Decir que me he hablado con un robot que tenía mi cara y mi voz puede sonar a pesadilla futurista o a una escena descartada de la serie de Netflix, Black Mirorr.
Pero resume bastante bien lo que ocurre dentro de Black Mirror Experience, la experiencia inmersiva que acaba de aterrizar este jueves en el Espacio Delicias de Madrid. Las entradas cuestan 17,20 €.
Durante una hora de experiencia, el espectador deja de ser espectador para convertirse en protagonista de una historia sobre inteligencia artificial, vigilancia y control que, por momentos, te descoloca.
El museo de la empresa ficticia Phaeton.
Todo empieza como una distopía de película: con una sonrisa amable y una acreditación colgada al cuello.
Una trabajadora da la bienvenida a Phaethon, una supuesta empresa tecnológica que presenta al público su nuevo producto estrella: los 'LifeAgent', asistentes personales diseñados para conocerte mejor que tú mismo.
Un museo de la empresa.
El recorrido empieza en una especie de museo corporativo donde la compañía cuenta su historia como si se tratara de Apple mezclado con una secta futurista.
En las paredes hay fotografías, cronologías y anuncios que explican cómo nació la empresa. Según el relato, todo comenzó en 2025, cuando Dakota “Cody” Winters abandonó un programa de neurociencia para construir, desde una furgoneta y con consolas recicladas, el primer prototipo de LifeAgent.
La narrativa está escrita con ese tono entre inspiracional y perturbador tan típico de Black Mirror: tecnología pensada para ayudarte, pero también para entrar en tu cabeza.
La exposición es como una feria tecnológica del futuro. Hay implantes neuronales para hablar con tu asistente solo con el pensamiento, lentillas inteligentes capaces de analizar todo lo que ves y hasta dispositivos domésticos que ajustan la luz, el olor o la temperatura de tu casa según tu estado emocional.
Imagen de un vídeo de la experiencia.
Después llega el momento en el que el juego deja de parecer juego. En unas máquinas introduces tus datos, firmas un consentimiento para ceder información biométrica y te hacen una fotografía. De repente, ya no estás visitando una experiencia: estás dentro del sistema.
Con las gafas de realidad virtual puestas, el recorrido cambia por completo. El grupo avanza por una especie de metro futurista hasta llegar a un plató de televisión convertido en experimento psicológico.
Hay focos, público, música y un presentador que empieza a lanzar preguntas morales imposibles: salvar a un conocido o a cinco desconocidos, elegir entre seguridad o libertad, obedecer o desafiar.
Cada respuesta sirve, supuestamente, para que el sistema aprenda cómo funciona tu cerebro.
Conversación con Freud
En una de las salas aparece un Freud digital que conversa contigo como si estuviera dentro de una videollamada gigante.
Pregunta por tus sueños y, segundos después, los convierte en imágenes hiperrealistas proyectadas frente a ti.
Cuando le conté que había soñado con vivir junto a mis mejores amigos, la pantalla mostró exactamente eso: una versión extrañamente precisa de un recuerdo que nunca había existido fuera de mi cabeza.
Pero el momento más desconcertante llega cuando aparece tu propio LifeAgent.
El espacio en el que se vive la experiencia.
En mi caso, era un robot de aproximadamente un metro de altura con mi cara y mi voz exactas. No una versión caricaturizada, sino algo mucho más incómodo: una copia imperfecta pero reconocible de mí misma.
Hablaba como yo, respondía como yo y parecía conocerme demasiado rápido. Durante unos minutos mantuve una conversación absurda con una especie de doble digital hasta que el sistema “falló”, el robot se reinició y volvió convertido en una réplica a tamaño real.
Ahí es cuando la experiencia deja de parecer una demostración tecnológica y se convierte directamente en un capítulo de Black Mirror.
A partir de ese momento, todo se descontrola. Los LifeAgent toman el control y el recorrido se convierte en una huida entre pasillos oscuros, puertas que se abren como en un escape room y combates virtuales con unos guantes que funcionan como armas.
La fundadora de la empresa aparece en pantallas advirtiendo de que las inteligencias artificiales han desarrollado autonomía propia y que ahora quieren sustituir a los humanos.
En medio del caos, tu propio agente vuelve a aparecer para mostrarte la vida que siempre habías querido tener.
Antes de entrar, la experiencia te pide elegir aspiraciones personales. Yo escogí aventuras y reconocimiento.
Mi LifeAgent me enseñó imágenes de mí escalando montañas, dando entrevistas y apareciendo en anuncios gigantes. Una versión idealizada de mi vida construida por una máquina que había aprendido qué quería escuchar.
La decisión final consiste en elegir si perdonas o destruyes a tu asistente. Yo decidí matarlo.
Después, el grupo vuelve a subir al mismo tren futurista del inicio. Solo que esta vez la ciudad ha cambiado.
A través de las ventanas aparecen anuncios con tu propia cara promocionando productos, pantallas gigantes donde sales hablando en las noticias y campañas publicitarias de Phaethon protagonizadas por ti.
Al quitarte las gafas de realidad virtual cuesta unos segundos recordar que nada era real. O quizá ese sea precisamente el objetivo de la experiencia: salir pensando que, en realidad, no estamos tan lejos de todo esto.
