Las claves
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Dicen que España es un país de países. Una nación que engloba a muchas pequeñas naciones. Territorios muy diferentes unidos entre sí y separados por unos pocos kilómetros. Y sociedades muy diversas conviviendo incluso en una misma región. Con orígenes muy diferentes y una gran diversidad. Porque poco tienen que ver un catalán con un andaluz o con un vasco. ¿Y con un madrileño?
Las personas que residen en la región que hace de eje central en España tienen una naturaleza y una idiosincrasia muy propia. Incluso aquellos que no son nacidos en Madrid, pero que residen en la capital, se terminan convirtiendo en 'madrileños de pro'. Y es que madrileño no solo se nace, también se hace.
Para las personas que miran esta circunstancia desde fuera es muy fácil identificar que los madrileños tienen una personalidad muy especial y particular. Sin embargo, es complicado analizarla en profundidad y en detalle. Aunque para muchos hay un denominador común que define al madrileño medio. Se trata de una cierta chulería innata.
Una cuestión que no es baladí, ya que tiene un origen histórico que incluso ha sido estudiado por grandes expertos en la mente humana y en el conocimiento de las sociedades. Es lo que le sucedía, por ejemplo, a Ortega y Gasset, quien ya hablaba de esta chulería propia de los madrileños como algo natural, ya que el simple hecho de estar en el centro de España te lleva a tener ese deseo de protagonismo involuntario.
Y es que, de manera inevitable, en todo el país se ve a los madrileños como los más chulos. Un tópico forjado con el paso de los años y que tiene su origen histórico consolidado en el siglo XIX, cuando se popularizó el concepto de 'chulapo' con expresiones tan conocidas como "más chulo que un ocho".
¿Por qué los madrileños son los más chulos?
No hay una base científica que respalde este tópico, pero sí hay un bagaje histórico que sirve para dar contexto a esta tradición que ha ido pasando de generación en generación. Lo cierto es que no hay manera de confirmar que esto sea así, a pesar de que sea un pensamiento muy extendido.
Para muchos, el origen histórico de esta percepción está en el término 'chulapo', que se refiere a la figura popular madrileña del siglo XIX, muy orgullosa de su forma de vestir, su lenguaje y su actitud segura. Es por eso que muchas personas identifican este carácter con personas casi fanfarronas.
Esa mezcla de orgullo, elegancia popular y descaro hizo que "chulo" pasara de ser un adjetivo sobre un tipo de vestimenta y actitud a convertirse en un apodo casi general para los madrileños. A este contexto histórico se le añade la leyenda del tranvía de Madrid que llevaba a los chulapos y chulapas a las verbenas de San Isidro, San Antonio y la Paloma y que, curiosamente, era el del número 8. Por ello se decía "más chulo que un ocho".
Esta idea terminó calando en la sociedad española. Y hoy, en muchos sondeos y estudios de opinión, los madrileños se sitúan como uno de los colectivos más descritos como "chulos", "prepotentes" o "sabelotodo", tanto entre turistas como entre otros españoles.
Parte de esa imagen también se explica por la posición de Madrid como capital política, económica y mediática, que proyecta una imagen de ciudad dinámica, competitiva y algo "engreída", lo que refuerza el estereotipo a nivel nacional. Un estereotipo del que no solo ha hablado históricamente el pueblo llano, sino también grandes eminencias como el ensayista Ortega y Gasset.
El exponente principal de la teoría del perspectivismo y de la razón vital e histórica dentro del novecentismo hablaba del concepto de 'Madrid-centrismo', asegurando que existía una cierta megalomanía cultural intrínseca a la capital. Estar en el centro de todo se llevaba a la máxima expresión, no solo a una mera cuestión geográfica.
El filósofo analizó el casticismo madrileño como una mezcla de orgullo local, sentimiento de estar en el centro del mundo y una especie de "chulería" mental, en la que Madrid se imagina más que el resto de España, casi sin necesidad de mirar al exterior.
No obstante, el madrileño, fallecido en 1955, desmontaba la arrogancia intelectual de su propia ciudad, pero también reconocía un símbolo de cierta "chulería cultural", ya que afirmaba que el madrileño se siente con derecho a mandar, opinar y sentirse superior, no por méritos objetivos, sino por ocupar el centro político y simbólico del país.
De hecho, estudios posteriores basados en su figura incluso reconocían esa chulería intrínseca en el propio Ortega y Gasset, explicando que ni el conocerla permite huir de ella.
