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Las claves

El número 12 de la calle Santa Ana es desde hace más de 50 años refugio de los mejores acordes de Madrid. La cuesta que lleva hacia la tienda de Iván Manzanero merece el recorrido que termina en la guitarrería de uno de los últimos luthiers españoles.

Alrededor todavía resisten algunos de esos comercios que le imprimen al barrio su esencia vintage: un taller de bordados, una tienda de antigüedades, un ceramista. "Antes era como un pueblecito", resume Iván.

Ahora reconoce que el turismo y los apartamentos vacacionales han cambiado por completo la zona: "Están fastidiando un poquito el barrio, las tiendas y comercios están desapareciendo".

El taller de guitarras Manzanero Fernanda Villavicencio EE

El taller de Manzanero conserva el olor de las maderas añejas, el silencio de los oficios artesanos y esa forma de trabajar que 'no ha cambiado' desde que su padre abrió el negocio.

Nada más pasar la puerta, el espacio se tiñe de colores marrones y ocres. Sobre una de las mesas de trabajo descansa uno de los materiales más preciados del taller: el palo santo de Brasil: "Esta es la madera más cara que hay, ya no se puede cortar porque en el año 82 u 84 se prohibió la tala. Solo estas dos tablitas para los aros cuestan unos 600 o 700 euros y las del fondo otros 800. El juego de madera en bruto para una sola guitarra, unos 1.600 euros, aquí tenemos maderas guardadas desde 1972".

Con ese material, señala, se hacen las guitarras destinadas a profesionales y que cuestan 10.000 o 12.000 euros: "Todo, todo se hace a mano"

La pasión que Iván cuenta con muchísimo detalle no comenzó con él, sino con su abuelo, que era guitarrista: "Tocaba en el antiguo Molino Rojo de Lavapiés, en el número 16 de la calle Tribulete. Mi padre iba a escucharlo con solo 10 años y le daban la vuelta para que no viera a las mujeres bailar en el cabaret".

Félix, fundador de la tienda, empezó con apenas 14 o 15 años como aprendiz en el histórico taller Ramírez: "Entró barriendo el taller, como se hacía antes. Luego fue aprendiz, oficial de tercera, de segunda y de primera. Estuvo unos quince o dieciocho años aprendiendo allí y después montó su propio taller, en 1963".

Ganó numerosos premios internacionales (como el Primer Premio de Acústica en Tarbes) y llegó a reunir una colección privada de más de cien guitarras históricas de los siglos XVIII al XX: "Un ejemplo a seguir", relata Iván.

Sin embargo, él mismo recorrió muchos caminos antes de llegar a la tienda de guitarras de su padre: se dedicó a la ilustración, al retoque fotográfico, a la cerámica, a la escultura y a la pintura: "Dejé todo lo demás y me dediqué a esto". Hoy calcula que lleva quince años al frente del negocio al cien por cien.

30 días

Esa dedicación tiene un resultado muy escrupuloso: 30 días de trabajo, 8 horas al día, para lograr una guitarra profesional: "Solo el mosaico decorativo que rodea la boca puede requerir semanas de trabajo".

"Hay guitarras que llevan unas 8.500 piezas: nos podemos tirar un mes entero haciendo el mosaico, ya que la única máquina ‘más moderna’ es una sierra de corte y otra que rebaja el grosor de la madera. Todo lo demás sigue siendo manual", explica Iván.

Rincón familiar Fernanda Villavicencio EE

En una esquina de la tienda se conservan, a una temperatura y una humedad medidas cada día, las piezas más especiales de la familia. Entre ellas, un ukelele construido por su padre en los años cincuenta: "Con ese ukelele le pidió la mano a mi madre. Lógicamente dijo que sí, porque si no yo no estaría aquí", sonríe.

También guarda dos guitarras conmemorativas que su padre construyó tras cumplir cincuenta años fabricando instrumentos y fotografías que resumen toda una vida dedicada al oficio.

Otra de las historias que más emociona a Iván es la de una guitarra construida cuando su padre era oficial de primera en casa Ramírez.

Aquella pieza terminó en manos del embajador de Estados Unidos porque el dinero era necesario para poner en marcha su propio negocio. Décadas después, el diplomático se la hizo llegar de nuevo a los Manzanero: "Cuando falleció la esposa del embajador, como sabía de quién era esa guitarra y para quién la había hecho mi padre, la envió de vuelta con un pañuelo de seda".

Además de los instrumentos construidos por su padre, Manzanero conserva una de las colecciones privadas de guitarra española más importantes del mundo. Reúne 137 piezas de distintos constructores españoles, entre ellas una guitarra del luthier madrileño Lorenzo Alonso fechada en 1785, la más antigua de toda la colección.

Solo una parte puede verse en el taller; el resto permanece cuidadosamente guardado y entre las piezas más valiosas destaca una guitarra construida por Antonio de Torres, en 1864, valorada en unos 80.000 euros.

Iván en el taller Fernanda Villavicencio EE

Paco & compañía

Por la guitarrería han pasado algunos de los nombres más importantes de la guitarra española y del flamenco. Paco de Lucía llegó a tener dos guitarras construidas por su padre.

Pepe Habichuela grabó junto a Josemi un especial por sus 80 años en el local de los Manzanero. Antonio Carmona continúa hoy visitando el taller y Toquinho seguía encargando instrumentos siempre que tenía escala obligada en Madrid: "Entraba aquí, se metía en el fondo, elegía una guitarra y se ponía a tocar. En muchos casos, los clientes se vuelven amigos".

Una de las visitas de Pepe Habichuela Instagram G. Manzaneros EE

Entre todas las anécdotas recuerda especialmente la visita de un cliente que, a priori, era un desconocido. Venía de probar guitarras en otros talleres y nada más entrar dijo: "Quiero la mejor guitarra que tengas". Iván le enseñó una de las últimas construidas por su padre, valorada en unos 12.000 euros.

El cliente apenas tocó unos acordes antes de empezar a señalar pequeñas imperfecciones en distintos trastes, detalles prácticamente imperceptibles para cualquiera. Iván los corrigió y el hombre regresó al día siguiente.

La guitarra había mejorado, pero todavía encontró otros pequeños puntos que ajustar: "Bien, pero en la cuerda dos, el traste cuatro, noto algo en el traste 7 de la cuarta cuerda y en el de la quinta el traste 10…"

Tras una tercera visita y un último repaso, quedó satisfecho. Solo entonces, cuando ya se había marchado, Iván miró la factura y descubrió que aquel oído extraordinario pertenecía a un reconocido director de orquesta.

El futuro

Iván se resiste a pensar que el oficio esté condenado a desaparecer: "Cada vez quedamos menos, ahora mismo somos cuatro constructores nada más". Ese nivel de detalle y la dedicación exclusiva a cada instrumento también le garantizan el trabajo.

Una de las guitarras en proceso de fabricación Fernanda Villavicencio EE

Reconoce que "no se puede quejar", pero le preocupa la falta de relevo: "La pena de este oficio es que no hay escuela. O aprendes de padres a hijos o por tu cuenta, que es mucho más difícil".

El brillo que desprenden sus ojos al hablar de su padre y la historia que encierra cada guitarra le traen muchas imágenes y anécdotas para incluir en más de un artículo. Iván recuerda que, "a pesar de estar malito y fallarle la vista", Félix venía al taller y aún le corregía: "Algo estás haciendo mal; suena por el sonido que va... Afila la herramienta", recuerda que le decía su padre.

Ahora, con 60 años recién cumplidos, Iván no piensa en jubilarse: "Aquí estoy muy a gusto, es un oficio que me encanta y que disfruto cada día".