En la vida. Cuando rodaba Acción Mutante no tenía ni idea de que eso fuera a ser posible. De hecho, cuando terminamos esa película pensábamos rodar El día de la bestia en Bilbao, y el personaje iba a Sestao, no a Madrid. Pero cuando empezamos a encontrar la manera de hacer la película, nos dijeron que era mejor que pasara en Madrid, que iba a salir más barato.
P: ¿Cuál fue su 'día de la bestia' particular?
R: Es complicado, porque los que hacemos cine entendemos los problemas como parte del trabajo; la gracia está en resolverlos, así que no tengo un día especialmente malo que señalar. Donde sí tengo problemas es en las vacaciones: me pongo nervioso, no me gusta ir a la playa, prefiero estar trabajando.
P: Siendo de Bilbao, ¿por qué no le saca nadie del centro de Madrid?
R: Porque me gusta poder salir a la calle y ver gente; es la vida en comunidad, no la vida adosada. Probé también a vivir en un adosado y no me gustó.
P: ¿Cómo ve el Madrid de ahora y hacia dónde cree que evoluciona?
R: Me gusta vivir el presente; si no te gusta tu presente, tienes problemas para el futuro. Hay sitios preciosos, y la Gran Vía está mucho mejor ahora que cuando yo la conocí.
Lo que sí me gustaría es que se abrieran los muchos locales que llevan cerrados años —el Palacio de la Música, por ejemplo, estuvo mucho tiempo cerrado—. Creo que una ciudad está viva si los locales de la calle están vivos.
P: Después de esta entrevista se proyecta El día de la bestia prácticamente en el mismo lugar donde sucede parte de la trama. ¿Qué se siente al volver aquí treinta años después?
R: Me parece espectacular, un privilegio, un honor. Me da muchísima nostalgia, pero hay que luchar contra ella, hay que tener cuidado, porque es como una muerte prematura.
Hay que tener siempre proyectos en mente para no caer en sus garras. No entiendo eso de la jubilación, no está en mis planes; que le pregunten a Scorsese o a Ridley Scott si se jubilan.
El director Álex de la Iglesia durante una mesa redonda antes del visionado de ‘El día de la Bestia’ en 4K, en el Cine Capitol, este 16 de septiembre.
P: ¿Por qué eligió el Edificio Capitol, con el neón de Schweppes, como uno de los escenario de El día de la bestia?
R: Para mí era una especie de emblema de la ciudad, como un Manhattan imaginario para alguien que venía de Bilbao. Reunía todas las condiciones para ser el mejor sitio donde podía vivir el personaje de Cravan, y además es visualmente poderosísimo.
P: Si tuviera que rodar una película ahora mismo, ¿qué edificio icónico elegiría?
R: Creo que es mejor ser de fuera, porque te impacta más y no te acostumbras a la belleza. Es lo que les pasa a los italianos que viven en Roma: al acostumbrarse, quizá no la aprecian como alguien que viene de fuera.
P: ¿Hay alguna anécdota de aquel rodaje?
R: Podría contarte 18.000, cada día de rodaje tenía diez o quince posibilidades de anécdota. Una que recuerdo especialmente es de cuando empecé a tener vértigo, un vértigo severo que arrastro desde entonces.
Estábamos rodando en el edificio con Reyes Abades y su equipo de efectos, entre ellos Angelito. Había que colgar una cámara y tirarla desde arriba para el punto de vista subjetivo de la caída, pero el neón impedía soltarla en caída libre justo en la terraza: había que sobrepasarlo.
Reyes colocó una barra de hierro de seis metros para poder avanzar más allá del neón, y vi a Angelito avanzar por ese tubo agarrado, cargando una cámara Mitchell de unos 20 kilos. En aquellos años las condiciones de seguridad no eran las de ahora, y pensé: "Dios mío, este hombre puede morir".
Me quedé paralizado arriba y dije que no saliera nadie más, solo los especialistas y todos con línea de vida. Fue el miedo a no poder hacer nada lo que me aterrorizó, y desde entonces tengo vértigo.
P: Más allá de Gran Vía, ¿hay algún rincón menos evidente de la ciudad que le parezca 'de película' y que nadie haya explotado todavía?
R: Infinitos. Como director, todo te parece una secuencia constantemente.
Pero si tengo que quedarme con uno, me encanta el Rastro; voy prácticamente todos los fines de semana. Me gusta la gran plaza donde se cambian los cromos, las calles que suben, la arquitectura de ladrillo tan característica de Madrid, los puestos y, sobre todo, la vida del Rastro. Sería precioso rodar allí alguna vez.
