El lunes por la noche murió Perry Mehrling, a los 67 años, por las heridas de una caída. Su nombre no sale en los telediarios, mucho menos justo después del anuncio del Nobel de economía de este año, y es una pena, porque pocos economistas han explicado mejor qué es el dinero y, sobre todo, qué no es.

Fue profesor en Barnard durante décadas y después en la Universidad de Boston, escribió una biografía de Fischer Black que Tyler Cowen, compañero suyo en Harvard (y ocasional pareja de bridge), sigue recomendando, y desde 2013 dio uno de los cursos online de economía monetaria más seguidos del mundo. Pero su legado es, sobre todo, una manera de mirar: lo que él llamaba el money view.

La idea es sencilla de enunciar, pero difícil de digerir. La economía no es un conjunto de agregados (PIB, inflación, masa monetaria) que suben y bajan, sino una enorme red de balances conectados por promesas de pago. Cada empresa, cada banco, cada hogar, tiene cada día una cita con la caja, de manera que lo que entra tiene que cubrir lo que sale.

Mehrling lo llamaba la restricción de supervivencia, y verdaderamente, es una restricción más dura que cualquier teorema. Uno puede ser perfectamente solvente sobre el papel y quebrar un martes porque el dinero no llegó a tiempo. Como ya hemos comprobado en nuestras carnes, las crisis no empiezan por la solvencia, sino por la liquidez.

Y esas promesas de pago no valen todas lo mismo. Hay una jerarquía. Arriba está el dinero del banco central; debajo, los depósitos, que son promesas de pagar dinero del banco central; más abajo, los títulos, que son promesas de pagar depósitos.

La economía no es un conjunto de agregados (PIB, inflación, masa monetaria) que suben y bajan, sino una enorme red de balances conectados por promesas de pago

En tiempos tranquilos todo parece intercambiable, y nadie distingue entre un euro en la cuenta corriente y un euro en un fondo monetario. Pero cuando llega el miedo, todo el mundo intenta subir peldaños a la vez, y descubre que la pirámide era más estrecha de lo que creía.

Hasta aquí, los amantes de Hayek nos sentimos como en casa. Porque el money view es, en el fondo, una lección sobre el problema del conocimiento. La información relevante no está en las series agregadas de los modelos macroeconómicos, sino dispersa en miles de balances que cambian cada minuto (quién debe a quién, a qué plazo, con qué garantía).

Mehrling explicaba que, mientras los mercados funcionan, la jerarquía parece una mera diferencia de precios, y eso permite construir teorías que la ignoran (casi todas lo hacen). Pero la jerarquía sigue ahí y reaparece en su versión más peligrosa en cuanto llega una crisis.

No es casual que lamentara que de 2008 no hubiera salido ningún Keynes ni ningún Hayek capaz de rehacer la disciplina, y que la profesión hubiera vuelto a los mismos modelos que no vieron venir nada. La crisis, escribía, puede no estar en nuestros modelos, pero está en la realidad.

La discrepancia entre Hayek y Mehrling llega con el remedio. Hayek propuso en 1976 desnacionalizar el dinero y dejar que las monedas privadas compitieran. El esquema de Mehrling permite contestarle con cierta cortesía que el dinero privado ya existe, y en abundancia (depósitos, fondos monetarios, stablecoins).

Mientras los mercados funcionan, la jerarquía parece una mera diferencia de precios, y eso permite construir teorías que la ignoran (casi todas lo hacen)

Él mismo llamaba a la elasticidad del crédito un elemento de libertad. El problema es que todas esas promesas viven en un escalón inferior de la pirámide y valen lo que vale su convertibilidad en el dinero de arriba. La pregunta, por tanto, no es si habrá jerarquía, sino quién ocupa la cúspide y con qué reglas.

Su libro más conocido, The New Lombard Street (2011), contaba cómo la Reserva Federal respondió a la crisis de 2008 convirtiéndose en algo más que el prestamista de último recurso propuesto por Bagehot. Ya no sostenía solo a los bancos, sino a mercados enteros, comprando y respaldando activos para que siguieran teniendo precio.

Era el "dealer de último recurso". Su último libro, sobre Charles Kindleberger, llevaba esta idea al mundo. El sistema del dólar es un bien público que alguien tiene que gestionar, y las líneas swap de la Fed con otros bancos centrales son exactamente eso.

Aquí es donde creo que Mehrling resulta más útil. Porque si nadie ve la pirámide entera, tampoco la ve quien está en lo alto.

La humildad hayekiana no es solo un argumento contra el planificador que pretende dirigir la economía; también lo es contra el rescatador que pretende saber qué mercados merecen ser sostenidos, a qué precio y durante cuánto tiempo.

El dinero es una pirámide de promesas que nadie ve completa

Un banco central que lo respalda todo acaba eliminando la disciplina que hace funcionar el sistema, es decir, la restricción de supervivencia que Mehrling describía. Y cuanto más se amplía la red de seguridad, más se extiende la ilusión de que las promesas de abajo valen tanto como las de arriba.

Si ponemos al lado a Hayek y a Mehrling, probablemente los dos tendrían razón, y quizá esa sea la mejor lección que nos deja: el dinero es una pirámide de promesas que nadie ve completa. Lo que queda por decidir es si preferimos que la cúspide la ocupe alguien que sabe que no sabe, o alguien que cree que sí y promete salvarnos.