Marta Insausti tenía 54 años cuando decidió que necesitaba parar. Había pasado por un cáncer, se había divorciado y acababa de cerrar las dos empresas que había levantado junto a sus socios. Estaba, como ella misma recuerda, “física y mentalmente destruida”, sin fuerzas para volver a empezar.
Lo que ocurrió después no estaba en sus planes. Pensó en tomarse un mes de vacaciones y hacer un pequeño viaje en moto por Italia. Terminó dando la vuelta al mundo.
Puso un mapa en la pared de su casa, empezó a trazar rutas y descubrió que, si seguía avanzando desde India hacia Nueva Zelanda, Chile y Estados Unidos, podía completar una vuelta al planeta.
Calculó los kilómetros, las vacunas y los papeles necesarios. Un año. Eso era lo que se había dado. Acabaron siendo cuatro años marcados por una pandemia, fronteras cerradas y alrededor de 50.000 kilómetros sobre una moto.
Durante el recorrido vivió momentos límite. En la frontera entre la India y Myanmar, atrapada en una carretera destruida por la selva y la montaña, Marta comenzó a caerse una y otra vez con la moto. "Lloraba y decía sacadme de aquí, pero te das cuenta de que puedes con todo", resume sobre el gran aprendizaje de su viaje.
Hoy, con 62 años, esta madrileña recuerda aquella decisión como el punto de inflexión de una vida que ya no quería volver a vivir de la misma manera.
Golpes de la vida
La moto llevaba mucho tiempo formando parte de la vida de Marta, aunque nunca había imaginado que acabaría utilizándola para recorrer el planeta. Sus primeras impresiones sobre este vehículo vinieron cuando a su hermano mayor le regalaron una Vespa.
Se sacó el carnet con 18 años después de heredar la misma Vespa de sus hermanos y durante años la utilizó principalmente para desplazarse por Madrid. Con los hijos, el trabajo y las obligaciones familiares, los grandes viajes quedaron aparcados.
Su primer recorrido largo llegó después de divorciarse, cuando decidió viajar hasta Alicante para visitar a su hermana. Aquello, que hoy parece insignificante comparado con los 50.000 kilómetros que terminaría recorriendo, en aquel momento ya le parecía una pequeña locura.
Fue en 2018 cuando el destino la acorraló de forma definitiva. Tras años peleando contra las secuelas de la crisis financiera de 2008, sus dos empresas de formación terminaron cerrando entre agrias disputas con sus socios. El desgaste laboral coincidió en el tiempo con su divorcio y, lo más grave, con un diagnóstico tardío de cáncer de mama.
Marta Insausti en Turquía
Un primer examen médico erróneo retrasó seis meses el tratamiento, permitiendo que la enfermedad alcanzara un grado 3, rozando la metástasis. Llegó la mastectomía, la pérdida de numerosos ganglios linfáticos y un agresivo tratamiento de quimioterapia que la dejó física y mentalmente destruida, al borde de la muerte y con el brazo prácticamente inmovilizado y sumida en una profunda depresión.
Marta se encontró entonces en una situación que nunca había imaginado. Había superado un cáncer, su matrimonio había terminado y tampoco tenía claro qué hacer profesionalmente. Acudía al psicólogo y reconoce que estaba “física y mentalmente destruida”.
Cuando logró liquidar las empresas y liquidar su patrimonio, se encontró sola, vacía y sin fuerzas para emprender de nuevo. Necesitaba tiempo para sí misma: dejar de ser la madre, la jefa, la hermana o la exesposa, y reencontrarse con la Marta que llevaba dentro.
Fue entonces cuando apareció la idea de marcharse durante un mes y tomarse "unas pequeñas vacaciones" al terminar de liquidar la empresa.
50.000 kilómetros
Una carta de la Fundación Vicente Ferrer, de la que Marta era socia, terminó cambiando sus planes. La organización la invitó a conocer uno de sus proyectos en India y la madrileña empezó a estudiar cómo llegar hasta allí en moto.
Con un mapa en la pared de su casa comenzó a dibujar posibles rutas. India, Nueva Zelanda, Chile, Estados Unidos… La idea fue creciendo hasta que se preguntó cuánto tiempo necesitaría para completar una vuelta al mundo. La respuesta inicial fue un año.
Sin contar nada a casi nadie por miedo a que la tomaran por loca, preparó el viaje minuciosamente en cuadernos y hojas de Excel durante casi un año. Marcaba fronteras transitables y descartaba los pasos cerrados.
Cuando por fin le puso fecha a la salida, el 14 de septiembre de 2019, las dudas y el pánico irrumpieron sin piedad. Pasó semanas sufriendo insomnio y pesadillas nocturnas en las que se despertaba gritando.
Marta Insausti
Marta se tomó entonces un año sabático y emprendió una aventura para la que no tenía experiencia previa en viajes de larga distancia. Lo que empezó como una escapada personal terminó convirtiéndose en un recorrido de unos 50.000 kilómetros por distintos continentes.
El arranque no fue fácil. Salir de España supuso días de sobreesfuerzo, agujetas, extravíos con el GPS y hasta una caída tonta en un prado nada más cruzar la frontera francesa que estuvo a punto de interpretarse como una señal para dar media vuelta.
Sin embargo, a partir del décimo día de rodaje continuo, el dolor de espalda y manos se disipó y la moto se convirtió en una extensión de su cuerpo. Al llegar a los Balcanes y abandonar la zona del euro, la adrenalina reemplazó al miedo.
Fue precisamente durante ese avance hacia el este cuando vivió uno de los episodios más críticos de toda su vida. En la frontera entre la India y Myanmar, atrapada en una pista de montaña completamente destruida por los desprendimientos y la humedad de la selva, Marta comenzó a caerse una y otra vez bajo el peso del equipaje.
Agotada y sobrepasada por la soledad de la montaña, rompió a llorar de forma desconsolada sobre el barro. "No puedo, no puedo, que me saquen de aquí, necesito llamar a emergencias", se repetía a sí misma presa de un ataque de pánico.
Pero en mitad del aislamiento comprendió que no había helicópteros ni rescates posibles; la única forma de salir era conduciendo y finalmente pudo arrancar la moto para poder salir de ahí.
La India fue el país más complejo y abrumador de su viaje. Tras tres meses recorriéndola de sur a norte para visitar la sede de la Fundación Vicente Ferrer, el choque cultural, la incomprensión de las dinámicas locales y el caos permanente la dejaron extenuada y fue el país en el que más emocionada estaba al entrar y el que más ganas tenía de irse al final.
Entre anécdotas surrealistas que recuerda, admite que "en muchos hoteles no admitían turistas" o "te despertaba un mono golpeando la ventana". Para Marta, fue un país que le desbordó y vio cosas que "no se ven en ninguna otra parte del mundo", admite.
Marta Insausti en la India
La pandemia
Cuando el viaje parecía discurrir según lo previsto tras cruzar el Sudeste Asiático, Nueva Zelanda y desembarcar en Chile, en marzo de 2020 la pandemia del coronavirus paralizó el planeta. Sorprendida por el cierre inminente de fronteras en Valparaíso, Marta actuó con rapidez.
A través de una red de contactos moteros, logró localizar a una chica chilena en las afueras de Santiago que se ofreció a guardar su moto en el garaje de su casa de campo. Conseguido un vuelo de emergencia directa a Madrid, regresó a España sin imaginar que aquel parón duraría dos largos años.
La segunda parte del viaje le permitió conocer una realidad muy diferente a la que estaba acostumbrada en España. Durante la pandemia escuchó historias de familias que habían tenido que pedir préstamos o hipotecar sus casas para poder afrontar los gastos derivados de una enfermedad y que, en algunos casos, habían perdido a familiares.
Aquellas experiencias hicieron que empezara a relativizar muchos de los problemas cotidianos. Marta considera que en España se vive con unas garantías que muchas veces no se valoran lo suficiente. “Vivimos en el primer mundo. Tenemos soluciones para todo", explica. Después de lo que vio durante sus viajes, asegura que empezó a pensar que “vivimos de puta madre”.
Marta Insausti
La experiencia también modificó su forma de entender a las personas. Después de convivir y conversar con gente de países muy diferentes, llegó a la conclusión de que existen muchas más cosas que unen a los seres humanos que las que los separan.
Para ella, viajar terminó siendo también una forma de recuperar la confianza en los demás. “Me ha devuelto la fe en lo que somos”, resume. Marta asegura que ha comprobado que el ser humano es bueno y que, pese a las diferencias entre sociedades, las necesidades básicas son prácticamente las mismas.
Una nueva Marta
Cuando mira hacia atrás, Insausti no se queda únicamente con los kilómetros recorridos. El viaje, asegura, también cambió su personalidad. “La Marta de ahora me gusta mucho más que la Marta de antes”, reconoce.
La mujer que volvió a Madrid después de aquella aventura tampoco tenía claro qué hacer con su vida profesional. Llegó a acudir a varias entrevistas de trabajo, pero rápidamente se dio cuenta de que no quería volver a la vida anterior.
Había descubierto que lo que realmente echaba de menos era precisamente aquello que había encontrado durante el viaje: el contacto con otras personas.
De esa necesidad nació El Almacén de Viajes, un espacio físico en el que Marta organiza encuentros relacionados con los viajes y en el que otros viajeros pueden contar sus experiencias.
La idea inicial no parecía rentable. Por eso decidió convertir el espacio en un proyecto híbrido, combinando sus propios eventos con el alquiler del local para empresas y celebraciones.
En uno de sus encuentros, por ejemplo, un viajero contó su recorrido por Asia Central en bicicleta mientras miembros de El Orden Mundial aportaban el contexto geopolítico de la región.
Marta Insausti en Nueva York
Marta cree que viajar sirve precisamente para eso: para aprender a observar. Se pregunta por qué en un país la gente tiene miedo, por qué en otro las personas se acercan a un desconocido o por qué determinadas sociedades son más abiertas que otras. Después, al conocer el contexto histórico y político, muchas de esas sensaciones adquieren sentido.
Su madre
Desde que terminó la vuelta al mundo, Marta no ha vuelto a emprender una aventura de dimensiones similares. Pero sí hizo un viaje con un significado especial.
Su padre había sido militar y estuvo destinado en el Sáhara antes de que ella naciera. Durante años, en su casa se habló de Kabu-Kubi, la zona que actualmente corresponde a Tarfaya. Su madre contaba historias de aquella época y Marta siempre había tenido pendiente conocer el lugar.
Después de que su madre falleciera durante la pandemia, decidió convertir aquel viaje pendiente en un homenaje. Se lo propuso a su hija y ambas cogieron la moto rumbo al Sáhara.
Llegaron hasta Tarfaya y después continuaron hacia El Aaiún. Su hija tuvo que regresar antes a España por motivos laborales, mientras que Marta volvió sola en moto. Fue una aventura mucho más pequeña que la vuelta al mundo, pero con un componente emocional que la hacía especial.
Ahora Marta mira de nuevo hacia el futuro. Le quedan algo más de dos años para jubilarse y, si mantiene la salud y la forma física, quiere volver a emprender un gran viaje.
Marta Insausti en Costa Rica
África es una de las posibilidades. Es el único continente que considera que no llegó a conocer durante su vuelta al mundo. Pero también tiene una ilusión que arrastra desde hace años: recorrer todo el Mediterráneo.
El problema es que hacerlo por tierra atravesando todos sus países costeros no resulta sencillo. La situación política de algunos de ellos convierte el proyecto en una aventura complicada. “Es un polvorín”, reconoce.
La madrileña reconoce que, con la edad, si uno se abandona empieza a querer quedarse en casa. Por eso intenta mantenerse activa, tanto física como mentalmente, y rodearse de estímulos que le permitan seguir teniendo sueños y aventuras.
El miedo actual
Después de superar un cáncer, un divorcio, una crisis empresarial, una pandemia y unos 50.000 kilómetros en moto, la pregunta parece inevitable: ¿queda algo que le dé miedo?
La respuesta de Marta no tiene que ver con una carretera peligrosa, una frontera o viajar sola. Su mayor miedo está mucho más cerca. “Tengo miedo a la demencia. Mucho miedo”, reconoce.
También teme llegar a una situación de dependencia y perder sus capacidades físicas o mentales. La vejez no le preocupa tanto como dejar de poder decidir sobre su propia vida. Por eso insiste en la importancia de mantenerse en forma y conservar la actividad mental.
Después de todo lo vivido, Marta Insausti no parece dispuesta a quedarse quieta. Tiene 62 años, una vuelta al mundo a sus espaldas y nuevos mapas todavía por descubrir.
La mujer que un día salió de Madrid pensando que solo estaría un mes fuera terminó recorriendo 50.000 kilómetros. Ahora vuelve a mirar el mapa, esta vez con África y el Mediterráneo en el horizonte.
