La Unión Europea viene registrando superávit por cuenta corriente en la balanza de pagos desde hace lustros. El ahorro europeo no encuentra proyectos de inversión en nuestro continente de tal modo que, año tras año, la Unión pierde cantidades ingentes de ahorro.

La exportación neta europea de capital se elevó a 672 mil millones de euros en los tres últimos años, en línea con las estimaciones del Informe Letta. Ese ahorro europeo debería canalizarse hacia Europa para reactivar la inversión y abordar de esta manera el problema estructural de productividad y competitividad.

Abordar esta cuestión exige la implementación de una pléyade de medidas, pasando por reformas en mercados estratégicos, pero también de una visión macroeconómica que acelere la consolidación del mercado único.

La fragmentación en los mercados energéticos o las telecomunicaciones, por ejemplo, lastra los beneficios potenciales del mercado único y con ello se aminoran las oportunidades de inversión privada en la Unión.

Y, lo que es peor, la fragmentación de los mercados bancarios y de capitales segmenta la bolsa de ahorro europeo en sus compartimentos nacionales y aminora las oportunidades de progreso económico de Europa en su conjunto. La clave pasa por realizar una europeización de los mercados de ahorro.

La fragmentación de los mercados bancarios y de capitales segmenta la bolsa de ahorro europeo en sus compartimentos nacionales

La fragmentación financiera afecta especialmente a España, donde, el tejido empresarial, caracterizado por la preponderancia de PYMEs, tiene una dependencia casi total de la financiación bancaria, careciendo de otras fuentes de financiación.

El problema de la fragmentación financiera y de la financiación del crédito a las empresas debe abordarse con el avance de otro gran proyecto europeo pendiente: la Unión del Mercado de Capitales.

La reforma fiscal sería también una manera efectiva y progresista de conseguirlo, avanzando en la armonización de la fiscalidad sobre el capital: las diferencias de tratamiento tributario del capital constituyen otro potente freno a la asignación eficaz del ahorro entre países europeos, echando a perder importantes oportunidades de inversión.

Hasta ahora ha habido pocas iniciativas para mejorar el marco regulatorio de las bolsas europeas: se ha reducido algo la burocracia para facilitar la cotización de medianas empresas, y se ha incentivado ligeramente la participación de los hogares en los mercados de capitales.

Una propuesta reciente parece algo más ambiciosa, al tratarse de poner los mimbres de una reforma del ahorro para convertir ahorradores en inversores, porque en nuestro país también tenemos mucho dinero ahorrado, pero demasiado poco invertido en la economía productiva.

Hasta ahora ha habido pocas iniciativas para mejorar el marco regulatorio de las bolsas europeas

Así, uno de los decretos que previsiblemente será aprobado por la Diputación Permanente con las Cortes disueltas, incorpora la llamada Cuenta Europea de Inversión que busca movilizar los billones ahorrados en cuentas a la vista y depósitos, introduciendo un incentivo fiscal especialmente relevante para los pequeños inversores.

Concretamente permitiría una exención fiscal del 20% de las plusvalías generadas con un capital de hasta 150.000 euros, siempre que al menos el 70% se destine a acciones, fondos o ETF europeos, y se mantengan invertidos durante un mínimo de cinco años. Además, los primeros 10.000 euros de plusvalías generadas no tributarían.

Con este tipo de herramientas se busca que el dinero de los españoles sirva para impulsar la economía y proteger contra la inflación, en vez de aparcarse en depósitos de poco rendimiento.

No sólo se trata de mejorar la rentabilidad de las carteras particulares, sino conseguir que una parte del ahorro de los hogares se convierta en capital productivo que pueda contribuir a financiar empresas, impulsar la inversión y, en última instancia, mejorar la capacidad de crecimiento de la economía.

En Suecia existe un precedente de este tipo de Cuentas para incentivar la inversión, que se puso en marcha en 1978 y que terminó contribuyendo a desarrollar un mercado de capitales muy singular dentro de Europa.

No sólo se trata de mejorar la rentabilidad de las carteras particulares, sino conseguir que una parte del ahorro de los hogares se convierta en capital productivo

La denominada cuenta sueca ISK, comparable en su filosofía con la Cuenta Europea de Inversión que ahora se plantea, tiene además una penetración extraordinaria: en un país de algo más de siete millones de habitantes, alrededor de cuatro millones de personas disponen de una cuenta de este tipo, con una inversión media cercana a los 30.000 euros.

Los incentivos fiscales al ahorro invertido tienen efectos que van mucho más allá de la rentabilidad individual, porque cuando aumenta la base de pequeños inversores se amplía la profundidad de los mercados de capitales y se crea una masa potencial de inversores interesados en participar en nuevas salidas a bolsa.

De manera general, en España y en buena parte de la UE es necesario un cambio cultural para que los ciudadanos dejen de ser únicamente ahorradores y se conviertan en propietarios de una parte de la economía productiva.

Es esta una oportunidad para las empresas españolas, porque una mayor presencia de particulares en las salidas a bolsa puede atraer también a los inversores institucionales y generar un círculo virtuoso de financiación empresarial.

Ojalá el número de compañías cotizadas en España pueda multiplicarse de forma significativa, y esta medida sea un primer paso para construir un ecosistema de financiación empresarial más profundo y movilizar el ahorro doméstico hacia las compañías que necesitan capital para crecer.

Esta es una premisa ineludible para que Europa no pierda el tren del avance tecnológico, actualmente liderado por EEUU y China

*** Mónica Melle Hernández es profesora de Economía de la UCM.