A los 18 años, Martín Marcos Alegre tuvo que dejar atrás una parte de la vida que le había acompañado desde que tenía cinco años. Durante más de una década, el karate había marcado sus rutinas, sus fines de semana y buena parte de sus vacaciones.
Entrenamientos de varias horas, viajes a Madrid y competiciones nacionales formaban parte de su día a día, tanto es así que "solo salía de casa para competir". Al mismo tiempo, en las aulas de su instituto de Jaraíz de la Vera, en Cáceres, descubría otra pasión: la Física y las Matemáticas. Cuando llegó el momento de elegir carrera, apostó por las dos.
Entró en el doble grado de Física y Matemáticas de la Universidad Complutense de Madrid con un 13,5 de nota de admisión y como deportista de alto rendimiento. Ahora, tres años después, está a punto de comenzar cuarto curso y reconoce que la carrera ha cambiado por completo su forma de estudiar, de organizarse e incluso de entender las Matemáticas. "No tengo nada que ver con la persona que era hace tres años", asegura.
Martín tenía claro desde pequeño que quería estudiar Física. Los libros de divulgación científica y los vídeos de internet despertaron una curiosidad que se mantuvo durante su adolescencia. Cuando llegó Bachillerato descubrió que las Matemáticas también le apasionaban y decidió unir ambas disciplinas. "Desde que era bastante pequeño quería estudiar Física, completamente Física", recuerda.
El doble grado se convirtió en su primera opción. Después situó las carreras de Física y Matemáticas por separado, pero finalmente consiguió entrar en el programa que buscaba. Su elección no fue fruto de una decisión repentina: llevaba años disfrutando de las dos materias y veía en el doble grado una manera de profundizar en ellas.
El acceso
El acceso tampoco fue sencillo. Actualmente, la nota de corte del doble grado se sitúa cerca del 14, aunque cuando Martín se presentó a la EBAU consiguió entrar con un 13,5 gracias, entre otras circunstancias, a su condición de deportista de alto rendimiento.
No necesitaba sacar una nota tan elevada como otros estudiantes porque contaba con ese margen adicional, pero el esfuerzo seguía siendo considerable. "No tenía tantísima presión, quizás, como pueda tenerla alguien que tiene que sacar prácticamente un 14", reconoce.
Durante Bachillerato dedicaba unas dos horas y media o tres al estudio, además de las horas de clase, y alrededor de cuatro horas al entrenamiento cuando la competición lo exigía. Muchos fines de semana viajaba para competir o se desplazaba a Madrid para entrenar.
"En Bachillerato prácticamente no salía de casa salvo para competir o para ir al gimnasio", recuerda. La carga era importante, pero había una diferencia fundamental: tanto estudiar como entrenar le gustaban. "Casi que estudiaba un poco por gusto".
Las matemáticas
Cuando comenzó el doble grado descubrió que la carrera no se parecía tanto a lo que había imaginado. En el instituto estaba acostumbrado a resolver problemas y aplicar procedimientos. En la universidad tuvo que aprender una forma completamente diferente de enfrentarse a la materia: las demostraciones y el razonamiento abstracto.
"Esperaba encontrarme algo del estilo de cómo son las Matemáticas en Bachillerato. Resolver problemas", explica. La realidad fue distinta. De repente tenía delante demostraciones que no sabía ni por dónde empezar.
Aquella sensación inicial terminó convirtiéndose en una de las partes que más disfruta de la carrera y con el tiempo aprendió a orientarse dentro de esas demostraciones y a buscar la lógica que las conecta. "Es como si estuvieras en una especie de laberinto y tuvieras que ser capaz de orientarte y ver cómo tiene que ser la demostración", confiesa.
El cambio fue especialmente duro durante el primer curso. Las asignaturas algebraicas fueron algunas de las más complicadas, precisamente por la exigencia de realizar demostraciones de manera rigurosa. También menciona Topología o Geometría Diferencial como materias consideradas difíciles, aunque en su caso tuvo una buena experiencia con los profesores.
Paradójicamente, algunas de las asignaturas que más le costaron terminaron siendo también de las que más le gustaron. "Luego con el tiempo es muy bonito", afirma sobre las Matemáticas. Entre sus favoritas sitúa Geometría Diferencial, además de Óptica y Física Estadística.
Estudiar
La exigencia del doble grado también obliga a cambiar los hábitos. Martín considera que no es una carrera que pueda sacarse estudiando únicamente durante los periodos de exámenes.
"Yo creo que es necesario estudiar todos los días", afirma. No se trata necesariamente de pasar cada jornada durante horas delante de los apuntes, sino de mantener el ritmo. "Hay que llevarlo al día. Si lo dejas para exámenes, yo creo que es inviable sacarlo", admite.
La razón, explica, es que buena parte de los conocimientos se necesitan posteriormente para comprender otras asignaturas. "Si algún año apruebas simplemente haciendo ejercicios tipo y demás sin entender un mínimo, te queda la asignatura. Luego, cuando necesites usar esos conocimientos, no vas a saber nada".
Por eso recomienda a quien quiera acceder al doble grado que tenga paciencia y, sobre todo, que no se desanime durante el primer año. "Al principio es complicado, es duro", advierte. Pero también tiene claro que merece la pena para quien realmente disfruta de estas disciplinas: "Si de verdad le gusta y está dispuesto a trabajar, vale mucho la pena".
Sus compañeros
Otra de las grandes diferencias que experimentó al llegar a la universidad fue el perfil de sus compañeros. Martín procede de Jaraíz de la Vera, un pueblo de alrededor de 6.000 habitantes y pasó de destacar académicamente en su entorno a compartir aula con estudiantes que habían obtenido algunos de los mejores expedientes de Bachillerato.
"Yo no he conocido gente así en mi vida. Es impresionante", recuerda sobre sus primeros meses. El cambio podía resultar abrumador, pero también se convirtió en un estímulo para mejorar.
Lejos de encontrarse con un ambiente de rivalidad constante, Martín destaca la relación entre los alumnos. La competitividad existe, pero la considera sana y, sobre todo, acompañada de colaboración. "Nos ayudamos entre todos", asegura. Quedan para resolver dudas, avanzar juntos y explicar a los demás aquello que uno ha entendido.
También destaca que muchos de sus compañeros tienen intereses que van más allá de las ciencias. "Es gente que tiene muchos intereses en muchos ámbitos", explica. Filosofía, literatura o cine pueden formar parte de las conversaciones entre ellos.
Kárate
Antes de convertirse en estudiante universitario, Martín había construido una importante trayectoria deportiva. Empezó a practicar kárate con apenas cinco o seis años y después comenzaron las competiciones.
Primero llegaron los campeonatos regionales y, posteriormente, los nacionales. Con el paso del tiempo empezó a viajar a Madrid para entrenar y a competir en campeonatos de España, ligas nacionales, pruebas por equipos y competiciones individuales.
También consiguió resultados destacados en su categoría. Entre ellos, varias medallas nacionales y una participación en la Serie A, una competición del circuito mundial, donde obtuvo un buen resultado pese a competir con apenas 15 o 16 años.
Martín Marcos Alegre en una competición nacional de Kárate
Uno de los momentos que recuerda con mayor orgullo fue el Campeonato de Extremadura de Clubes Senior que disputó justo antes de la EBAU. El equipo tuvo poco tiempo para entrenar conjuntamente, pero terminó consiguiendo una medalla.
"Pasar a tener resultados decentes para estar en un pueblo, porque eran buenos resultados, estar entre los 20 típicos mejores del país, al final, viniendo de un pueblo, pues eso es un orgullo".
Pero la universidad terminó obligándole a tomar una decisión. Mantener el nivel de entrenamiento necesario para competir y, al mismo tiempo, responder a las exigencias del doble grado resultaba prácticamente imposible.
Cuando empezó la carrera dejó de competir. El cambio le costó, en parte porque el deporte había ocupado durante años prácticamente toda su vida. "La mayoría de mi vida era la competición, los entrenamientos y más", recuerda.
Durante los primeros meses incluso tuvo dificultades para acostumbrarse a entrenar sin la presión de la competición. Con el tiempo, sin embargo, empezó a mirar su etapa deportiva con mayor distancia y orgullo.
La disciplina
El deporte también dejó una huella evidente en su forma de afrontar los estudios. Martín se considera una persona disciplinada, aunque reconoce que esa disciplina no se trasladaba de igual manera a todas las facetas de su vida.
Martín Marcos Alegre practicando Kárate
"Creo que soy una persona disciplinada porque lo he sido con el karate", explica. La carrera, sin embargo, le ha obligado a trasladar esa capacidad de organización a otros ámbitos.
En la universidad ha tenido que aprender a administrar un tiempo que no sobra. Durante estos tres años, además de las clases, laboratorios y horas de estudio, ha trabajado como portero unas 20 horas al mes en la residencia en la que vivía.
El resultado es poco tiempo libre. Cuando lo encuentra, suele salir a correr, ir al gimnasio, ver alguna película o leer. También ha empezado a interesarse más por el cine durante los últimos años.
A pesar de la exigencia, Martín no considera que la carrera le haya obligado a renunciar completamente a su vida social. Buena parte de sus amigos se encuentran precisamente en la universidad y, en cierto modo, las horas de estudio también se convierten en tiempo compartido con ellos.
"No se lleva tan mal como suena", explica. Hay momentos de saturación, especialmente cuando se acumulan los trabajos, los exámenes y las pocas horas de sueño, pero también encuentran momentos para desconectar juntos.
Investigación como futuro
Aunque todavía le quedan dos años para terminar el doble grado, Martín ya tiene una idea bastante clara de hacia dónde quiere dirigir su futuro profesional.
Martín Marcos Alegre tras ganar dos medallas nacionales
La investigación es su principal objetivo. Le interesan especialmente los materiales y se plantea continuar su formación con un máster relacionado con ese ámbito. Después, no descarta trabajar tanto en la universidad como en una empresa privada.
Ya ha tenido contacto con algunos grupos de laboratorio de la universidad y ha podido conocer de cerca los proyectos en los que trabajan. Esa experiencia ha reforzado su interés por continuar por esa vía.
Tampoco descarta marcharse al extranjero para estudiar o trabajar. Considera que puede ser una buena oportunidad si encuentra allí una especialización que encaje con sus intereses, aunque todavía no ha tomado una decisión.
"No lo descarto porque también me llama la atención y porque creo que podría haber más salidas", explica. Su futuro, por ahora, sigue abierto.
Pero hay algo que sí tiene claro: quiere seguir aprendiendo. Y, después de tres años en uno de los dobles grados más exigentes, su consejo para quienes quieran seguir sus pasos es sencillo: paciencia, determinación y no rendirse ante el primer choque.».
