Las claves
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Llueve sobre Madrid. Es una tarde entre semana y llueve, como hace días en la ciudad. David Casasús llega pronto. Viene de grabar y se disculpa por el olor a humo que dice traer encima. No se percibe. Él sí lo nota, tal vez porque desde hace años son otros sentidos los que le sostienen en la calle.
Tiene 44 años. Es reportero en Apatrullando (LaSexta, martes a las 22:00 horas). Y, por momentos, cuenta su historia con una sonrisa que se apaga cuando llega a 2019.
Nacido en Valencia en 1982, siempre quiso ser periodista. Hizo la Selectividad allí, pero como no había Periodismo en la universidad pública, acabó matriculándose en Asesoría de Imagen. Hasta que un compañero le animó a intentarlo en Madrid. Se fue a la Rey Juan Carlos y terminó la carrera en menos de cuatro años.
Empezó escribiendo, aunque lo suyo era la calle. Después llegó el máster en la Agencia EFE en Madrid y, de ahí, Colombia. Migración. Drogas. Historias al límite.
El origen en Putumayo
"Recuerdo que me fui a Putumayo, un departamento de Colombia, a hacer un reportaje sobre los raspachines de coca. Son enviados por mafias venezolanas a zonas donde más se cultiva la coca y luego, los colombianos no pueden salir de esos campos".
David Casamús
La escena todavía le pesa. En una casa de unos treinta metros cuadrados había ocho familias con 35 niños viviendo en pocos metros. Se quedó con sus teléfonos y se llevó las historias de vuelta. A las dos o tres semanas, ya de regreso en Bogotá, el ojo derecho empezó a fallar.
"Perdí la visión de abajo hacia arriba", recuerda. Le ingresaron en la clínica Marly de Bogotá. Pruebas, más pruebas, y médicos que, dice, fueron "maravillosos, casi una familia". El diagnóstico fue neuritis inflamatoria. No había operación posible. El alta era lo único que podían ofrecerle.
La neuritis óptica es una enfermedad inflamatoria del nervio óptico, el conjunto de fibras que lleva la información visual del ojo al cerebro. Suele provocar una pérdida aguda o subaguda de visión, generalmente en un solo ojo, a veces acompañada de dolor con los movimientos oculares y alteración de los colores. En muchos casos se relaciona con procesos autoinmunes o desmielinizantes, aunque también puede aparecer de forma aislada, sin que se llegue a determinar una causa clara.
Su agudeza visual quedó en un 0,5. El campo visual, en 0. David siguió trabajando con el izquierdo.
Miedo a la ceguera
A finales de 2019 regresó a España. "Mis padres, hermanos y amigos me esperaban en el aeropuerto. No sabían nada y, como no se me nota, cuando les conté, alucinaron". Pasó la Navidad en casa, en Valencia.
Hasta que en la comida de Reyes empezaron los mismos síntomas. Esta vez en el ojo izquierdo. "Las letras se volvieron borrosas, y de fuera hacia dentro". El diagnóstico fue idéntico. Cortisona. Diez días de espera hasta que el nervio se desinflamó. Perdió la visión periférica del ojo izquierdo.
El miedo llegó de golpe: la idea de no poder trabajar y quedarse completamente ciego se apoderó de él. En 2020, David se apoyó en varios profesionales para manejar la angustia y la ansiedad que le provocaba la enfermedad. En noviembre de ese año, con algo más de calma, decidió intentar recuperar una vida 'normal'.
Así ven los ojos de David
Desde entonces, las pruebas se han repetido sin respuesta. Enfermedades raras, estudios lumbares, análisis de nervios ópticos. Todo negativo. "A día de hoy me siguen viendo en el Infanta Leonor de Madrid, en los Fernández Vega de Oviedo y en el Príncipe de Asturias de Alcalá de Henares. Y todavía no saben qué ha podido pasar".
David tiene sus teorías. Cree que la ansiedad acumulada durante los reportajes en Colombia pudo estar detrás. Contar aquellas historias era, para él, una forma de ayudar.
La estabilidad llegó poco a poco. Ahora tiene revisiones cada seis meses. La rehabilitación visual se convirtió en rutina para aprender a moverse sin campo visual. Calcular escalones que antes subía sin pensar. Colocar un micrófono sin golpear la boca del entrevistado. Reajustar distancias, tiempos y movimientos.
"Desde que hago reporterismo de calle se me olvida el problema", dice. "La gente no se lo cree. Si salgo corriendo o estás investigando, normal". Su cerebro se ha adaptado. Y escucha mejor. No en sentido real, pero "entiende mucho más".
Las gafas que David usa a diario
David trabaja siempre con la pantalla en negro, en modo El ratón, al 80%. Si es pequeño, lo pierde. Para escribir, usa gafas amarillas. En todas las empresas en las que ha trabajado, asegura, la adaptación ha sido inmediata: luces más suaves, facilidades técnicas.
El único distintivo visible es una chapa en la mochila: "TENGO BAJA VISIÓN". Sin las gafas oscuras, muchas veces la gente no lo percibe. Si se choca o no saluda, la reacción es automática: "A ver, mira por dónde vas". Y, sin embargo, sigue haciendo lo que le gusta.
En 2020 fue reconocido por GLAAD (Alianza Gay y Lésbica contra la Difamación, una organización que promueve la representación justa del colectivo LGTBI en los medios) por un reportaje para EFE sobre la bióloga trans Brigitte Baptiste. También pasaría por redacciones como Antena 3 Noticias y Madrid Directo.
Distintivo de BAJA VISIÓN
Actualmente, en Apatrullando ha investigado hostales ilegales, controles de tráfico, hasta un hotel okupa. Corre. Pregunta. Se mueve entre la gente. "A mí es que la calle me da la vida", repite.
Se despide y en Madrid sigue lloviendo. Se pierde entre la gente sin que nada delate que ve la ciudad como tal vez, nadie la sabe mirar.
