Mientras la mayoría de los adolescentes aprovechan el verano para descansar, Valentina, Carlos, Nuria, Yilin, Ricardo y Jorge pasaron 48 horas prácticamente sin dormir diseñando una ciudad espacial del futuro.
Los madrileños lo hicieron a miles de kilómetros de casa, en Florida, rodeados de algunos de los jóvenes con más talento científico del mundo y bajo la mirada de antiguos ingenieros de la NASA, astronautas y expertos del sector aeroespacial.
Su destino era la final de la International Space Settlement Design Competition (ISSDC), celebrada junto al Centro Espacial Kennedy, donde llegaron tras superar las fases española y europea de un concurso que simula el funcionamiento real de una gran empresa aeroespacial.
Al empezar la competición recibieron el documento que marcaba el reto de esta edición. La misión era diseñar una infraestructura móvil interplanetaria capaz de convertirse en la columna vertebral del transporte del sistema solar.
Su propuesta debía permitir mover mercancías entre asentamientos espaciales ya existentes y, al mismo tiempo, funcionar como un crucero galáctico para el turismo espacial, con zonas de ocio, espacios habitables durante largas estancias y actividades recreativas para civiles, todo ello con soluciones tecnológicas viables y un modelo económico sostenible.
"Trabajamos como compañías ficticias con estructuras muy parecidas a las de una empresa de verdad, con presidentes, departamentos y responsables. Nuestro objetivo era diseñar la mejor base espacial posible según lo que nos pidieran", explica Carlos, de 18 años y exalumno del Colegio San José del Parque.
Valentina Silva, de 16 años y estudiante del Alameda International School, lo resume: "Nos dieron un documento con los requerimientos y teníamos que construir una infraestructura espacial completamente desde cero".
Carlos y Valentina.
Los caminos de ambos para llegar a la competición fueron muy distintos. Carlos llegó casi por casualidad: "Me enteré gracias a mi colegio. Nos propusieron apuntarnos y no sabía muy bien lo que era. Hicimos la fase española y nos fuimos metiendo poco a poco en este mundo".
Valentina, en cambio, llevaba un tiempo esperando cumplir la edad mínima para participar. "Lo encontré por mi cuenta cuando todavía no tenía ni 15 años. En cuanto pude apuntarme fui a la competición y este año he podido volver".
En ambos casos había un denominador común: la fascinación por el espacio. "Siempre me ha encantado. De pequeño quería ser astronauta", reconoce Carlos.
"Lo bonito de esta competición es que te obliga a pensar en tecnologías que todavía no existen. Los proyectos están planteados para el futuro y te hacen ir mucho más allá de lo que conocemos hoy", añade.
Valentina tampoco duda hacia dónde quiere orientar su futuro. "Siempre me interesaron la astronomía, las matemáticas y la tecnología. Además, me encanta organizar equipos y conseguir que todo funcione aunque cada persona esté haciendo una tarea distinta".
Clasificarse para la final internacional fue uno de esos momentos que ninguno olvidará. "No pude chillar porque estaba en un autobús, pero lo habría hecho", recuerda entre risas Carlos. "El año pasado me quedé en la fase europea y tenía esa espinita clavada. Cuando salió el listado fue una alegría inmensa".
Valentina también conocía bien la sensación. "Me puse muy feliz porque sabía lo que significaba volver a vivir esa experiencia y conocer gente nueva de tantos países".
Llegar hasta Florida no era sencillo. Antes tuvieron que superar la fase española, en la que participaron alrededor de 180 estudiantes, y después destacar en la final europea para convertirse en dos de los seis representantes madrileños.
Una empresa espacial
Lejos de ser un concurso tradicional, la ISSDC reproduce el funcionamiento de una gran compañía aeroespacial. "Es como una licitación real", explica Carlos. "Hay una organización que plantea el proyecto y varias compañías presentan su propuesta. Hay que resolver cuestiones presupuestarias, técnicas y organizativas".
El proyecto de este año obligó a los participantes a pensar como auténticos ingenieros del futuro. En apenas 48 horas, los equipos tuvieron que desarrollar una propuesta completa que abordara desde los sistemas de misión y las infraestructuras críticas hasta la viabilidad económica, la planificación de operaciones o la experiencia de los futuros viajeros.
Dos de los seis madrileños en una charla.
Los seis españoles quedaron repartidos en compañías internacionales junto a estudiantes de China, India, Sudáfrica, Reino Unido, Alemania y distintos países de América. Este año ellos formaron parte de Grumbo, donde asumieron puestos de responsabilidad y participaron en departamentos estratégicos como sistemas de misión e infraestructuras.
Las primeras horas estuvieron marcadas por las diferencias culturales y el idioma. Pero, explican que pronto dieron paso a un "auténtico laboratorio internacional de ideas". Las jornadas se alargaban hasta tarde en la noche entre reuniones, planos, cálculos y revisiones constantes del proyecto para cumplir con todos los requisitos.
Mantener la calma
Si algo creen que les permitió llegar tan lejos fue su manera de trabajar con otras personas. "Nunca sabes exactamente en qué se fijan los evaluadores, pero diría que mantener la calma cuando todo va deprisa fue una de mis fortalezas", asegura Carlos,
Valentina destaca otra faceta: mantener unido al equipo. "Saltaba constantemente de una llamada a otra animando a la gente, comprobando que todo iba bien y ayudando a reorganizar el trabajo cuando hacía falta".
Figura de astronauta en el Centro Espacial.
Llegar al Centro Espacial Kennedy tenía un significado especial para ambos. "Es un orgullo porque estamos representando a España y Europa", dice Valentina. "También sirve para demostrar que a los jóvenes sí nos interesa la tecnología y queremos dedicarnos a ella".
Para Carlos, competir allí era casi simbólico. "Es donde empezó el gran desarrollo espacial. En España y Europa también tenemos esas ganas de llegar al espacio, de participar en proyectos grandes y de seguir avanzando en este sector".
Más allá de la competición, ambos coinciden en que lo más valioso fue convivir durante varios días con estudiantes de todo el mundo. "Lo que más ilusión me hacía era trabajar con personas con metodologías completamente diferentes", afirma Carlos. "Ver cómo piensan jóvenes de otros países es una experiencia que te llevas para siempre".
Futuro espacial
La experiencia no ha hecho más que confirmar sus planes. En septiembre, Carlos comenzará Ingeniería Aeroespacial en la Universidad Politécnica de Madrid y sueña con trabajar algún día en la Agencia Espacial Europea.
Valentina también quiere estudiar Ingeniería Aeroespacial y completar su formación con un máster en Ingeniería Robótica. "Creo que puedo llegar. Si una persona se marca un objetivo claro, puede conseguirlo".
Tras dos jornadas de trabajo, entregaron sus proyectos a primera hora de la mañana antes de defenderlos durante 40 minutos ante un jurado formado por referentes de la industria aeroespacial, entre ellos la astronauta Nicole Stott.
Los integrantes de la delegación española asumieron la portavocía de sus equipos durante las exposiciones, defendiendo complejos sistemas de ingeniería y respondiendo con solvencia a las preguntas técnicas de los jueces.
Finalmente, la compañía Rockdonnell ganó en una edición igualada. Los representantes españoles, integrados en Grumbo, regresaron a España sin el primer premio, pero con el reconocimiento de haber tenido una actuación sobresaliente en toda la competición.
Valentina resume la experiencia con una frase que va más allá de un trofeo: "En esta competición no ganas o pierdes. Ganas o aprendes... y muchas veces consigues las dos cosas".
