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Las claves

Juan Francisco Pontes, a sus 92 años, conserva la rutina que le ha permitido seguir al pie del cañón. Cada mañana, se levanta y acude a su segunda casa, Los Combos (Móstoles), para seguir mimando su granja, una de las pocas que quedan en Madrid —y, desde luego, la única que distribuye casi un millón y medio de leche fresca al año que distribuye en 300 puntos de venta, infinidad de yogures y kéfir para que lo consuman en toda España—.

“Las cosas han cambiado mucho”, lamenta y celebra a partes iguales. Él llegó allí hace 58 años, pero nunca imaginó que cinco décadas más tarde conseguiría ganarle una pequeña cuota de mercado a las grandes centrales lecheras (Pascual, La Asturiana...). Pero así es. ¿El motivo? Ser uno de los pocos que dispensan leche fresca prácticamente a todas las cafeterías de especialidad de Madrid y a los supermercados Eleclerc, BM, Sánchez Romero —a los que también vende yogures—. Y, además, ser el proveedor de todo el kéfir de una de las principales cadenas de supermercados en España.

Ahora, no está sólo. En la gestión del negocio familiar, que da trabajo a 22 personas, lo acompañan dos de sus hijas y un hijo —del total de seis que ha tenido—. Pero mira con recelo al futuro. De momento, sigue con ganas y, sobre todo, no se ve haciendo otra casa.

Juan Francisco junto a sus vacas. David Morales EL ESPAÑOL

Apoyado en dos muletas, Juan Francisco repasa la historia familiar mientras mira al horizonte, a esos campos verdes que difícilmente alguien puede ubicar en Móstoles. Camina lento, sin prisa, pero con firmeza, al tiempo que habla de su hijo, “el misionero”, el que hace unos días “estuvo con el Papa León XVI”. ¡Y qué orgulloso se siente al enseñar una foto suya a este periodista!

Pero también de otro de sus hijos, el “que se fue a Canarias”, pero volvió al negocio familiar. O de sus dos hijas. O de muchos de sus empleados en la granja de Los Combos, a los que elogia. Por ejemplo, el joven que da “de comer a las vacas” o aquel otro que lo quiere hacer todo. “No puede hacer eso. Si no, el día que falte a ver qué hago yo”, bromea.

Pero es que “cuesta mucho encontrar gente” que se quiera dedicar a “lo suyo”, que no es otra cosa que producir leche. Algo tan básico, tan primario, pero también tan complicado. Lo que le da muchos días quebraderos de cabeza.

Y mientras, se para a explicarnos que además de la leche, los yogures o el kéfir, también venden carne en algunas de las carnicerías de Móstoles e incluso a algún gran supermercado. 

Vacas de Canadá

Juan Francisco viaja en el tiempo para contar el origen de la granja. “Cuando yo era pequeño teníamos algo más de 20 vacas en la casa donde nací”, recuerda. Pero, al poco tiempo, su familia montó la granja actual a poco menos de un kilómetro de Móstoles. “Y en el 75 nos reunimos varios ganaderos de España y nos fuimos a Canadá y entre todos compramos 650 animales que llegaron al Puerto de Santa María dos días antes de morir Franco”, cuenta.

Juan Francisco se trajo 90 vacas a Móstoles de entre todas las que llegaron a Cádiz y, con los años, llegó a tener 1.000 en su granja. Primero, su familia empezó a vender la leche a granel y, lo que les sobraba, se lo dispensaban en cántaros a las grandes centrales lecheras como Clesa. “Eran otos tiempos. La gente venía a casa con su lechera y le servíamos allí”.

Juan Francisco pasea por su granja en Móstoles. David Morales EL ESPAÑOL

En diciembre de ese mismo año, en 1975, empezaron a envasar la leche. “Primero se ordeñaba a mano, luego con una máquina y ahora hay otros desarrollos”, cuenta José Francisco.

Esa primera máquina, por cierto, la tuvieron que traer desde Barcelona. “He hecho muchos kilómetros. A veces, cogíamos el coche y nos íbamos a una feria que había en Italia para aprender cómo se hacían las cosas”, rememora, mientras las imágenes de aquellos años van sucediéndose una detrás de otra dentro de su cabeza.

Ya en 1998, Juan Francisco empezó a producir yogures (de plátano, de macedonia, naturales, de fresas, de mango, de vainilla y manzana y de cítricos) —los “mejores”, según muchos de los comercios de Móstoles donde los vende, como la churrería Las Palmas— y hoy en día hace también kéfir para toda España.

Anécdotas, todas ellas, que conforman la vida de 58 años de negocio familiar —premiados por el ayuntamiento de la localidad, por cierto— en una de las pocas granjas que hay en terreno casi urbano, a poco menos de tres kilómetros de la Plaza de Pradillo, en el corazón de Móstoles, donde también tienen un estanco y siguen conservando la casa familiar, allí donde empezó todo.