Hay objetos que para unos son trastos y para otros pueden convertirse en piezas de colección. Esa diferencia es precisamente la que busca Jesús (en redes @cazatesoros_world), un físico de 36 años que recorre mercadillos y rastros en busca de objetos antiguos que puedan tener un valor que sus vendedores desconocen o simplemente no necesitan.
No se dedica profesionalmente a ellos, pero lleva años convirtiendo esa afición en una búsqueda casi semanal. Todo empezó en Bélgica, después de terminar la carrera de Física, Jesús se marchó al país y un amigo le invitó a un 'brocante', el nombre que reciben allí los mercadillos de segunda mano.
Le gustó la idea de que particulares sacaran sus propias pertenencias a la calle para venderlas y decidió comprar una pequeña caja de monedas por cinco euros. Después consiguió venderla por más dinero. Aquella primera operación despertó su interés y desde entonces intenta acudir a algún mercadillo prácticamente todos los domingos.
Ahora lleva cuatro años en Madrid y El Rastro es uno de sus destinos habituales. También acude al mercadillo de Navacerrada, aunque asegura que sus favoritos son otros que quedan fuera de la capital.
"Los más guerrilleros son los del sur", cuenta al hablar de los mercadillos de la zona de Murcia y Alicante, como los de San Javier, a los que intenta acudir cuando puede.
Una tortuga que Jesús compró.
Su búsqueda no consiste tanto en acudir con una lista concreta como en saber reconocer aquello que se sale de lo habitual. "Busco objetos que no sean muy típicos", explica. Entre sus piezas favoritas están los cuadros antiguos, principalmente los retratos del siglo XIX.
En Madrid, asegura, todavía es posible encontrar obras interesantes si se sabe dónde mirar y, sobre todo, si se madruga. "Hay que ir antes de que pongan los puestos", señala. El momento en el que los vendedores están empezando a colocar la mercancía puede marcar la diferencia para quien busca una pieza concreta.
Pero también recomienda lo contrario, ir cuando termina la jornada. Por la tarde, cuando los vendedores empiezan a recoger, algunos están dispuestos a rebajar el precio para evitar tener que cargar de nuevo con los objetos que no han vendido.
El Rastro
El Rastro, además, permite encontrar prácticamente de todo. Jesús habla de muñecas antiguas de porcelana francesa o alemana, juguetes, coches de colección, cuadros y objetos que durante años han podido permanecer en una casa sin que sus propietarios conozcan su valor.
Una de sus historias favoritas comenzó precisamente con una muñeca que estaba tirada en una caja. La vio, le dio la vuelta y encontró una marca que le llamó la atención. El vendedor le pidió tres euros por ella y Jesús decidió comprarla y posteriormente la puso en una subasta, el precio terminó alcanzando los 250 euros.
"Cuando empiezas no sabes cuánto valen realmente los objetos pero te van sonando", explica. Esa experiencia acumulada es la que, según cuenta, le permite reconocer cada vez mejor determinados objetos, aunque no siempre acierta.
También le ha ocurrido comprar un cuadro y descubrir después que la firma que aparecía en él había sido añadida posteriormente, en este caso el objeto costaba menos de lo que el creía.
Entre los objetos más extraños que ha encontrado recuerda un ataúd y cajas con dientes que habían pertenecido a antiguos dentistas. Lejos de pensar que algo así no tendría comprador, explica que existe prácticamente un coleccionista para cualquier cosa. “Lo que decimos que es basura o tesoro puede ser el tesoro para algunos”, resume.
Esa variedad es precisamente una de las partes que más le atraen de los mercadillos. No solo se trata de encontrar algo que pueda venderse por más dinero, sino de descubrir qué objetos tienen detrás una historia o un público dispuesto a buscarlos.
De 300 a 1.500 euros
Su hallazgo más rentable fue en Francia. Allí compró unos mapas antiguos de España divididos por comunidades y realizados por un cartógrafo conocido.
La operación tampoco fue sencilla: el vendedor intentó modificar el precio durante la negociación y Jesús terminó pagando 300 euros por el conjunto, aunque inicialmente se había planteado una cifra inferior.
Después consiguió vender todos los mapas por 1.500 euros. El comprador fue un catedrático de Historia que los necesitaba para completar un estudio. Para Jesús, el interés de la operación va más allá de la diferencia entre el precio de compra y el de venta.
“No es solo que me gusten las antigüedades, es coger cosas de sitios y hacerlas llegar a gente que las quiere”, explica. Internet ha ampliado precisamente esa posibilidad: las plataformas de compraventa y las subastas permiten encontrar compradores mucho más allá del lugar donde se ha encontrado una pieza.
Para él, Wallapop y otras páginas funcionan en cierto modo como “el Rastro online”. Un vendedor puede poner un objeto a la venta con un solo clic y llegar a personas que están buscando exactamente esa pieza. Para los coleccionistas, además, estas plataformas facilitan la búsqueda de objetos concretos sin tener que recorrer físicamente decenas de mercadillos.
Jesús utiliza también las subastas para dar salida a algunos de sus hallazgos. Su intención habitual es vender lo que compra, aunque hay excepciones. En su casa conserva una mano de Buda de bronce que adquirió inicialmente con la intención de revenderla. Le gustó tanto que decidió quedársela.
“Te encariñas con lo que compras”, reconoce. Con los cuadros la situación es diferente, es uno de los objetos en los que más se está especializando y ha empezado a acumular obras hasta el punto de necesitar un trastero para guardarlas. Prefiere mantenerlas a buen recaudo y no tenerlas todas en casa.
Los precios del Rastro
Encontrar un objeto interesante no significa necesariamente que vaya a ser una buena compra. Una parte importante de su estrategia consiste en controlar el precio al que adquiere las piezas para reducir el riesgo de la posterior venta.
Jesús reconoce que regatea en el Rastro, algo que considera parte de la dinámica de este tipo de mercados. Cuando compra muchas cosas, explica, pequeñas rebajas pueden acabar teniendo un efecto importante en el conjunto de la operación. Sin embargo, hay ocasiones en las que decide no negociar.
“Cuando he visto algo que sé que se va a vender bien, no regateo”, asegura.
La razón es sencilla: si considera que el objeto tiene suficiente potencial, prefiere cerrar la compra antes de que otro comprador se adelante. Esa es también una de las situaciones que más polémica le ha generado entre quienes siguen su actividad en redes sociales y ha reunido una comunidad especialmente amplia en Instagram.
El mercadillo de Las Rozas.
Pero el propio Jesús reconoce que cada vez resulta más difícil encontrar esas oportunidades en El Rastro. En su opinión, los precios de algunos puestos se han alejado de lo que busca alguien que pretende comprar para después vender.
“Por algo que cuesta 50 en Wallapop en el Rastro te pueden pedir 100”, explica. A su juicio, la situación resulta especialmente complicada en el mercado madrileño. “El Rastro de Madrid siempre me ha gustado, pero se está poniendo cada vez más complicado. Los precios están imposibles”, asegura.
No cree que el fenómeno se explique únicamente por la popularidad que han adquirido en redes sociales los vídeos de personas buscando tesoros entre objetos de segunda mano. Para él, el problema va más allá: “El de Madrid es una locura”.
Por eso sigue buscando en otros lugares. Mercadillos más pequeños, vendedores particulares, páginas de segunda mano, subastas y, especialmente, Francia, donde su trabajo le facilita el contacto con un mercado que considera interesante.
El objetivo sigue siendo el mismo que aquel primer domingo en Bélgica: mirar entre objetos que otros ya no quieren y tratar de descubrir si, escondido entre ellos, hay algo que alguien todavía está buscando.
