Publicada
LO ESENCIAL
Exclusivo suscriptores

"Los cínicos no sirven para este oficio". Con esta sentencia vertió Ryszard Kapuściński el alma del periodismo en su molde más puro. Y si hay un territorio donde el cinismo se desintegra y la vocación se pone a prueba de fuego, es en la corresponsalía de guerra: el bastión más castigado de la profesión, donde el margen de error es nulo y la preparación, históricamente, una asignatura pendiente.

Trabajar en el barro y entre el fuego cruzado pulveriza las rutinas periodísticas. Hoy, en un mapa geopolítico fragmentado, cada vez más corresponsales freelance marchan al frente en solitario, sin la red de seguridad de un medio que les guarde las espaldas. En ese escenario, saber conducir en situaciones límite, reparar un vehículo a ciegas, prestar primeros auxilios o reaccionar ante el zumbido de un dron no es un mérito profesional: es la diferencia entre sobrevivir o no para poder contarlo.

Para responder a esta necesidad imperiosa, la Escuela de Guerra y Liderazgo del Ejército de Tierra imparte anualmente sus Jornadas de Corresponsales de Guerra. La edición de este año —celebrada del 21 al 28 de septiembre— ha reunido a 28 profesionales del periodismo decididos a prepararse para lo peor. Una experiencia que EL ESPAÑOL ha vivido desde dentro.

Fueron cinco días de inmersión absoluta sin tregua para el descanso. Con un ritmo constante desde las ocho de la mañana hasta las ocho de la tarde, cada jornada nos dejaba extenuados en lo físico, pero absolutamente enganchados a la experiencia y con ganas de más.

Imágenes del vuelo en Chinook. EFE

El bloque teórico trazó un mapa exhaustivo de la geopolítica actual y sus frentes abiertos, pero fue más allá de los datos fríos: se adentró en el análisis antropológico, con especial énfasis en el mundo islámico. Una inmersión clave que nos dotó de herramientas analíticas para descifrar la arquitectura sociocultural de cada territorio antes de pisar el terreno.

La diversidad climática en una zona de conflicto abarca desde temperaturas extremas hasta parajes aislados donde la naturaleza juega en tu contra. Por ello, las jornadas abordaron un módulo clave sobre el equipo adecuado para cada contexto: saber qué meter en la mochila —y qué dejar fuera— es la primera decisión de supervivencia de un corresponsal.

Mecánica de emergencia y conducción evasiva

En cualquier cobertura de riesgo, la figura del fixer es el salvavidas indispensable: traduce, orienta y, a menudo, maneja el volante. Pero en la incertidumbre de la guerra, la red de seguridad puede quebrarse en cualquier momento. Si la logística falla o el peligro aprieta, es el propio periodista quien debe asumir el control del vehículo y tomar el mando en terreno hostil.

Durante la segunda jornada, la teoría cedió el paso a la práctica con simulacros de conducción todoterreno en trazados complejos: sorteamos balsas de agua, ascensos verticales y terrenos accidentados al mando de un 4x4. Para casi todos los presentes fue una toma de contacto inédita, revelando la enorme brecha que separa el manejo de un turismo convencional de la pericia requerida para salir con vida de un firme hostil.

Jornada de conducción sobre terreno hostil. EE

Otro de los pilares clave del adiestramiento fue el módulo de mecánica de recuperación y reparaciones de emergencia. Tras abrir el capó, aprendimos a diagnosticar el motor a contrarreloj, buscar sustitutos improvisados cuando faltan los fluidos esenciales y acometer pequeños parches para evitar quedar a merced del peligro.

La consigna fue clara: lograr que el vehículo ruede lo suficiente para alcanzar un punto seguro. Para ello, nos facilitaron un kit básico de supervivencia técnica que jamás debería faltar en el maletero: alambre, cinta americana, bridas y pegamento multiusos; recursos sencillos capaces de marcar la diferencia entre quedar tirado en la línea de fuego o salir con vida.

Entender cómo responde un todoterreno al límite y contar con los recursos para solucionar una avería en mitad de la nada transforma la vulnerabilidad en autonomía. Una lección vital que nos demostró que, en la trinchera, saber arreglárselas con lo que hay a mano vale más que cualquier protocolo teórico.

Empotrados en la BRIPAC

Sin duda, la pernocta en la base de la BRIPAC en Torrejón de Ardoz marcó un antes y un después en las jornadas. El agotamiento físico y la falta de sueño pasaron a un segundo plano ante la intensidad de las vivencias compartidas con esta fuerza de élite del Ejército de Tierra.

La formación apretó el paso con contenidos críticos: procesos de radicalización, autoprotección y pautas de conducta ante raptos y extorsiones. La teoría cobró vida de golpe mediante un simulacro de secuestro sorpresa diseñado para sacudirnos. En medio del caos programado, debíamos poner a prueba la resistencia psicológica, analizar los perfiles de los secuestradores bajo una presión feroz y aprender a gestionar la crisis desde las entrañas del pánico.

Inmersión total

Al caer la tarde, la instrucción dio un salto definitivo hacia la vivencia de combate. Tras una sesión de orientación táctica sobre el uso preciso de la brújula y la interpretación de mapas topográficos, pasamos de la teoría al terreno con una carrera de rastreo y localización de puntos estratégicos. Terminamos completando cerca de cinco kilómetros a contrarreloj bajo un sol implacable.

Taller de topografía de las Jornadas de Corresponsal de Guerra. EE

Tras una breve cena reparadora, dio comienzo el plato fuerte de las jornadas. Divididos en patrullas, nos adentramos en un escenario nocturno entre trincheras, búnkeres y la constante amenaza aérea de los drones. Empotrados junto a los paracaidistas, vivimos una inmersión hiperrealista para comprender el papel exacto del corresponsal en el frente: saber parapetarse a tiempo, no entorpecer las maniobras de la unidad y actuar coordinadamente para que los soldados puedan garantizar nuestra protección mientras cubrimos la noticia.

Imágenes del empotramiento en la BRIPAC EFE

Más allá de la táctica y los vehículos, el verdadero corazón de esta formación reside en la capacidad de responder cuando todo falla. Dominar el protocolo de primeros auxilios en combate —desde la colocación precisa de un torniquete hasta el manejo del estrés en plena emergencia sanitaria— transforma la vulnerabilidad del periodista en una garantía de supervivencia.

El adiestramiento del Ejército de Tierra demuestra ser un escudo indispensable para el periodismo de conflicto moderno; una experiencia transformadora que nos recuerda que la pasión por el oficio no sirve de nada sin la preparación técnica para volver a casa.