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En la entrada de la peluquería Vallejo —la más antigua de Madrid tras el cierre del Kinze de Cuchilleros— hay azulejos y mensajes centenarios —como ese que anuncia que se “admiten abonos fuera y dentro del establecimiento” o el que pregona “higiene y prontitud, servicio inmejorable”—. Ambos —los mensajes y los azulejos— llevan ahí incrustados desde 1908. “Aunque alguno lo hemos tenido que cambiar recientemente. Nos ha costado 2.000 euros”, cuentan sus actuales dueños, José Carlos y Lucía, tercera y cuarta generación de la familia que abrió el negocio hace ya 116 años.

Dentro del establecimiento, más de lo mismo: los vestigios de otro tiempo tampoco ceden terreno al siglo actual. Desde la caja registradora que hace las cuentas en pesetas y céntimos a las máquinas de afeitar del abuelo Basilio; las instantáneas en blanco y negro o las radios que daban el parte. Pero también, por ejemplo, la colección de coches que guarda con esmero el propio José Carlos Vallejo. “Los tenía en casa, mi mujer no los quería allí y me los traje aquí”, cuenta, entre risas.



El caso es que todo, tanto lo que uno ve fuera como lo que ve dentro mientras se corta el pelo, tiene un valor incalculable, por lo histórico, pero también por lo sentimental. Y todo, estos días, está en cuestión. ¿El motivo? “La familia propietaria del edificio se lo ha vendido a un fondo. Nosotros hemos hecho un contrato de cinco años y, después, nos echan porque van a hacer pisos turíticos. Vamos a intentar llegar a un acuerdo para que, aunque sea, nos dejen los primeros 20 metros para seguir con el negocio”, cuenta José Carlos a EL ESPAÑOL.

Lucía y José Carlos posan en la puerta de la peluquería más antigua de Madrid. David Morales EL ESPAÑOL

Los Vallejo no quieren que les ocurra lo que a otros muchos de los negocios de la zona. “En el barrio, cada vez, quedan menos tiendas antiguas”, lamenta José Carlos. Y ocurre lo mismo con los vecinos. En su edificio ya se han ido todos —salvo dos, que resisten—. “Vamos a intentar hablar con el Ayuntamiento, o montar alguna asociación con otros negocios centenarios, pero nos queremos quedar”, cuentan los Vallejo. “La fachada la tienen que conservar, por la normativa municipal. Pero nadie está obligado a mantener el negocio, y ese es el problema”, aclaran.

El abuelo Basilio

La historia merece dar un salvoconducto a la peluquería Vallejo, donde llegó el abuelo Basilio desde un pueblo de Valladolid hace casi 120 años. “Él era aprendiz en esta peluquería, que ya estaba abierta desde antes de 1908, y se la quedó después de que se jubilaran los dueños. Es decir, es más antigua, lo que pasa es que no hay registros”, rememora José Carlos.

En la peluquería Vallejo se cortaron el pelo, por aquellos años, Ramón y Cajal o Jacinto Benavente; y después, Arturo Fernández o José Luis López Vázquez. Pero también otras muchas personas que llegaban a Atocha desde diferentes puntos de España y se volvían a casa con un corte de pelo ‘made in Madrid’ a cargo de Basilio.

En 1913, cuando apenas había cinco o seis peluquerías en Madrid capital, Basilio daba trabajo a 22 personas. Luego el número iría menguando. Pedro heredaría el negocio de su padre y, años más tarde, lo haría José Carlos. “Yo empecé a estudiar en el 91 y en el 93 entré a trabajar aquí, donde ya llevaba mi hermana desde el año 82”.

Ahora sólo trabajan el propio José Carlos y Lucía, su sobrina, que empezó a ayudar en 2016, cuando apenas tenía 23 años. “El negocio da para estar trabajando dos o tres personas, no más. Ahora hay mucha competencia de peluquerías en Lavapiés y cobramos 14 euros, que no es caro —para lo se paga en otros sitios—”, explican ambos.

El cambio en el barrio

El cliente, durante este tiempo, ha cambiado mucho. “Ahora mismo vienen 22 al día o así, aunque enero suele ser flojo”, aclara Lucía. Algunos, vecinos del barrio o hijos de aquellos que un día fueron clientes fijos de la peluquería Vallejo; pero también turistas (alemanes o ingleses) que llegan atraídos por la fachada. “Ven que es un negocio antiguo, con su historia, y se cortan el pelo aquí. Y además es más barato que en sus países”.

Lucía y José Carlos Vallejo. David Morales EL ESPAÑOL

Lo suyo, en realidad, es una ‘aldea gala’ en un barrio que poco a poco ha ido desplazando a los negocios de toda la vida. “Por ejemplo, aquí cerca hay una farmacia que es de 1980 o así. Pues se tienen que trasladar también. Y tiene muchísima historia. Allí grabaron Terminator 3 porque en su momento no podían hacerlo en México y entonces falsearon esta calle y lo hicieron aquí”, cuenta José Carlos.

“Es una pena”, lamenta. Por eso insta a la nueva propietaria de su edificio a negociar para que se puedan quedar en la que es su casa. “No necesitamos todo el espacio. Con 20 metros cuadrados podríamos resistir”, explica. “Si quieren hacer pisos turísticos atrás, que los hagan, pero que nos dejen seguir manteniendo nuestro negocio. Nosotros no pagamos renta antigua; pagamos una normal”.

Por eso, tanto él como Lucía se van a poner manos a la obra para intentar salvarse. Tienen pensado acudir al Ayuntamiento, hablar con otros negocios centenarios, o hacer lo que haga falta no sólo para sobrevivir como peluquería, sino también para seguir manteniendo en el corazón de la capital un trozo de la historia de Madrid.