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Las claves

Lo que hace unos años era un servicio reservado para unas pocas parejas se ha convertido hoy en una pieza casi imprescindible en muchas bodas.

Detrás de esa transformación está el auge de las wedding planner, un sector que, aunque vive un momento de expansión, también esconde una cara menos glamurosa de lo que muestran las redes sociales.

Claudia Martín lo sabe bien. Es fundadora de Entre Tonos Pastel, lleva más de doce años en el sector, ha organizado unas 200 bodas por toda España y también forma a nuevas profesionales del sector.

Desde su academia intenta desmontar la imagen idealizada de la profesión y mostrar la realidad de un trabajo en el que la improvisación, la gestión del estrés y la capacidad de resolver problemas son tan importantes como el gusto por la decoración.

"Me encantan las celebraciones y, cuando descubrí que eso podía ser mi profesión, vi la luz", recuerda. Aunque había estudiado publicidad y relaciones públicas, pronto se dio cuenta de que no se imaginaba trabajando en una agencia. "Decidí hacer un máster de protocolo y organización de eventos y ahí encontré mi camino".

Durante ese periodo hizo prácticas con una wedding planner y, mientras hacía un plan de negocio para crear su empresa, le llegó la oportunidad de organizar su primera boda. "Hace más de doce años, el término de wedding planner ni siquiera era conocido en España", explica.

Para Martín, el crecimiento del sector responde a un cambio radical en la forma de celebrar las bodas. "Han evolucionado muchísimo. Ahora requieren mucho más tiempo porque hay muchos servicios que contratar, millones de opciones y las parejas quieren ofrecer una experiencia a sus invitados. Ahí es donde entra en juego la wedding planners".

Una boda organizada por Claudia Martín. Cedida

Su cliente tipo suele responder a un perfil muy concreto: parejas con poco tiempo debido al trabajo, pero que quieren cuidar hasta el último detalle y que sus invitados disfruten de una experiencia única.

Una de las preguntas más frecuentes entre quienes se interesan por esta profesión es cuánto puede llegar a ganar una wedding planner. Según explica Martín, la respuesta depende de varios factores, como la experiencia, el tipo de servicio o la zona donde se trabaje.

"Se suele cobrar entre unos 3.500 euros y 10.000 euros", explica. Pero, advierte de que la facturación no equivale al beneficio. "Cuando empiezas a pagar al personal, autónomos, impuestos y todos los gastos, te das cuenta de que cobrar 2.000 euros por boda no es rentable".

Otro factor importante es el volumen de trabajo. La cantidad de bodas que organizan las wedding planners suele ser alrededor de 15 al año, pero varía sobre todo por el tiempo que invierten en cada una y cuánto cobran por hacerla.

Las alumnas

Además de organizar bodas, Claudia Martín forma a futuras wedding planner. Los cursos van desde los 800 euros el curso online a los 3.700 euros el presencial y completo con prácticas en bodas y trato con proveedores.

El perfil de las personas que van a sus cursos es distinto. "Hay chicas muy jóvenes que idealizan el sector porque les llama mucho la atención y todavía no saben a qué quieren dedicarse. Pero también llegan personas que quieren cambiar completamente de rumbo profesional".

Tiene alumnas de entre 30 y 40 años que vienen de trabajos que en principio tienen poco que ver con la organización de bodas: lo que más se repite son enfermeras y profesoras, Martín explica que sí que tienen algo en común con el sector: la vocación y el trato humano.

Si algo intenta transmitir desde el primer momento es que la profesión no es tan idílica como parece. "Intento explicar cómo es realmente este sector. Es un trabajo muy gratificante, pero hay una parte que no se cuenta: genera mucha tensión, es muy sacrificado y da muchísimo estrés".

Claudia Martín ajustando detalles de una boda. Cedida

Para ella, la cualidad más importante de una buena wedding planner es la capacidad de improvisar. "Todos podemos equivocarnos, pero valoro mucho la actitud para afrontar los errores y solucionarlos". A ello suma otras habilidades imprescindibles como la empatía, la paciencia, la comunicación y la capacidad para resolver problemas bajo presión.

Porque, aunque para los invitados todo parezca perfecto, detrás de cada boda hay imprevistos. "Es un constante en todas las bodas. Nunca he hecho una en la que todo saliera exactamente como estaba previsto", reconoce.

Los problemas pueden aparecer en cualquier momento: un proveedor que llega tarde, un horno que deja de funcionar, una empresa que olvida parte del material contratado o una florista que se deja el regalo preparado para los padres de los novios.

"Nos ha tocado salir corriendo a comprar cosas, rehacer montajes sobre la marcha o solucionar errores de proveedores. Tenemos que saber sobre flores para armar ramos si lo necesitamos, sobre decoración y logística. Tocamos muchas teclas y hay que perder el miedo, es una profesión que te tiene que gustar", explica.

Una boda organizada por Claudia Martín. Cedida

El gran reto de cada boda es que nadie perciba los contratiempos que pueden surgir. "Todo eso hay que camuflarlo para que ni los novios ni los invitados se enteren".

Aunque trabaja por toda España, asegura que las parejas madrileñas suelen coincidir en dos prioridades: "Le dan muchísima importancia al catering, a comer muy bien y pegarse un buen fiestón".

En más de una década ha organizado celebraciones de todo tipo. Algunas de las más originales han estado inspiradas en Ibiza, con pulseras para acceder al recinto imitando una entrada a una discoteca, o en épocas históricas, donde los invitados acudían caracterizados.

Recuerda también una boda que hizo en la Costa Brava en la que los novios llegaron en barco a la ceremonia. Ahora está organizando una que tendrá una tarotista y será una "boda mística" en la que por ejemplo, los invitados tendrán que entrar a un cuarto oscuro para elegir una estrella y saber en qué mesa les toca estar.

También ha hecho bodas inspiradas en el universo Disney, siempre adaptadas al estilo de cada pareja. Pero, "no hacemos bodas frikis", matiza entre risas. "Lo importante es crear experiencias diferentes que representen realmente a quienes se casan".